La sociedad del consumo

Por Ana Elvira Quiñones

 

Aparatos de ejercicio que te ayudarán a perder rápidamente peso, cremas y tratamientos faciales capaz de reducirte notablemente las arrugas, planchas para el cabello que mágicamente no lo maltratan, fajas que te harán tener la cintura que siempre deseaste, almohadas con el propósito de reconfortarte un sueño profundo, herramientas para el hogar que te facilitaran la vida, utensilios de cocina cuyo aspecto ultra moderno hacen que cocinar parezca cool, lentes de sol que te harán seguro de ti mismo, leggings que te darán autoestima.

Estos y un sinnúmero de artículos más son promocionados diariamente en la televisión, pero además de verlos en este medio, en las noches de insomnio a las horas de la madrugada cuando ya no hay nada que hacer y cambiamos y cambiamos de canal sin encontrar nada mejor que ver cómo comprueban la veracidad y eficiencia de dichos productos, con el “llame ahora y obtenga dos por el precio de uno”; estos artículos que antes -se suponía- sólo se obtenían por envío, ahora los vemos (o al menos en mi caso) cada vez con mayor frecuencia en las tiendas de autoservicio al alcance de nuestras manos, esperando por nosotros para que probemos su efectividad, susurrando en nuestros oídos que recordemos cómo era que funcionaban en las pruebas mostradas en los comerciales de televisión y que de esa misma manera podrían funcionarnos a nosotros, pues definitivamente llegarían a nuestras vidas para hacerla mejor. Todo esto sucede en cuestión de microsegundos, y sin ni siquiera notarlo, nos acercamos a ver la caja del producto que acaparó nuestra atención, y leemos su funcionalidad, comprobando lo dicho por televisión. Vemos el precio y ¡oh sorpresa! Es probable que podamos pagarlo, pero es ahí cuando siempre debemos hacernos la pregunta: “¿realmente lo necesito?”

Esto no sólo sucede con los productos que vemos en comerciales, pues no resulta raro que alguna vez hayamos entrado a alguna tienda de cualquier tipo, sin buscar nada en específico y que hayamos salido de ella con algún producto que ni siquiera teníamos previsto comprar. O que hayamos pasado por otra tienda, viendo en el aparador algo que podría combinar con una prenda de vestir que ya teníamos y que –probablemente- nunca hemos usado, aunque en realidad sabemos que no la necesitamos, pero queremos llevarlo con nosotros porque nos imaginamos con dicha indumentaria luciéndola en alguna fiesta o evento; o cuando vemos algún objeto decorativo que pensamos, podría lucir bien en nuestra casa, pero que al final de cuentas terminaría arrumbado en algún lugar recóndito de ella.

Por otro lado, cuando escuchamos o leemos en todas partes (compañeros de la escuela, del trabajo, noticieros, comerciales, redes sociales) del nuevo modelo de celular de cierta marca reconocida, que cuenta con tecnología de punta y que muchos ni siquiera logramos comprender, pero que de igual forma hablamos de ello y lo queremos, porque vemos el celular que compramos hace apenas un año y creemos que en comparación con el nuevo modelo, el nuestro sólo es un feo dinosaurio.

Y si compramos ese nuevo modelo de celular aunque el nuestro aún funcione ¿a dónde iría el que ya teníamos con nosotros? Porque si aún cumple con sus funciones como teléfono, es obvio que nos dolería dejarlas en un centro de recolectado de basura electrónica, porque es lamentable decirlo, pero en lugar de sólo utilizar las cosas, también llegamos a sentir cierto “cariño” hacia ellas. ¿Venderlo? Sí, es una opción. Pero en el peor de los casos, si no aparece un comprador, en lo único que se convierte nuestro teléfono celular es en basura que conservamos dentro de nuestras casas, pues se encuentra ahí, sin utilizarse.

Lo mismo sucede con esa blusa o camisa que compraste pero que al final ya no te gustó tanto y por ende, la dejaste olvidada en tu armario; con la escultura exótica que pensaste se vería bien en tu oficina, con el aparato que te ayudaría a reducir peso fácil y rápido pero que al final te dio flojera utilizar y terminaste por guardarlo en su caja para ponerlo debajo de la cama.

Al final de cuentas, el consumismo sólo genera basura, enriquecimiento de las mismas grandes empresas y estancamiento social. Pues es un hecho que en nuestra sociedad que es consumista por excelencia, algunas veces sólo nos preocupamos por adquirir objetos cuyo valor adquisitivo podría denotar un estatus social que probablemente no poseemos, porque en el mundo que nos ha tocado vivir vales más como persona entre más posesiones físicas tengas, un mundo en el que la marca de tu ropa o el modelo del auto que utilizas tienen más valor que tus ideales y convicciones. En este mundo nos ha tocado vivir, en la sociedad del consumo. Y mientras a nosotros nos siga importando más impresionar a los demás por lo que tenemos en lugar de por lo que somos, el capitalismo se ríe en nuestras caras y las grandes empresas que lanzan cada vez algún nuevo producto, observan nuestro comportamiento como si fuésemos ratas de laboratorio.

 


Imagen de: http://k39.kn3.net/taringa/1/5/4/8/4/7/38/julieepal/0BD.jpg?8909

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