La gota que derramará el vaso: ¿estamos preparados para una crisis de alimentos?

Por Emilio Suárez

A las orillas de alguna gran metrópoli asiática una familia se reúne para comer. Son la primera generación en brincar la línea de la pobreza. Ahora, con ingresos estables, a esta familia de clase media le alcanza para comer carne tres veces por semana. Al otro lado del mundo, en la colonia Roma de la Ciudad de México, un adulto de 36 años de edad, hipster y ecologista, presume por la calle su vehículo VW Jetta TDI con motor a base de biocombustible. Por último, un corredor de bolsa a prueba de un prestigioso banco libra el día sin pérdidas al invertir millones en el mercado de alimentos, se lleva varias felicitaciones.

Estas historias, que contadas de la manera adecuada resultan inspiradoras, son en realidad ejemplos y causas de una anunciada crisis mundial de alimentos. Aquella vez que más cerca hemos estado de una situación así fue en 2008 cuando una subida anormal en los precios de los granos básicos evidenció la fragilidad del mercado de los alimentos. Los resultados fueron catastróficos, los cifras conservadoras hablan de 900 millones de personas en situación de hambruna, 33 países enfrentaron desestabilización política debido a la furia de sus connacionales. La crisis no respetó la custodiada frontera del mundo desarrollado y el mundo en desarrollo, afectó por igual naciones del África subsahariana como países de la esfera Atlántica.

Hoy, a casi diez años del fenómeno, conviene entender las razones y discutir las posibles soluciones a un problema que nos involucra a todos. En un mundo con capacidad probada de alimentar a todos sus habitantes, ¿por qué la comida no se distribuye? ¿Por qué los más afectados de la falta de alimento son los campesinos si los alimentos vienen del campo? En el artículo que comienzas hablaremos del sistema de agroproducción moderno que nos mantiene en un macabro equilibrio entre la obesidad y la hambruna.

Las tres lecciones de la crisis

Volvamos a nuestros personajes de ficción. Así como la familia Wang, miles de familias en el Sudeste asiático están mejorando su calidad de vida. El ya de por sí impresionante crecimiento poblacional convive con la movilidad social de un gran número de familias avanzando hacia la clase media. Sociedades que han sido tradicionalmente vegetarianas como la China o la Hindú están cambiado su dieta para incluir más carne. El mundo del presente tiene que lidiar con el aumento en la calidad de vida en los países en desarrollo. ¿Y por qué debería ser un problema la mejora de calidad de vida en China, Vietnam o Indonesia, se preguntará el lector? Pues básicamente porque el consumo de carne es una industria que demanda recursos naturales de manera intensiva. Para ejemplificar un poco, producir un kilogramo de carne demanda 15 mil litros de agua, producir un kilogramo de hortalizas demanda diez veces menos agua. Lo mismo sucede con el suelo y hasta con las emisiones carbónicas, básicamente “cosechar” carne es una tarea demandante para la Tierra.

En uno de los fails que pasará a la historia, ingenieros, activistas, y sobretodo nosotros, los espectadores del desarrollo sustentable, nos llevamos una amarga sorpresa al encontrar en una de las soluciones un gran dilema. Tras años de debatir la necesidad de depender menos de los hidrocarburos y sus comprometedoras emisiones, la industria de los biocombustibles se consolidó en buena parte del mundo y personas como nuestro hipster treintañero se volvieron consumidores por una extraña motivación de moda y conciencia ambiental. Lo que nadie esperaba era el dilema ético que esto supondría. Resulta que la industria del biocombustible demandó en 2008 una cantidad histórica de maíz para fabricar combustible, el dilema radica en que para generar los 50 litros que caben en el tanque del Jetta TDI hay que utilizar el maíz que alimentaría a un etíope durante todo un año.

Finalmente, para no dejar fuera algún estrato de la sociedad sino enfatizar el hecho de que todos guardamos nuestro porcentaje de culpa en el problema que estamos estudiando, debemos analizar el rol que juegan las entidades financieras y el flujo de capital. No es gratuito el hecho de que la crisis de alimentos haya sucedido el mismo año que la burbuja inmobiliaria estalló en el seno de Wall Street. Como mero acto de supervivencia muchos corredores de bolsa, como nuestra joven promesa de la finanzas, generaron un grandísimo flujo de capitales de las hipotecas al mercado de los alimentos. El resultado: especulación, acaparamiento y demandas falsamente infladas. El maíz, trigo y la soya duplicaron su precio.

Ante la desgracia, ¿a dónde arrimarnos?

Hace casi una década que la vulnerabilidad del sistema de producción de alimentos quedó evidenciada. Hoy, a finales de este brusco 2017 las razones de fondo que produjeron la crisis no han cambiado. El crecimiento demográfico y la demanda exagerada de recursos para satisfacer vidas cada día más caras sigue latente, el libre comercio y las reglas del neoliberalismo siguen siendo el dolor de cabeza de los campesinos, cada día más disminuidos. Y sobre todo, la poca voluntad tanto política como ciudadana por cambiar hábitos de consumo que vuelvan más sustentable nuestro temporal paso por la Tierra.

La gravedad de la situación requiere de una solución por igual sorprendente. Como si fueran caras opuestas de una moneda, el sistema de agroproducción dominante tiene su contraparte en la soberanía alimentaria. El concepto, que si bien no es reciente, está encontrando nuevos vehículos para implementar formas de producción basadas en la sustentabilidad y en la creación de mercados locales. La soberanía alimentaria aboga por formas de producción agrícola que empoderen al campesino y al consumidor para exigir mejores alimentos, se oponen a las siembras intensivas y al uso de agroquímicos, y defienden el consumo local por encima de las importaciones. Si te interesa conocer más busca alguna de las entrevistas a Esther Vivas, de cuyo libro Del campo al plato está basado este artículo.


Bibliografía: Vivas, Esther. (2009) Del campo al plato. Ícara editorial, Barcelona.


Imagen: http://www.tercercamino.com/tercercamino/images/noticias/Opinion/capitalismo_y_alimentos.jpg

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