La rosa transfigurada

“Hojas de Acanto te cubren/ tu desnudez es lo contrario a una flor cerrada”
Francisco Hernández.

Por: Fernando Cruz Quintana.

 

Dispersos en distintas coordenadas geográficas y temporales, han existido, existen y existirán hombres con vocación de biblioteca: son aquellos que asombran por su desbordante capacidad de conocimiento, más próxima a la constelación libresca que al máximo puntaje en cualquier prueba de Coeficiente Intelectual. De Ernesto de la Peña sin duda se podía decir lo anterior y se añadía —no por un afán de elogio forzado— su capacidad aún más asombrosa de, pese a tanto saber, nunca haber perdido el piso, de haberse afianzado a sus zapatos con una  profunda y encantadora sencillez.

Las cualidades de erudición desbordante del maestro De la Peña se constatan en las múltiples participaciones que tuviera en los distintos (y escasísimos) espacios de contenido “cultural” de la televisión, pero sobre todo se advierten en los vaivenes de su escritura: de un punto a otro se recorren los temas y se revisan hasta los más mínimos detalles de los más mínimos detalles. Por limitante de espacio hablaré sólo sobre una de sus obras, pretendiendo que lo dicho se aplique de manera inductiva al resto de su trabajo.

En la introducción de La rosa transfigurada (1999), Ernesto de la Peña dice:

“Hermana nuestra, pues, por la labor inútil de su arquitectura y el lapso breve de su vigencia, la rosa se ha convertido en el símbolo de casi todas las empresas humanas. Pletórica de fuerzas, de sangre vegetal, de aromas y formas infinitamente varias en la combinación de pétalos, colores, aromas y trazos, el hombre, homo symbolizans, le ha asignado tantos significados como sueños ha concebido y le ha dado con ello una capacidad insospechada para transfigurarse.” 

El propósito de esta obra es hacer un recuento histórico, cultural y social de las distintas maneras en el que la rosa ha significado algo para diferentes culturas. En el libro, la rosa pasa lista desde la Botánica, la Medicina, la Poesía, la Filosofía, Historia, la Gastronomía (¡Sí!: en dosis mínimas,  el consumo de la Rosa no es nocivo) y otras disciplinas para revelarse en su múltiple esencia. Invitación al deleite de la obra: sugerencias para comprar el libro: se principia por la parte formal, por la naturaleza misma de la flor en medio de todas las familias de flores, pero posteriormente los derroteros son tan vastos que no existe una sola línea a seguir y el libro pudiera ser leído comenzando por el capítulo que sea.

En esta múltiple revisión, Ernesto de la Peña regresa hasta la mitología griega (todos los caminos llevan a la antigua Grecia) para relatar el origen de la rosa a partir del trágico derramamiento de sangre de Adonis. También de contexto Helénico es “La rosa Hipocrática”, donde el lector podrá entrever que la flor no sólo ha tenido un destino contemplativo, sino también uno utilitario, como en el tratamiento de algunas enfermedades. Un tercer capítulo devela el sentido de algunas festividades mortuorias en donde la rosa es el actor principal. Más adelante se contrasta la relación que esta personaja (como dijera Gonzalo Rojas) de pétalos sensibles tiene en las religiones Musulmana y Católica —una invitación más: ¿sabe acaso por qué llamamos Rosario a la oración que hacen los devotos de Cristo?—.

La parte final del libro es mi favorita, en especial el penúltimo capítulo: “La rosa vuelve sobre sí”. Aquí se reflexiona sobre la poesía por medio de un ensayo poético. La prosa de De la Peña alcanza su punto cumbre sólo para posicionar a Rilke como el mayor de los poetas rosáceos; citas precisas del autor checo, en donde se atrapa la esencia de la rosa, reafirman esta postura.

La rosa revive a lo largo de toda la lectura y se alumbra de todos sus sentidos posibles, transfigurándose tal y como Ernesto de la Peña quería mostrar. La experiencia del libro nos recuerda aquellos momentos en que atisbamos en la Tierra la presencia de la totalidad de un solo golpe, ésos en donde aprendemos el infinito por medio de una forma finita. Pero no se piense que el libro es sólo de alabanzas, el análisis también revisa los infortunios de esta flor. De manera figurada, la misma constitución de la rosa nos advierte, por medio de sus espinas, que la belleza también duele.

A riesgo de ser redundante, insisto en la vastedad de conocimiento de De la Peña; al dar siempre con la clave de lo que ha sido y es la rosa, pareciera que él hubiera logrado entablar un diálogo con la creación y ésta última le confiara sus propósitos.

Así como hay libros que se leen “de una sentada”, hay otros que se concluyen tras varios días de lectura, otros que nunca terminan porque preferimos abandonarlos antes de la última página y unos más que siempre dará gusto volver a leer. No es mi libro favorito, pero tal vez sí el más hermoso de mi colección: La rosa transfigurada ha sido para mí una de esas obras que violentaron mi vida y que me hicieron no ser el mismo después de leerla. Ernesto de la Peña no nos dio un ramo de rosas: nos regaló un hermoso libro y en él a todas las rosas de la existencia.

Twitter: @fercruzquintana

 

 

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