Lágrimas del sin castigo (Segunda parte)

Por Hugo S. Mestizo

En tanto avanzaban hacia el estacionamiento, Benito seguía pensando en lo maravilloso de aquella tarde. Le resultaba increíble, sus deseos habían cobrado forma: por fin iba a jugar fútbol con los niños más populares de la colonia. Se sentía afortunado, importante. Incluso quería ser visto por tantas personas como fuera posible, pues un logro exento de testigos o propagadores, que prescinde del aplauso social, de la lisonja de que se alimenta el ego, máxime cuando es un logro especial, carece de valor. Benito imaginaba cuán orgullosos estarían sus padres al enterarse de sus nuevos amigos. Por eso aguardaba impaciente la hora de la cena para contárselos a detalle. Esta vez una verdadera experiencia, y no ficciones tomadas de videojuegos, constituirían su tema de conversación. Era, simplemente, otra persona, un niño normal y eso ameritaba gritarse hasta el último rincón de la colonia.

A mitad del estacionamiento, formando una especie de inocente círculo, la pandilla y Benito se quedaron de pie, dispuestos a elegir los equipos que supuestamente se batirían con el balón.

–Escojo a Benito –dijo Fracso.

“¿Qué? ¿Fracso me ha elegido? Sin duda, este es el mejor de mis días”, pensó Benito y de inmediato, a pasos torpes, se colocó junto a Fracso, quien le rodeó el cuello con su brazo derecho y comentó:

–Ven aquí, niño rico. ¿Crees que puedes burlarte todo el tiempo de nosotros? –y le propinó a Benito un fuerte golpe donde debía existir una panza.

Benito, tocándose el estómago, se dobló y cayó al suelo. Estaba pasmado, no sólo porque tenía problemas para respirar, sino también por lo inesperado del chingadazo. Miró asustado a Fracso, tembloroso, con los ojos más abiertos que un tarsero.

–¡No sé de qué hablas! –gritó Benito conteniendo el llanto.

–Claro que sabes, pinche rico –intervino Vidal y pateó a Benito en la espalda.

–¡Déjenme en paz, por favor! –y Benito se echó a llorar.

–¡Cállate, maricón! –exclamó Claudio al tiempo que le abría el labio a Benito de un puñetazo.

–¡Amárrenlo! –ordenó Fracso.

–¿Con qué? –preguntó Genaro.

–¡Con nuestros cinturones! –dijo Fracso recordando una escena de su película favorita.

Genaro y Vidal se quitaron sus cinturones y amarraron de pies y manos a Benito. Pese a las desgarradoras súplicas de éste, que aún conservaba la esperanza de que todo fuese una pesada broma, una novatada, un gesto de bienvenida, los chicos, cual esbirros profesionales, continuaron torturando a su víctima: la golpearon y escupieron y le quemaron parte de su cabello con un encendedor que estaba tirado en la calle. “¡Ya basta, ya basta!”, imploraba Benito una y otra vez, pero nadie acudía en su auxilio y los chicos no cedían. “Esto te pasa por burlarte de nosotros”, sentenciaban los miembros de la pandilla con sorprendente rencor y frialdad. El sol era el único testigo: observaba radiante, majestuoso, soberbio y en silencio, de la forma en que lo venía haciendo desde la muerte del crucificado, la gansteril escena.

–Llevémoslo para allá –dijo Fracso señalando el oxidado Datsun 510 abandonado en la esquina.

Enfurecidos, los mocosos cargaron a Benito, para entonces convertido en un inerte bulto de calamidades.

–Métanlo en la cajuela –continuó Fracso.

–No, por favor. Ya déjenme –balbuceó Benito desprovisto de energía, entregado a lo que creía ser su destino.

–¡He dicho que te calles! –intervino de nuevo Claudio con un derechazo que se impactó en la frente del nuevo inquilino del Datsun 510.

Resignado y adolorido, Benito vio desde el interior de la cajuela cómo los chicos cerraban la puerta de ésta. Su visión, poco a poco, se oscureció hasta desaparecer. Lo último que advirtió fue un cielo azul, salpicado de algunas nubes, del que comenzaba a descender el sol. Los pequeños inquisidores, por su parte, colocaron encima de la cajuela cerrada, no sin esfuerzos, una cubeta rellena de cemento que servía para apartar lugares de estacionamiento.

–Así no podrá salirse este güey –afirmó Fracso.

–Nadie se burla de nosotros.

–Maldito rico de mierda.

–A la próxima será peor…

Por un instante observaron la cajuela del vehículo. Benito no daba señales de querer salirse.

–¡Oigan, ya casi se mete el sol! –dijo Fracso mirando el cielo–. Vamos a echar ojo, ¿no?

Caminaron destino a la avenida principal, ubicada a unas cuantas cuadras, donde las prostitutas, a partir de las seis de la tarde, se adueñaban de las esquinas para ofertar, siempre mostrando la mercancía y un poco más, sus antiguos y solícitos servicios. La pandilla solía, como en aquella ocasión, recorrer la avenida y admiraba, cada vez menos ruborizada, la pasarela de lujuriosas piezas femeninas que, tal vez dentro de un quinquenio más, disfrutaría. Los chicos examinaban y luego abrían su imaginación. Las prostitutas sólo bromeaban: “Hola, chiquitines. ¿Ahora desean ver más?”, “Quisieran tocar, ¿verdad?”, “¿Y si mejor traen a sus papás?”, “¡Tan niños y tan cabrones!”; y comentarios por el estilo hacían reír, cuando no sentirse hombres, a los enanos pervertidos. Disfrutar de las pasarelas, y aprender del trato con las prostitutas, se había convertido en una tradición para Fracso y sus secuaces, en un prohibido pasatiempo del que sus mentes trastornadas no podían privarse.

Después de ‘echar ojo’, la pandilla decidió regresar al punto de reunión: una reducida área verde, cercada por tres jardineras y con un poste de luz en medio, que de verde sólo tenía el nombre. La noche pronto caería, de manera que los chicos se dieron prisa. Atravesaron una, dos, tres calles y apenas estaban llegando al estacionamiento cuando los invadió la sorpresa: vieron a un par de paramédicos, rodeados de los típicos mirones, que sacaban a Benito totalmente deshidratado, fuera de sí, del Datsun 510 y lo metían en una camilla color naranja a la ambulancia. Detuvieron el paso y se miraron, desesperados, unos a otros.

–¡Genaro, hijo de la chingada! ¡Ven para acá! –se escuchó de pronto a lo lejos.

–¡Tú también, Vidal! ¡No te hagas pendejo! –siguió otra voz.

–¡Te quiero aquí, Claudio! ¡Ya verás! –y la pandilla se desmanteló en cuestión de segundos.

Al darse cuenta de que los camaradas, tras ser regañados por sus respectivas madres, lo habían dejado completamente solo, bajo la mirada del gentío que se compadecía de lo ocurrido, Fracso se echó a correr.

Entró a su casa con discreción y, como de costumbre, halló a la abuela, una vieja de 80 años de edad que cuidaba de Fracso desde que éste fue abandonado por sus padres, dormida en su hamaca frente al televisor a todo volumen. Fracso apagó la caja tonta y extendió sobre la abuela su frazada favorita. Caminó hacia la habitación. Sentado a la orilla de la cama, en medio de un escalofriante silencio, pensó en Benito y en el resto de la pandilla. También en las putas. Reparó en que era el único a quien no habían reprendido. Luego comprendió el por qué y supo que estaba jodidamente solo. Se abrazó a sí mismo, miró a su alrededor, comenzó a llorar. Vaya ironía: Fracso quería ser castigado igual que sus amigos. Quería normalidad, sentirse culpable. Suplicaba que así fuera, pero no existía persona ni moral ni noción algunas que se ofreciera siquiera a eso. Su abandono era pleno, invencible, lacerante, y esa era la más cruel de las penas que podía haber recibido.

Afuera, sutil, silenciosa, la luna observaba.

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