La Reelección

Por Brandon Ramírez

Con el referéndum en Bolivia para modificar su Constitución y permitir la reelección de Evo Morales, el tema de la reelección, más allá de las implicaciones que se tiene para este país en específico, ha estado presente en algunos medios.

En nuestro país el principio de la no reelección se convirtió en una de las banderas del movimiento revolucionario a principios del siglo XX. Los gobiernos de Benito Juárez y Porfirio Díaz, ambos con una serie de reelecciones, han pasado a la memoria histórica de distintas formas: el primero, al morir en el puesto no se perpetuó más allá de 14 años (aunque con una serie de conflictos internos y ocupaciones que buscaron desconocerlo) y es reconocido por sus contribuciones a la conformación del Estado Mexicano actual; el otro, al no resolver nunca el problema de su sucesión y reelegirse para ocupar la Presidencia hasta por tres décadas (a pesar de que dirigió el Plan de la Noria para evitar la reelección de Juárez por ser ésta, desde su perspectiva, anticonstitucional), hasta ser derrocado por la Revolución, pasando por mucho tiempo a formar parte de los villanos de la historia (desde la visión maniquea que muchos tienen), si bien es cierto que en los últimos años se han revalorizado sus aportaciones al desarrollo del país y hay quienes lo conciben como uno de los mejores Presidentes. Recordando la multicitada frase de la película “The Dark Knight”, uno murió siendo un héroe, y el otro vivió lo suficiente para convertirse en villano.

El México posrevolucionario generó un nuevo sistema político con un partido prácticamente único, dentro del que se aglomeraron distintos sectores sociales que institucionalizaron el conflicto y que generó estabilidad y desarrollo durante sus primeros años. Si bien es cierto que la reelección no se contemplaba, la realidad era que no existía competitividad, y era imposible para la oposición acceder a ningún puesto de elección popular relevante, manteniendo al mismo grupo en el poder.

La segunda mitad del siglo XIX, con el crecimiento de las clases medias comenzaron a surgir cada vez más luchas sociales por satisfactores más allá de los económicos. Las demandas para abrir espacios de participación política, y la censura a represiones como las acontecidas en los años sesenta generaron presiones internas para que el régimen comenzara a liberalizarse. La reforma política de 1977, y las subsecuentes, comenzaron a abrir el camino para que los partidos de oposición pudieran competir. La elección presidencial de 1988 generó una expectativa de que la apertura era cada vez más una realidad, y que la oposición podría de hecho acceder a los cargos de elección popular. Aunque al final el resultado sería a favor del partido hegemónico, éste generó nuevas presiones ante la incredulidad de la imparcialidad de la autoridad electoral (en ese entonces en manos de la Secretaria de Gobernación), y a la postre sentarían las bases para la creación de un Instituto Electoral Autónomo.

En adelante, la alternancia en distintas instancias de gobierno es una realidad, aunque la competitividad aún no sea una constante en todo el territorio nacional. En este sentido, la lucha por el sufragio efectivo que impulsó la Revolución es hoy día una realidad, aunque la no reelección, la otra bandera de esa lucha, si se ha transformado, permitiéndola para el poder legislativo.

Se ha pasado del dogma de evitar la reelección a toda costa, a impulsarla en el poder legislativo bajo la idea de que la rendición de cuentas hacia los ciudadanos puede motivar a los legisladores a tener un mejor desempeño, con el incentivo de mantenerse por más de una legislatura. Se ha dejado de lado el debate de la reelección presidencial, opacada por la idea de la segunda vuelta y más recientemente por la posibilidad de las candidaturas independientes, debido a la crisis de representatividad de los partidos políticos y la inconformidad ciudadana con su desempeño (aunque esta no es una dinámica exclusivamente de nuestro país).

La prohibición de la reelección como dogma parece estar cada vez más alejada de las preocupaciones de nuestra sociedad, probablemente porque hoy día contamos con un sistema político que garantiza la competitividad electoral gracias, entre otros factores, a nuestro instituto electoral autónomo (aunque no exento de críticas) y ha permitido la alternancia pacífica.

 Probablemente esa es una de las diferencias entre nuestro país, junto a algunos ejemplos donde la reelección es una práctica común en su poder ejecutivo presidencial, como Estados Unidos, Argentina o Brasil; con países como Venezuela (donde la reelección de hecho puede ser indefinida), donde no existen autoridades autónomas que garanticen procesos electorales donde la oposición tenga posibilidades reales y equitativas de acceder al poder. En el caso de regímenes parlamentarios, el primer ministro frecuentemente se mantiene en el cargo por periodos de tiempo largos, mientras mantenga su mayoría en el parlamento.

Más allá de discutir si la reelección debe ser permitida o no, las preocupaciones democráticas se centran en generar un sistema político donde la alternancia sea posible en cada proceso electoral. Mientras un partido o candidato independiente mantenga un apoyo mayoritario en las urnas, dentro de una competencia equitativa, no parece existir nada antidemocrático en que su mandato se mantenga gracias a su reelección (como ocurre en los regímenes parlamentarios o en España, donde a pesar de existir una monarquía, el jefe de gobierno es el Presidente, que puede mantenerse en el cargo mientras siga siendo apoyado por la mayoría del legislativo). Sin embargo, la ley no puede ser personal, ya que los marcos legales de los distintos países deben ser pensados para beneficiar no sólo a sus contemporáneos, sino también a las generaciones futuras. Generar leyes ex profeso para castigar o beneficiar a una persona o grupo en específico no parece una práctica muy democrática (aunque en última instancia cada sociedad se auto determina, y si se cuenta con el apoyo manifiesto a través de un referéndum, mientras este sea un proceso democrático, poco se podría censurar desde la comunidad internacional) .

La reelección en sí misma es un mecanismo común en las democracias, incluso cuando ésta tiene la posibilidad de ser, de facto, indefinida, mientras se dé en un marco de competencia electoral que garantice la posibilidad a la oposición de conseguir la alternancia si cuenta con el apoyo mayoritario, dentro de elecciones equitativas.


Imagen http://agenciadenoticias.unal.edu.co/detalle/article/reeleccion-de-alcaldes-y-gobernadores-viable-para-el-2015.html

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