¿La generación que no ha sabido escuchar?

Por Aarón Rojas

Hace unos días me encontraba leyendo el periódico, como lo hago con regularidad, cuando saltó a mi vista un artículo inquietante cuyo título sugestivamente plasmado en las hojas de un famoso diario español, donde se nos acusaba a nosotros, los nacidos entre los años 80 y 2000, que hemos sido denominados como “Generación Y” o como se ha difundido recientemente “Los millennials”, de ser una generación a la cual no solo le importa poco su devenir y se encuentra aislada de su diario acontecer. También se nos atribuía el  ser una que no tenía expectativas, ni miras puestas en el futuro, donde abundaba una frivolidad angustiante, sin importarle poco más  que su satisfacción personal.

Acusándonos de buscar siempre la forma más rápida y fácil de vivir, al tiempo que hacíamos lo mismo para la resolución de nuestros problemas.

Transformándonos en un descender que había olvidado escuchar y aprender del pasado, convirtiéndonos de ese modo en dueños de absolutamente nada.

Sin embargo este modo de pensar no fue el único que viese plasmado en diarios hispanohablantes, porque solo voy a referirme a artículos de dicho extracto, ese mismo día encontré en un diario de circulación mexicana otro artículo que exponía exactamente la misma tesis.

Me sorprendió saber que el mismo día se publicaran artículos tan descabelladamente parecidos. Atacando específicamente a los ya mencionados de sólo vivir al día y para hoy, sin importarle nada más. Por supuesto que ante tales imputaciones, me sentí mucho más que ofendido y me veo entonces en el deber moral de responder a dichas publicaciones periodísticas.

Previo a comenzar formalmente este artículo, quiero aclarar que ya existe una  primera respuesta hacia el reportaje del periodista español de apellido Navalón, realizada por otro miembro de la “Generación Y” llamado Diego Bonet. Sin embargo y desde mi muy particular punto de vista, dicho artículo se ha quedado corto en cuanto a la defensa generacional, adjudico esto a la premura con que se realizó, publicándose solo dos días después, por el joven mexicano.

Sin más prórrogas, procederé a responder a los periodistas antes mencionados, esperando que la mía sea una más amplia y por tanto satisfaga de mejor manera los vacíos que se dejaron con anterioridad.

En primer lugar, me gustaría despejar las ideas que se tienen respecto al por qué “no escuchamos”. Es bien sabido por todos que mientras más joven se es menos importancia tienen sus argumentos o peticiones, siendo desplazados de modo escalofriante, de aquello que no ha de competernos debido al contenido, pues son únicamente cosas de adultos.

Uno pensaría que con los cambios generacionales, esta idea absurda se desvanecería, ayudada de aquellos a los cuales les incomodaba quedarse cayados, pero el tiempo solo sirvió para comprobar que aquello que estuvieron antes que nosotros, prefirieron copiar dicho modelo a cambiarlo por uno de mayor participación. Así entonces, hemos sido forzados a escuchar sin tener derecho a opinar. Escuchar ha sido lo único que hemos hecho por tanto tiempo.

Ello no significa que nos neguemos a escuchar, sino, que estamos hartos de escuchar, además, siempre lo mismo. Esto ha terminado por ahogarnos. Y por consiguiente, con el boom de la tecnología, no esperamos mucho para crear medios por los cuales pudiésemos expresar lo que sentimos (no siempre de la mejor manera). Sintiéndonos libres de poder acabar con las trabas generacionales.

Esto por el contrario no ha sido suficiente para que aquellos que nos antecedieron, se den cuenta de la urgencia que tenemos de ser escuchados, dando pie a un desencanto social generalizado que deriva en una suerte de incertidumbre respecto a la función que  tendremos en el futuro, pues seguimos sufriendo de un desprestigio generacional.

Lo anterior, provoca un continuo sentimiento de duda con respecto aquello que habrá de depararnos, haciendo para muchos preferible el vivir el día a día y para otros aparentar desinterés con respecto a lo que pueda pasar a largo o mediano plazo.

Se nos imputa de igual forma, el querer todo fácil y sin complicaciones, como si fuera necesario sufrir para aprender y padecer para valorar, han olvidado que son las carencias aquellas que provocaron la implementación de nuevos mecanismos mediante los cuales las tareas se hicieran más fáciles.

Nosotros hemos generado soluciones a problemas que permearon durante años a nuestra sociedad, incluso derrumbamos el muro del desempleo convirtiéndonos en nuestros propios jefes.

Porque ¿quién dijo que era pecado conseguir lo mismo o incluso más con menos esfuerzo? Así, cansados de las falsas promesas de cambio, hemos creado nuestras propias soluciones. Somos una generación que en gran parte ha logrado la inclusión y creado conciencia. Solucionamos aquellas cosas que nuestros antecesores fueron incapaces de resolver y todo ello lo hemos conseguido con el acceso que ha generado la tecnología que tanto critican. Aunque no niego que todo en exceso es malo, pero no debemos temer al progreso y menos a quienes han dado vida al mismo.

Las generaciones previas también fueron acusadas de anunciar una crisis de valores, como los “Baby Boomers” (los nacidos entre 1940 y 1965) los cuales han sido incapaces de reconocerse como parte del problema, pues son los que nos educaron, siendo nuestros padres o modelos familiares.

Estas generaciones dentro de las que también entran los pertenecientes a la “Generación X”, nos acusan de ser menos responsables o de temer a las responsabilidades futuras. Olvidando que ellos adquirieron dichas responsabilidades a edades tempranas, resultado de sus propias elecciones, como las de tener hijos a temprana edad o contraer nupcias lo antes posible.

Por tanto, no pueden culparnos de querer disfrutar el mayor tiempo posible y de buscar las maneras de hacer nuestras vidas más sencillas pues ¿Qué no las revoluciones y la tecnología se hicieron precisamente para eso?


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