La odisea de un viaje

Por Areli Estrada

 

Mi camino era una lucha diaria por llegar a mi lugar de destino, una continua prisa. Vivía con incertidumbre de mirar el reloj y saber que llegaría tarde, lo cierto es que la constante de mi viaje era el continuo martillo en mi cabeza de pensar en no llegar a un examen, a una ponencia o el simple hecho de no llegar a tiempo; era una inseguridad constante, y más que inseguridad, un esfuerzo diario de despertarse como rutina a las 4:00 a.m. para poder llegar a mi destino, el esperar una desconsiderada cantidad de minutos, que se podían convertir en una hora, para poder abordar un medio de transporte que me dejara en el metro más cercano, correr como si me persiguiera el demonio más terrorífico -el tiempo- sentir el colapso del cuerpo inerte colgando del asiento fruto de dormir menos horas de las recomendadas, pasar prácticamente durante cinco años la necesidad de llegar, y no a cualquier destino, llegar a la Cuidad de México.

Durante cinco años de mi vida, sufrí lo que millones de personas padecen a diario; el continuo viaje de ida y vuelta de la Ciudad de México hacia su lugar de origen. Generalmente la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM), sufren esta odisea esperando junto a muchos otros en una parada de camión, que más bien, parece la entrada a una casa de terror, con camiones, combis, guajoloteros o el apellido que le quieran dar, que parecen caerse del mal estado en el que se encuentran. Algunos de estas especies exóticas ni siquiera cuentan con el espacio mínimo para que el cuerpo de una persona se acomode adecuadamente, sufrir dolor en las rodillas o aguantar el cuerpo del viajero vecino es el denominador común, y se los digo, es solo de valientes.

El peor escenario del viajero aventurero es que no haya camiones/combis cuando es la hora pico de afluencia, que es alrededor de las cinco y media de la mañana. Eso sí, es digno de una película Hollywoodense, esa sí que es acción: empujones, gritos, arañazos, las palabras altisonantes, las burlas… esto solo para abordar lo que será el primer eslabón del amplio recorrido que harás y el trayecto que será de más de dos horas. A eso hay que añadirle que los ciudadanos del Estado de México pagamos el pasaje más caro del país, el pasaje mínimo es alrededor de ocho pesos y a esto le sumamos la creciente inseguridad. El viaje resulta un viaje al centro de la tierra, en donde tienes que sortear todo tipo de obstáculos para llegar a la escuela o lugar de trabajo.

Después de pasar el primer gran triunfo -abordar un camión-, viene enfrentarte a lo que será la hora más larga de tu vida si no conseguiste pegar el ojo, o como dirían algunos otros, conseguir uno de los mejores asientos para dormir. En el tráfico, según datos del periódico El Universal (2011), se gasta alrededor de 2 horas 8 minutos en transporte público (una estimación, por supuesto) basta con preguntarle a cualquiera que haya vivido alguna remodelación en las autopistas que entran a la Ciudad de México para que te enteres que pueden llegar a ser hasta cuatro horas. Es inevitable imaginar y soñar en el hubiera, ¡imagínense todo lo que una persona pudo haber hecho en ese tiempo! Personalmente, hubiera sacado un diez en vez de un ocho, podría haber estado más tiempo con mis amigos, o convivir más tiempo con mis hermanos y mis padres. Qué hubieran hecho aquellos que son padres de familia.

Y es que el trayecto no para ahí, después de llegar a alguna estación del metro tendrás que aventurarte a entrar a un vagón, esa es otra odisea. El segundo eslabón de la cadena: poder entrar en el vagón del metro. Aquí es donde las cosas se ponen duras para el viajero aventurero, está el famoso entras o te meten, aunque suene burdo. Las cosas que se aguantan en el metro son los toqueteos, los finos aromas, las malas caras y demás inimaginables cosas. En alguna ocasión me toco observar un incipiente conato de bronca solo por un empujón, un desmayo, una mano larga y eventos increíbles que solo se ven a las seis de la mañana con los nervios encendidos y generalmente sin desayunar, eso es solo para aquellos que gustan del deporte extremo.

El eslabón final- o semifinal- es tomar el último camión, el fin de la arcoíris para llegar a la olla mágica, es tomar ese camión que sabes te dejará en tu trabajo o escuela, habrá que dar mención honorifica a aquellos que aún tienen que caminar para lograrlo. En resumidas cuentas, algunos de los viajeros como mínimo tendrán que tomar dos camiones de pasajeros y el metro, situación que indudablemente desgasta, estresa y genera que las personas siempre vivan con el tiempo encima.

La odisea de un viaje continuará, ahora mismo habrá miles de personas rezando por llegar ya, -a sus casas o trabajo/escuela- y muchas otras esperando una nueva madrugada por comenzar la odisea diaria de llegar a la Cuidad de México y su destino. Al final no se llegó a la tierra de ensueño, pero al menos se cumplió el objetivo, de llegar. Lo único que queda es recuperar energía para continuar la odisea de otro viaje.

La importancia de mejorar la infraestructura del servicio público, así como la voluntad de los gobiernos para crear más y mejores empleos en las Zonas Metropolitanas del Valle de México y mejorar los accesos a la Ciudad de México es vital para la vida y el bienestar de las miles de personas que diariamente tienen que sufrir una odisea por llegar a los centros laborales o educativos; por ello, es de vital importancia que se aborde esta problemática que miles de personas viven a diario, que su vida no se convierta en una eterna odisea.

 


 

Imagen de: http://www.lasegunda.com/Noticias/Nacional/2012/09/779320/inseguros-en-mal-estado-o-con-bajo-flujo-los-10-peores-recorridos-del-transantiago

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