La muerte como sombra inquebrantable

Por Noemy Gonzalez G

La muerte nos persigue sin horario ni días de descanso, al dormir se cuela en nuestras pesadillas y hace que despertemos exaltados por su presencia. Recorre nuestro cuerpo con su respiración helada y lo disfraza de aire invernal incitándonos a buscar el calor en la manta o persona más cercana. Se esconde tras las nubes de la noche y sonríe mientras creemos que somos incansables. 

La muerte nos abraza la cintura y se convierte en una sombra inquebrantable. Se apila sobre nuestros pendientes y se intercala entre ellos intentando que su llegada sea una sorpresa. Almidona nuestros sentimientos para que el miedo y la soledad no perfore nuestro corazón e ignoremos perdonar. Barajea las cartas y nos da la aparente oportunidad de ganar, aunque ambos somos conscientes que solo alarga la tempestad. 

La muerte toma los pelos negros de un gato, los espejos rotos del mundo y dirige el paso de los peones para divertirse un rato mientras los mortales cavamos nuestra propia tumba con cigarros, alcohol, alimentos altos en grasa y aditivos o el amor. Permite que espejemos el mundo a través de los medios y amigos para que nos sirva de experiencia y poderle intentar dar guerra, sin embargo, parece que enciende la llama de la velocidad, el estrés y la desconexión del mundo real y nos acerca más a su morada. 

La muerte agita su reloj de arena ante nuestros ojos y lo deja en la cómoda de nuestra cama, y aunque todos los días el tic tac del final nos recuerde que no somos eternos, sus pasos son injustos y a la imagen de sus caprichos, llevándose a los que ante los ojos carnales no merecen formar parte de su selecto ejército. 

La muerte jala de las manos a ricos y pobres para inmiscuirlos en un viaje, donde la tarjeta black no ofrece beneficios como salas premium o primeras clases, el autobús al inframundo va cargado únicamente de hombres acompañados de sus buenas o malas acciones, desterrándolos de un mundo donde aún después de muerto sigues generando un gasto para los tuyos.

Este 2018 quiero cambiar el ajedrez de la calaca que se festeja los primeros días de noviembre, escribo una carta post-muerte, aferrándome a la vida y consciente del final inherente a la fragilidad humana. Conclusión que no sé si sea en una década de años o esta noche, dejaré mis piezas de dominó ordenadas para que por mi causa la familia no siga los pasos a ultra tumba bajo la consigna de hacer lo que creen correcto o que a mí me gustaría, perdiéndose en discusiones y detalles banales que no ayudan en mi camino incierto. 

El día que me muera, no me compren flores como signo de cariño para que se queden pudriendo en el panteón, mejor regalen una rosa a cada asistente como agradecimiento de los buenos momentos juntos.

El día que me muera, no quiero que me incineren, llévenme al terreno de mis abuelos y dejen que mi cuerpo sea aprovechado por animales carroñeros en la tumba.

El día que me muera, cerciórense que mis órganos sean donados a los que lo necesiten, si existe la otra vida, no creo que necesite mis ojos para recordar mis vacaciones o el riñón para extrañar a mi familia.

El día que me muera, no quiero ser velada en casa, prefiero que la amarga experiencia quede petrificada en las paredes de un frío velatorio. 

Si tengo alguna enfermedad complicada y alguien de mi familia tiene que abandonar su vida por la mía, déjenme morir, no posterguen la única cosa segura que tenemos. 

Si tengo bienes para cuando muera, no se pelee por ellos, recuerden que los juicios testamentarios separan familias y desgasta el ánimo. Repartan todo equitativamente.

Si cuando yo muera mi madre sigue viva, no la dejen sola, apóyenla y no le crean si les dice que está bien. Cuando pierdes a tu pareja eres viudo, algún progenitor huérfano pero un hijo no tiene nombre. 

Si tengo animales para cuando llegue ese día no los olviden, ellos también perdieron a alguien y necesitan amor. Cuídenlos y ámenlos como yo lo haría. 

Después de mi muerte no hagan de mi aniversario un ritual eclesiástico. Busquen la manera de ir de vacaciones unidos o comer juntos. No me lloren, no vayan al panteón ni sufran mi partida.

Después de mi muerte no me hagan ofrenda, organícense un día para comer en familia todo lo que pondrían en la ofrenda. 

Parece enfermo hacer o decir este tipo de cosas, por alguna razón tenemos miedo a hablar de nuestra propia muerte, pero toda nuestra vida está basada en sueños y supuestos, en una especie de moneda de racionalidad instrumental que se tira al aire al azar, donde el único final que no necesita de pasos a seguir es el tránsito a la huesuda. 


Imagen: http://www.elmagallanews.cl/noticia/sociedad/el-reloj-de-la-muerte-te-dira-cuando-sera-tu-ultimo-dia

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