La pedantería: ¿una virtud o el peor de los defectos?

Por Dante Noguez

La raíz etimológica de pedante es incierta porque, aunque se sabe que viene del término italiano homónimo, se ignora el origen de éste otro a ciencia cierta. Aunque, por otro lado y para beneficio de nuestra labor, sí se sabe que en el italiano del siglo XIV se usaba dicha palabra para referirse a los tutores o maestros que enseñaban a niños de familias acomodadas a domicilio; y también sabemos que nosotros la usamos peyorativamente para referirnos a aquellos que se vanaglorian de su conocimiento (sea éste falso o verdadero).

Pero, ¿la pedantería es una virtud o un defecto? Y, en caso de ser buena (porque moralmente hablando es normal que nos parezca desagradable), ¿cómo podría serlo? Al plantearnos preguntas como estas, no sería nada desacertado recurrir a gigantes que ya se lo hayan preguntado antes. Y el caso es que fortuitamente me he encontrado un par de opiniones al respecto. Montaigne y Elizondo son esos gigantes: el primero en el bando antipedante y el segundo en el propedante.

El caso se sucede de la siguiente forma: Elizondo argumenta a su favor defendiendo el significado prístino de la palabra, mientras que Montaigne conforma su ataque atendiendo a la acepción última y de connotación peyorativa de la misma. Veamos qué nos dicen estos pensadores al respecto:

Elizondo es bastante breve pero convincente y contundente. El mexicano desprecia a aquellos que hacen mal uso de la palabra pedante. “Tanto más pedante me juzgas cuanto menos sepas de lo que hablo”, dice Elizondo. El uso despectivo es incorrecto porque el pedante no hace otra cosa que enseñar, y no es otra persona sino la que sabe lo que nosotros ignoramos. El concepto está asociado a uno de los ideales más grandes de la humanidad: el de la enseñanza y formación del espíritu. El pedante es quien transmite conceptos esenciales para la cultura y el espíritu. Sería tonto entonces despreciar a alguien cuya tarea es esta. El concepto pedante, en realidad, no es de alguien que posee de un complejo de superioridad, sino todo lo contrario, pues el pedante nos pone a su nivel al tratarnos como un igual, como alguien que seguramente sabrá de aquel conocimiento que él posee. Pero aunque no sea el caso de que sepamos de lo que habla, el fin sigue siendo noble porque su deseo es hacernos más sabios.

A Montaigne, por otro lado, no parece convencerle este razonamiento, pues al pedante no lo cree tan noble sino más bien engreído y estúpido. Montaigne recurre a Cicerón para referirse a los pedantes: “aprendieron a hablar con los demás, pero no consigo mismos”. Para el francés, los pedantes son aquellos que hablan galimatías o algarabías que rayan en lo ridículo. Además, también son aquellos que atiborran la memoria con conocimiento ajeno mientras que al mismo tiempo empequeñecen el juicio propio. Los pedantes saben citarnos a Sócrates, Platón y Aristóteles, pero cuando se les pregunta qué piensan ellos mismos se quedan perplejos. Y eso es lo desagradable: llenan su memoria pero el entendimiento y la conciencia los tienen vacíos. El pedante hace lo que cualquier loro podría hacer también; al pedante le hace falta digerir el conocimiento del que tanto ostenta, pues pareciera ser que sólo se lo ha guardado en la boca para después soltarlo al viento. “El saber es como una espada peligrosa que estorba y ofende a su dueño si está en manos débiles y que ignoren su uso”. El pedante es un cuasinútil que tiene mucho conocimiento teórico que no entiende ni puede aplicar en su vida.

A favor de Montaigne, dice Kant en su Crítica de la razón pura: “la falta de juicio es propiamente lo que se llama sandez; y a semejante defecto no hay remedio posible”. Así —sigue el filósofo alemán— un médico, un juez o un político pueden saber muchas hermosas reglas patológicas, jurídicas o políticas; y sin embargo, puede que en su aplicación tropiece fácilmente porque le falta juicio, y si bien puede conocer lo general in abstracto, no puede distinguir si un caso in concreto, pertenece o no a la regla. La aplicación de dichas hermosas reglas memorizadas podría terminar perjudicando en vez de beneficiando a la hora de usarse por un juicio o entendimiento pobre, por un pedante puro y duro.

Entonces, ¿es una virtud o un defecto la pedantería? ¿Estoy siendo yo un pedante (elizondiano) al exponer y compartir este conocimiento, o un pedante (montaigneano) al citar otros pensadores sin saber de lo que hablo? Personalmente pienso que la pedantería no es lo que deberíamos juzgar como virtud o defecto, pues ésta depende de quien la ostente; habrá quien será noble, memorista y buen razonador, como quien será un mentecato que sabe mucho, y la pedantería actúa de acuerdo a eso. Pero la culpable (y a quien se debería juzgar aquí) entonces es la sandez, porque la sandez incita al mantecato a insultar al pedante cuando le quiere enseñar lo que ignora y a ufanarse de todo el conocimiento que memorizó sin tomarse la molestia de entenderlo. En la pedantería (y más aún, en las personas), la estupidez es el defecto. Dice Balzac: “La ignorancia es la madre de todos los crímenes”; y dice Sócrates: “Solo hay un mal: la ignorancia”; pero decimos nosotros: La estupidez es la madre de todos los males, porque el ignorante puede aprender, pero el tonto tiene (y quiere seguir teniendo) el juicio averiado, y aquí no hay paradoja, ni refrán oscuro, ni moral escondida como en las fábulas.


Imagen: http://es.paperblog.com/ensayo-sobre-la-pedanteria-2536721/

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