La generación de la oposición

Por Mónica Vargas

 

Vivimos una etapa relativamente sencilla de nuestra vida, como jóvenes, las obligaciones -pese a su importancia- son pocas; la energía y la avidez se desbordan de nosotros cual tinta sobre papel, y la nutrición a nuestros juicios y argumentos se ve en constante desarrollo.

Somos un sector plural con muchos ideales compartidos; tenemos aún la maravillosa capacidad de asombro de la que nos habla Aristóteles, empatía con los sectores vulnerables y resiliencia frente la situación de violencia y criminalidad en la que estamos inmersos, pero sobretodo, nos caracterizamos por el apetito de justicia e igualdad social. Representamos una fuerza de oposición que va más allá de dogmas religiosos, partidos políticos e instituciones públicas; desde diferentes trincheras, los jóvenes hemos destacado en la lucha constante por la imparcialidad.

La triste verdad es que cada generación de jóvenes ha tenido que crecer enferma ante los censores que protagonizan sus manifestaciones. La tiranía del poder y la desinformación colectiva de la población, han provocado una apatía naciente que más tarde se convierte en conformismo, hasta llegar a asociarse con la madurez. Pero lo cierto es que madurar no tiene que ver con crecer y la rebelión no tiene que ver con rebeldía.

En ocasiones las oportunidades se ven limitadas a las nuevas mentes, los nuevos talentos, las nuevas opiniones.

El mundo conservador suele ser cruel con la evolución. Es difícil concebir un origen más bárbaro que el que tuvo México: esclavitud, violencia y autoritarismo que persisten en manipulación, delincuencia y corrupción.

Hemos progresado en muchos aspectos, pero nos sigue faltando transformar el raciocinio individualista que nos ha corrompido estas últimas generaciones y que tanto daño nos está haciendo.

Pero existen también generaciones de jóvenes que con distintos enfoques en sus movimientos, han dejado como legado una identidad modélica; que su aporte no perdió nunca sus objetivos y que hoy nos sirven para reflexionar la postura que tenemos frente a los contratiempos que nos aquejan como mexicanos; la generación de 1915, conocida como generación de los siete sabios, encabezada por Manuel Gómez Morín, es un ejemplo sagaz de intelectualidad práctica en beneficio de la sociedad. El cuestionamiento a las políticas de su tiempo, la difusión de la cultura y las artes, y el pleno ejercicio de los derechos, fueron pilares en la construcción de su modelo.

Por otro lado está el movimiento de la mal llamada “generación X mexicana”, me refiero al movimiento del 2 de octubre de 1968, el cual es quizá uno de los levantamientos más citados en México, y que con justa razón, merece esa importancia, pues fue un hito en la concepción de la política nacional, una generación que comenzaba a cuestionar y a promover la educación, una generación con mucha capacidad que fue reprimida y masacrada, cínicamente, en pleno centro de la Ciudad de México.

Después de leer las primeras líneas de “La noche de Tlatelolco” de Elena Poniatowska, es imposible no sentir la impotencia de aquella opresión, duele y ofende en lo más hondo del alma. Por eso, a casi cincuenta años de aquel trágico día, la generación de 1968 sigue siendo una razón para defender la libertad de expresión (en conjunto con sus manifestaciones) como derecho fundamental e inherente en todas las naciones.

Nuestra generación también está llena de potencial, cada día, jóvenes brillantes nos demuestran que no estamos tan perdidos como a veces creemos. La generación denominada “millennial” tiene la ventaja de haber nacido entre dos mundos completamente distintos: por un lado, la ambigüedad, y por otro, la información inmediata; permitiéndonos atesorar los valores de la sociedad tradicionalista aplicándolos a la tecnología y a las nuevas ventanas de comunicación y expresión con un enfoque moderno en el mundo globalizado al que nos enfrentamos; mismo en donde la cúpula del poder sigue representado un escalón más arriba que nosotros, pero que como en el gran orden de las cosas, cualquier sandez tiene más significado que lo que en realidad ven nuestros ojos.

Siempre creí que la injusticia no podía durar para siempre, que el mal gobierno (como todo lo natural) tiene nacimiento y muerte, pero al fin me doy cuenta de que lo contrario a la mala administración no recae en un salvador que ocupe un cargo público, sino en el cambio de perspectiva del pueblo.

La cultura es, como decía Vasconcelos, un mecanismo reivindicador de la raza, en donde el mexicano puede conquistar el espíritu y grandeza en potencia de la humanidad. Y es sólo a través de la educación que nuestra opinión se convierte en ejercicio.

No por mucho gritar nos van a escuchar más; pero comenzando a reflexionar antes de hablar es cuando nuestra voz servirá verdaderamente para algo. La participación democrática de todos los ciudadanos se convierte gradualmente en el reflejo de los representantes y por tanto, del país.


Imagen: https://www.am.com.mx/2016/09/15/mexico/marchan-por-renuncia-de-pena-y-les-ponen-granaderos-313328 

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