La grandeza perdida

Por Sebastián Block

 

Vivimos en un mundo empobrecido zoológicamente, del cual las criaturas más enormes, fieras y extrañas desaparecieron recientemente

Alfred Russell Wallace, La distribución geográfica de los animales (1876)

 

 

Hace ya casi un mes se hizo realidad uno de mis grandes sueños: visitar Australia. Para todo amante de la naturaleza y apasionado de la biodiversidad, Australia es una tierra llena de maravillas. Tiene las plantas con flor más altas del mundo, las rocas más antiguas, la barrera de coral más grande y muchas de las serpientes más venenosas. ¿Qué más podría uno desear?

La semana pasada visité el Centro de Vida Silvestre de Cleland, donde pude ver kanguros, koalas, demonios de Tasmania, emus, wombats, wallabies y el fantástico equidna, que parece un erizo pero pone huevos, al igual que su pariente cercano el ornitorrinco. Sin duda, Australia es asombrosa.

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Equidna de pico corto (Tachyglossus aculeatus) Foto: Fir0002/Flagstaffotos

Sin embargo, seguro que mi asombro no se compara con el de los primeros humanos que llegaron a este continente hace unos sesenta mil años. En aquel entonces, la fauna Australiana era todavía más impresionante y aterradora.

Imagínense haberse encontrado un equidna del tamaño de una oveja o un ave del tamaño de una avestruz pero con un poderoso pico que quebraba con la misma facilidad tanto melones como huesos. Los canguros rojos son bastante imponentes con sus casi2m de altura, pero se veían chaparros junto al kanguro chato gigante (Macropus goliah) que podía llegar a medir hasta 3m de alto. Pero incluso eso es poco comprado con el Diprotodon, el marsupial más grande que jamás haya existido, un pariente cercano del wombat pero del tamaño de un hipopótamo.

Y todo esos herbívoros gigantes eran presa de carnívoros igual de formidables, como el león marsupial (Thylacoleo carnifex) o la Wonambi,una serpiente constrictora del tamaño de una anaconda. Pero lo que de veras me hubiera encantado ver (de lejitos) es el varano prisco, un lagarto venenoso de hasta siete metros de largo. Sus parientes cercanos, los dragones de Komodo, no viven muy lejos de la costa norte de Australia y son las lagartijas más grandes de la actualidad, aunque simples cachoras comparadas con sus primos extintos.   

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El varano prisco era un auténtico dragón. Qué lástima que no nos tocó verlo en acción. Esquema: Conty

Tristemente, todos estos animales se extinguieron. La mayoría pereció en una gran oleada de extinciones hace cerca de 46 mil años. Otros sobrevivieron unos cuantos milenios más. El debate acerca de las causas ha sido intenso. Algunos científicos culpan a los cambios climáticos de la última era glacial, otros culpan a los humanos. Lo más seguro es que los dos factores hayan contribuido.

Lo mismo pasó en América cuando los humanos llegaron muchos milenios después.

En Norteamérica había mastodontes, tigres dientes de sable, castores gigantes y muchos otros animales asombrosos. Todos perecieron más o menos al mismo tiempo que los humanos llegaron. ¿Coincidencia?

Independientemente de que los humanos hayan tenido toda la culpa o no, la triste historia de la megafauna es prueba de que nuestros impactos en el planeta empezaron hace mucho tiempo. Incluso animales majestuosos como los mastodontes o el varano prisco no tienen oportunidad ante la devastación humana, sobre todo cuando ésta se combina con cambios climáticos. Ojalá que esto nos sirva de lección y tengamos cuidado de no perder más de los animales y plantas que hacen este mundo un lugar tan maravilloso.

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