La tumba

Por Dante Noguez

 

Hace unos días me recomendaron leer La tumba de José Agustín y me pareció una completa basura, así que decidí explicar por qué algo tan alabado entre los «lectores» de Facebook debería más bien ser detestado.

No sabría cómo empezar la crítica, pues el libro no tiene patas ni cabeza para guiarse. Pero bueno, me gustaría mencionar primero que nunca he leído a la generación beat, que tengo entendido inspiró a José Agustín, ni tampoco a la literatura de la Onda. Este es mi primer libro de ese tipo. Pero tengo entendido que la forma de vivir de los autores, su rebeldía, libertinaje y sentir se manifiestan en su escritura. Y quiero recalcar que sé esto para que no se me objete con esto como argumento.

Bien, pasemos a La tumba: en cuanto a la trama, he de decir que no existe (ya se imaginarán lo que nos espera). Se narran pobremente un par de días en la vida de un adolescente de 16 años y nada más. Y digo se narran pobremente porque la prosa es una grima y las descripciones son inexistentes.

A pesar de que el protagonista (quien también es el narrador) en un diálogo le dice burlonamente a otra persona: «bueno, ya después escucharé las descripciones gongorinas de tus vicisitudes», sus propias descripciones también dan pena. La mitad de los personajes no son descritos y la otra mitad sólo se encuadran en adjetivos como «gordo» o «bonita». Y ya. Los hechos transcurren en cualquier lugar nunca detallado. Los poemas que el protagonista escribe son una basura horrible, petulante y simplona. Cuando intenta ser romántico, balbucea memeces de novela mexicana. No se encuentra ni una pizca de literatura aquí.

Gabriel, el protagonista, a pesar de burlarse del estereotipo hollywoodense, es el sueño húmedo de cualquier adolescente sandio. Tiene 16 años y desde que se levanta y hasta que duerme está tomando whisky y fumando en cualquier lugar. Nunca hace nada y, aun así, en su corta vida le ha dado tiempo para aprender tres idiomas y haber leído todo filósofo y poeta habidos y por haber. Pero aún no terminamos: de música lo sabe todo, tiene muchísimo dinero y las mujeres «bonitas» siempre quieren acostarse con él.

A Nietzsche lo desdeña, a todos los insulta y nadie le responde; un tipo que lo retó terminó muerto; se folló, así sin más y porque ellas se lo pidieron, a tres o cuatro mujeres «bonitas»; recita de memoria a Rimbaud en francés y lee a Lutero en alemán; su maestro confunde sus escritos con los de Chéjov.

¿Qué importa cómo era Gabriel o si eran altas las chicas que se folló? ¿Qué importa cómo Gabriel aguantaba tanto alcohol a su corta edad y así manejaba? ¿Qué importa que la prosa sea meramente funcional y que de fondo no haya trama alguna? Que el lector no se detenga en minucias. Lo importante es que Gabriel es el puto amo y quieres ser como él. Insultar a las mujeres y que a cambio ellas quieran follarte.

La tumba me parece un panfleto petulante y soso sin juicio, espíritu, trama ni prosa. Yo pienso que leyendo se quitan las ganas de escribir, pero lo malo es que los idiotas veneran libros como este y se ponen a escribir igual o peor. Cuando se intenta justificar a José Agustín diciendo que todo esto se hizo deliberadamente en tanto que «la escritura refleja el sentir del autor», me da el patatús y peores las cosas porque qué «sentir» tan presuntuoso, insípido, frívolo y simplón.

Digo, para escribir un libro como La Tumba no necesitas otra cosa que egocentrismo cateto y ni una pizca de ingenio, y cualquiera que intente justificar una literatura sin estilo o calidad es harto necio, pues los buenos artistas siempre han formulado declaraciones en sus obras, y nunca lo han hecho a expensas de la excelencia de su trabajo.

Al terminar de leer la fea narración de un pobre desamparado que sólo encuentra consuelo en el suicidio, recordé inmediatamente su antítesis: el pequeño poema de Borges titulado El suicidio. Un poema austero, sobrio, moderado, simple y aun así, bello, espléndido, universal y áureo. Un poema que encierra bonitamente el concepto que pretende encerrar, detalla templada y ligeramente las ideas y las cosas últimas; manifiesta con brevedad lo breve: el último centello de la existencia; y cierra expresando en una oración decisiva lo que la muerte misma le comunica.

Gran diferencia, ¿no? Pues espero que el contrastar ambas obras nos permita distinguir entre un buen escritor y uno malo: el buen escritor, con la misma simplicidad, dirá cosas mucho más bellas y penetrantes que el mentecato que se justifica con necedades.

Ambos se han ido a la nada sin nadie. Ambos han muerto y sus mundos también. Pero José Agustín es un baturro y Borges un genio sin arreglos innecesarios ni simplicidades insípidas:

El suicida

No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.


Imagen: Le Suicidé de Édouard Manet

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