La magia

Por Brandon Ramírez

 

La semana pasada fui a la juguetería a comprar los regalos para mis sobrinos. En mi familia, la costumbre del día de Reyes es algo que año con año celebramos. Hace ya bastante tiempo yo era quien se levantaba temprano para descubrir los juguetes y juegos en la sala de mi casa; ahora, quien observa la cara de sorpresa de los niños al ver que sus peticiones fueron cubiertas por lo que para ellos son seres mágicos, tan reales como ellos, ustedes o yo.

Sin embargo, mientras hacía esas compras escuché a algunos niños, que probablemente rondaban los 10 años, gritar que los Reyes no existen cada vez que pasaban junto a niños más pequeños que, llenos de emoción, veían las estanterías repletas de juegos y juguetes pensando cuáles pedirían este 6 de enero.

Eso me recordó cuando mi hermano, cinco años mayor que yo, unos días antes de una Nochebuena me llevo a donde nuestros padres guardaban los regalos de Santa Claus para decirme algo que ya sospechaba. Desde pequeño me desvelaba para esperar sorprender tanto en Navidad como en Día de Reyes a aquellos seres mágicos que reparten regalos a los niños, sin lograrlo, evidentemente. En mi primaria, nunca existió algún compañero que rompiera la ilusión de los otros al revelar el misterio que rondaba esas fechas.

En esos años, internet no era algo tan extendido ni algo con lo que estuviera muy familiarizado. En mi casa teníamos (cuando venía por la línea telefónica y si se levantaba el auricular mientras navegábamos, escuchábamos aquella melodía que muchos conocimos) pero lo usaba para jugar, principalmente. Hoy día bastaría con consultar nuestro buscador favorito y, de ser niños curiosos, descubrir si Santa o los Reyes existen (aunque en algunos quedará esa pequeña duda, siempre).

Estoy convencido, sin pruebas que lo respalden, que los niños que quieren creer en eso lo harán, aunque todos sus amigos les digan que es un engaño. Al final, nos gusta creer en algunas de esas cosas; los espectáculos de magia no tendrían éxito si no fuera así, aunque en el fondo sabemos que todo son ilusiones y trucos. Cuando “saco” monedas de las orejas de mis sobrinos, o las “desaparezco” de mi mano, o adivino la carta que eligieron de una baraja, a ellos les basta con sorprenderse y no dudan de la magia que pudo haber causado aquello, ni siquiera la más grande de ellos me pregunta cómo lo hice, les basta sorprenderse para sentirse contentos. También, ello es una de las razones por las que Harry Potter, tanto los libros como las películas, tuvieron tanto éxito, nos gusta pensar que la magia es posible, aunque sea como una pequeña duda.

Recientemente, el 25 de diciembre, mis sobrinos me contaban como en la noche anterior escucharon el tintineo de cascabeles, y como se asomaron por la ventana y alcanzaron a ver el mítico trineo tirado por renos que recorre el mundo repartiendo regalos. Pudo ser una historia que cuentan sólo para reafirmar su creencia, puede ser que la expectativa les haya hecho soñar eso y que después lo tomaran como algo que ocurrió en realidad. Lo que para ellos era una certeza es que cuando subieron a dormir su sala estaba vacía, y al despertar, había muchos juguetes junto a sus zapatos, que se materializaron ahí de alguna forma misteriosa mientras ellos dormían, y juran haber escuchado cascabeles ¿qué otras pruebas necesitan ellos para creer?

Mientras siga habiendo regalos en las casas el 6 de enero, los Reyes magos seguirán existiendo para los niños. Puede que sólo sean una idea, pero mientras se mantengan y se siga transmitiendo, existirán más allá del mundo de lo intangible, sino, pregúntenle a cualquier niño con sus regalos en los brazos.

Otro tema es la motivación religiosa. Me atrevo a decir que a los niños es lo último que les importa, y aunque pueden conocer el origen de aquella tradición, lo que ellos esperan de este día es recibir regalos, tengan o no en su casa una representación del Nacimiento de Jesús. Desde niño he tenido amigos de varias religiones (yo me defino en ese tema agnóstico), muchos de ellos no comparten esa tradición en sus casas, y no asistían a clases el 7 de enero, que era un día en que mi primaria nos permitía asistir sin el uniforme y sin entrar a los salones, para jugar con nuestros compañeros con todos nuestros obsequios. Evidentemente nadie es quien para decirle a otro que creencias inculcar a sus hijos y qué tradiciones compartir, pero más allá de lo que para nosotros signifique el 6 enero (un día más, una celebración religiosa o un día para comer rosca y compartir con la familia, a la vez que regalamos obsequios a los niños) negar a los pequeños la emoción de recibir un regalo cuando todos los demás lo hacen me parece triste (más en países como el nuestro, mayoritariamente creyente de esa fe). Se puede regalar juguetes sin compartir el mito de los Reyes Magos o Santa Claus; se puede comer rosca sin creer en la motivación religiosa, se puede cenar en familia en esas fechas sin que ello represente traicionar nuestra propia fe, o al menos es algo que mi mamá me enseñó desde pequeño, y que he asumido como parte de mi vida desde entonces.

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