La incertidumbre por los resultados

Por Brandon Ramírez

Escribió hace unos años, en su texto “Qué esperar de la democracia: límites y posibilidades del autogobierno” de Adam Przeworski: “Mientras crecía en la Polonia comunista sólo me imaginaba a la democracia tenuemente, a través de una cortina. La democracia me atraía mayormente por la emoción de las elecciones: los partidos compiten, alguien gana, alguien pierde e incluso si sus posibilidades son desiguales, nadie sabe cómo terminará el juego. Era como el futbol, y a mí me apasionaba el futbol. Así que leía los resultados de las elecciones en países extranjeros de la misma forma en que leía los marcadores de los partidos extranjeros de futbol. Y, para aumentar las apuestas emocionales, tenía mis favoritos en ambos: los socialdemócratas suecos y el Arsenal”.

Las elecciones en el mundo siguen llamando la atención de la inmensa mayoría, en especial aquellas que se llevan a cabo en países con importancia geopolítica del peso de Estados Unidos, por ejemplo, que pueden tener un impacto global (el mundo seguramente siguió con el entusiasmo que busca reflejar Przeworski en esa cita sobre emoción por la incertidumbre, como en un partido de futbol de tu equipo). Pero también es cierto, que hay cada vez más descontento con los sistemas de partidos, la perdida sentido de representatividad de los políticos que sienten los ciudadanos, la desilusión por el incumplimiento de las aspiraciones que muchas de las democracias jóvenes, en especial los de la segunda y tercera ola (aunque también las más consolidadas como Estados Unidos y el occidente europeo) en términos de generar sociedades más liberales, “justas”, y reducir las brechas de desigualdad y en general satisfacción con el modelo democrático electoral.

En México, tenemos relativamente poco tiempo desde que las elecciones tienen un peso fundamental y son vistas como el verdadero mecanismo para la construcción de gobierno, en vez de las prácticas de antaño como el “dedazo”. Hemos vivido escenarios muy variados en cuanto ha elecciones presidenciales, desde la incertidumbre por la alternancia de 2000, lo competitivo y cerradísimo de la elección de 2006, a una un tanto más holgada en 2012, llegando a la elección de este año, en que a falta de poco más de un mes, el puntero en las encuestas lleva una ventaja que se antoja difícil de alcanzar, tanto por lo brecha que lo separa del segundo lugar, como la persistencia del tercer lugar en la competencia (que evita se articule una candidatura más sólida opositora), el candidato del partido en el gobierno, que no puede claudicar en sus aspiraciones de competir de forma loable, ya que si bien tiene poquísimas probabilidades de hacerse con la presidencia, tiene múltiples elecciones locales en las que necesitan mantener una base de apoya que les permita reestructurarse para los comicios intermedios federales en tres años, y las propias contiendas locales en los siguientes años.

Han pasado dos debates ya, y aunque López Obrador es a todas luces menos hábil para estos ejercicios, en los que, a título personal, me parece Ricardo Anaya lució en el primero, y José Antonio Meade en el segundo, tampoco cometió ningún error catastrófico que haga poner en duda su ventaja a día a de hoy. Queda por ver si decide participar en el tercer debate que, aunque es de igual forma oficial, no tiene el carácter de obligatoriedad, ya que solamente estaba prevista la puesta en marcha de dos debates legalmente. La fortaleza de Andrés Manuel es más bien en el templete de un mitin, a forma de monologo (salvo por las aclamaciones y porras de sus escuchas) arengando y vendiendo su narrativa de país a sus bases de apoyo, que en un ejercicio dialectico contra sus opositores. Anaya y Meade son más articulados y con una preparación más hábil para los debates, claramente, aunque el segundo tiene más dificultades para eso que le sobra al candidato de Morena: apelar a los sentimientos y movilizar a sus seguidores.

Una última cosa de los debates: parece existir un conceso general en el hecho de preferir el contraste de ideas que de ataques personales entre los candidatos… pero no deja de ser cierto que lo que se recuerda más son precisamente las acusaciones, los momentos fuera de tono como propuestas irreverentes y totalmente desproporcionadas e impensables de operacional, o el ocultar la cartera y juegos de palabras para referirse los unos a los otros.

El punto es que, pese a la ventaja que parece llevar el puntero, que hace flotar en el aire la pregunta de por cuánto ganará, más que quién ganará, lo cierto es que tampoco deja de existir esa sensación de incertidumbre, ya sea apelando a la propia retórica del candidato que desde hace muchos años señala la confabulación del sistema político en su conjunto para robarle sus triunfos legítimos, o porque la renuncia de una de las candidatas, y la idea de que al final se lograra una candidatura sólida ante él, que logre ir reduciendo la brecha en estas semanas, como ha ocurrido anteriormente, también está ahí. Como escribió Przeworski en la cita inicial, es una buena señal la incertidumbre en el resultado, porque ello habla de lo competitivo de nuestro sistema electoral, que hasta antes del año 2000 (con la excepción de 1988) se intuía al ganador aun antes de conocer a los candidatos. Tanto Andrés Manuel, en la presidencia de México, como el Real Madrid, en la Champions League, y uso esta referencia por ser la más cercana en el tiempo, lucen favoritos para ganar sus particulares finales y, aun así, es difícil dada la competencia implícita en sus competencias, asegurar que tengan el triunfo antes de jugar, o antes de que se cuenten los votos. Muchas cosas pueden pasar aún.


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