La niñez y sus modelos

Por Brandon Ramírez

 

Hace unos días jugaba con mis sobrinos, que rondan los 6 años, y me sorprendió lo imaginativos que son. Recordé un programa televisivo donde se les mostraba a una serie de adultos una imagen sombría sobre la que debían tratar de adivinar qué era. La mayoría sólo podía nombrar 3 posibles identidades de aquella silueta. Cuando pasaron a preguntarle los a niños, casi todos sobrepasaron la decena de posibles interpretaciones a la misma imagen. Un poco como la idea de la boa y la serpiente en El Principito.

Esto me dejó pensando un poco en torno a cómo nos formamos y cambiamos con el paso de los años. Es una expresión común que los niños son como pequeñas esponjas que absorben buena parte de lo que les rodea; ya sea conocimiento, valores, hábitos y algunos vicios. Es la etapa formativa de nuestra vida, y mucho –por no decir todo- de lo que nos ocurre en ella, determina las personas que seremos el resto de nuestra vida.

Educar a una persona, tener la responsabilidad de generar un ambiente propicio para su crecimiento y enseñarle lo que creemos que debe saber, es una labor que considero titánica, y aplaudo a todos los padres que deciden emprenderla. Nosotros, todos, debemos lo que hoy somos a las personas que nos rodearon –o estuvieron ausentes- mientras fuimos niños. Es gracioso, al menos para mí, viajar en el transporte público y ver a niños con gesticulaciones y movimientos corporales iguales a las de sus padres, quienes los llevan en brazos; la misma forma de comer, de beber agua y cuando aprenden a hablar, expresiones que se replican. Yo mismo sonrío cuando me percato de que uso algunas expresiones que mi padre o madre usan, sin pensarlo y de manera espontánea.

Otra idea que he escuchado mucho, es que los padres siempre quieren que los hijos tengan una “mejor vida” de la que ellos tuvieron. Cada quien puede definir eso de manera distinta, pero lo que muchas veces implica es una mejor o mayor formación académica, una escala de valores deseable y en suma, ser “mejores personas”.

Precisamente por el impacto que tiene en los niños la convivencia con las demás personas, es que creo que debemos tener en cuenta algo que, de hecho, está muy presente en las historias cercanas a muchos niños que gustan de leer cómics, o ver películas y series televisivas de Batman. Una de las ideas que rodean al personaje en prácticamente cualquiera de sus aventuras, es el no utilizar armas (en el estricto sentido del término, es decir, cosas diseñadas explícitamente para asesinar o herir a otros) y nunca asesinar. El motivo detrás de esto, es que no debes combatir a asesinos recurriendo al asesinato; ni evitar muertes y crímenes si recurres a los mismos mecanismos criminales como el uso de armas, aun en defensa propia. Eso implica el convertirse en una autoridad moral sobre algo, predicar con el ejemplo, pero ¿y eso de qué nos sirve?

Pensemos por ejemplo en algo que en general se asume como negativo: mentir. Si alguien que frecuentemente miente nos dice que nosotros no lo hagamos, esa expresión tiene poca fuerza, pues quien nos lo pide práctica todo lo opuesto. Si en cambio alguien que nunca nos ha mentido –que sepamos, al menos- nos dijera lo mismo, nos sentiríamos, por lo menos, más comprometidos a no hacerlo, pues esa persona lo hace también.

Regresando a los niños, pongamos un ejemplo algo burdo y cliché: cuando uno de sus padres les pide comer verduras a sus hijos, mientras ellos comen sólo carne. Los niños quizá se pregunten por qué se les pide hacer algo que saben que las demás personas no hacen. Si en cambio los padres habitualmente hacen lo que quieren que sus hijos hagan, quizá no deberán ni pedírselos, y los niños lo harán tan involuntariamente como los gestos y expresiones que han aprendido. A la larga, puede que así se eviten futuras discusiones sobre el por qué hacer algo que se nos pide, y que suelen terminar con el argumento –casi tan devastador como un fatality en Mortal Kombat-: “Porque soy tu madre/padre” o “porque yo lo digo”, que difícilmente es satisfactorio para los niños y jóvenes, y sólo conllevan resignación.

La autoridad moral no es sólo algo tradicional y basado en valores, como el respeto y obediencia a los padres. Esta se construye con el ejemplo. Si Batman quiere contribuir a crear una ciudad sin delincuencia, no recurre a esta para sus fines, lo que reviste su discurso de credibilidad, enfatizando que es posible vivir y actuar así. Lo mismo con los niños. Si queremos que sean mejores personas que nosotros y contribuir a un mejor futuro para ellos y para nuestro entorno, es importante tratar de ser un ejemplo y ser mejores también nosotros.

Al final los niños no sólo aprenden el discurso que escuchan, replican las prácticas que los rodean, incluyendo esas simulaciones de exigir algo que nosotros no practicamos. Extrapolándolo, como ciudadanos criticamos la corrupción, cuando muchas veces también somos participes de ella. ¿Qué sentirían si un ladrón les dice que no roben? Por lo menos nos generaría una sonrisa y nos parecería irónico.

Muchas veces subestimamos a los niños, y creemos que no perciben la complejidad de la realidad, pero estamos equivocados. Son muy perceptivos, y todos estos dobles discursos perpetúan los vicios que se supone que queremos erradicar. También sé que es imposible que todos seamos santos e inmaculados. El propio Batman no lo es, pero es una figura simbólica de autoridad moral para quienes dirige su discurso. Lo mismo podemos hacer. Si queremos que los demás cambien en algo incluso tan pequeño como no tirar basura, cambiemos antes nosotros, así al menos podremos sentirnos en la posición de exigir a otros, sean niños o no, y puede que tengamos mayor impacto.

 


Fotografía de Silvia Cervantes Hernández

 

 

 

Comentarios

Comentarios

Jóvenes Construyendo

Jóvenes Construyendo es una plataforma en línea que ofrece un espacio de expresión para jóvenes con grandes ideas con el objetivo de compartir puntos de vista y propuestas sobre juventud.