La política profesional

Por Brandon Ramírez

En 1919 Weber escribió en las últimas páginas de su texto “El político y el científico”: “Únicamente quien está seguro de no doblegarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado necio o demasiado abyecto para aquello que él está ofreciéndole; únicamente quien, ante todas estas adversidades, es capaz de oponer un “sin embargo”; únicamente un hombre constituido de esta manera podrá demostrar su vocación para la política”

El texto viene en el tiempo tras la primera guerra mundial; en palabras de Carl von Clausewitz, la guerra no es más que la política por otros medios, ambas tienen como motor la defensa de un conjunto de ideas que en nuestra visión particular son una verdad que debe perseguirse para materializarla… o así funcionaba hace más de un siglo.

Weber hablaba de una distinción en vivir para la política y vivir de la política: vivir de la política implica necesitar las entradas económicas que otorga un desempeño político; vivir para la política, es dedicarse a ésta por la búsqueda de una suerte de realización personal, dejando de lado el aspecto económico. La idea de un político profesional implica la vinculación de ambos aspectos, en cuanto debe dedicarse enteramente a la política, no sólo parcial ni esporádicamente, pero con un sentido de responsabilidad y defensa de un proyecto claro, ganándose la vida con ello.

Hoy día, casi toda la clase política de las democracias son conformadas por políticos profesionales en cuanto se desarrollan profesionalmente en esta labor, van avanzando en el escalafón administrativo o de representación y se espera de ellos que desarrollen su trabajo como cualquier otro profesional: médico, profesor, ingeniero, etcétera… la realidad es que en esa dualidad que teóricamente definía a un político profesional, ha disminuido la idea de vivir para, y predomina la de vivir de, en todos estos países. El descontento de los ciudadanos con la política pasa por ahí.

Siempre hay excepciones, habrá políticos que, en su balanza de la vocación y el bienestar personal, gana la primera, pero para casi cualquier ciudadano al que se le pregunte, es difícil encontrarlos. En nuestro país, la opción de las candidaturas independientes se entendía como una posibilidad de refrescar la baraja de opciones, pero nos encontramos con otra complicación estructural: la dificultad de cumplir con los requisitos para conseguirla, que suponen tener una capacidad de movilización de recursos que difícilmente un ciudadano de a pie tiene. En este sentido, a día de hoy la mayoría de las candidaturas de este tipo han sido por parte de políticos profesionales, escindidos de algún partido. A priori, eso no es un problema en sí, pero es un reflejo de la dificultad para alguien ajeno entrar en las boletas en niveles más allá del local.

Este año, sin ir más lejos, lo que hoy día sabemos es que las opciones de las tres candidaturas de coaliciones son encabezadas por políticos profesionales, y los dos candidatos que de forma independiente han juntando las firmas necesarias, aunque aun les falte cumplir con el número de estados provisto por la ley que le apoye con al menos 1% de su lista nominal, provienen de partidos.

Se dice que lo ideológico ha perdido peso para explicar la política, que ya no hay ni derechas ni izquierdas, o que se ha difuminado lo que ello significa… otra vez: que todos son iguales. El comprar esa idea desvanece la propia idea de la política, principalmente en las democracias, ya que el motor de estas es el disenso y la confrontación de alternativas. Quien busca defender vehementemente su proyecto, o como decía Weber en la cita que abre este texto, aquello que él o ella ofrece, se le tacha inmediatamente de radical, amenaza para la estabilidad o marioneta de un sistema que nos mantiene estancados en nuestros problemas. No estar abierto a escuchar las voces discrepantes a lo que nosotros damos como verdades evidentes, diluye la oportunidad de siquiera tener un debate, tan necesario en las democracias sobre cualquier tema.

Que todos los precandidatos actuales se promocionen a si mismos como un cambio, es una clara señal de que los últimos años han sido malos en muchos sentidos. Está claro que deben plantearse alternativas de solución sobre muchos temas como la corrupción, la violencia en la que llevamos inmersos por más de una década, el papel de nuestro país en la economía global, reducir las brechas de desigualdad, entre otros. El problema es que, de momento, ninguna de las opciones plantea cosas concretas, más allá de venderse como paladines de la justicia, cada uno de ellos. No hay pasión, un elemento clave para la política como una vocación, sólo desacreditaciones al resto sin quedar muy claro que se ofrece como opción propia.

Con casi total seguridad ningún partido logrará una mayoría en el Congreso que apoye al candidato que resulte electo presidente, dado la fragmentación en que vivimos, y los acuerdos serán necesarios. Desde 1997 ha sido así. Pero quienes han sido oposición en los distintos periodos han sido excelentes en bloquear agendas, pero no en generar alternativas y consensos. Y cuando se logró, no los resultados esperados en el corto plazo, y ha sido utilizado como arma de descrédito incluso entre los miembros que conformaron ese acuerdo. Difícil será para quien gane sacar adelante su proyecto, quizá por eso mismo no se esfuerzan, tristemente, en dejar claro cuál es más allá de vagas generalizaciones. Tenemos políticos profesionales, pero parece que vacíos en su mayoría de la vocación como Weber entendía que era indispensable para serlo. Aun así, debemos elegir alguna de las opciones que tengamos en la boleta, y como sociedad buscar cambiar esta situación desde nuestra trinchera o involucrándonos de forma más directa, independientemente del resultado, no hay nada escrito de antemano y claro que este escenario se puede cambiar a futuro.


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