La fiesta de sol y sombra (primera parte)

Por Mónica Vargas

La magia de la vida reside en lo antagónico de las experiencias; el hecho de ver la luz del día y la oscuridad de la noche, sentir el denso frío y  el extenuante calor, vivir las tristezas fortuitas y las incesantes alegrías… lo curioso es que no se viven al mismo tiempo, sin embargo existe la fiesta de sol y sombra, la fiesta de vida y muerte, la fiesta de los toros. Aquella en que un trance se vuelve bello ante los ojos de lo ordinario, de lo “normal”; en donde los adornos y las pasiones se vuelven justificaciones ante lo irracional.

La tauromaquia, según la RAE es el arte y técnica de lidiar toros. Dicen que en el toreo primero hay que salvar al hombre y después al arte. Pareciera un juego de azar su definición, como el hecho mismo, un acto donde el hombre y el animal se juegan la vida y todos sabemos quién va a ser el ganador.

José Antonio “Morante de La Puebla” nos deja en 2010 un comentario que dice así: “El toreo es muy difícil de entender… Yo nací torero. ¿Cómo puedo explicar eso? Es algo tan profundo y tan mío que no me sale”. Todos nacimos en el lugar, el tiempo y condiciones precisas para ser lo que somos hoy y cumplir la razón por la que estamos aquí. Sin embargo no hay una persona que nazca siendo insensible. La empatía es una característica ineludible de los seres humanos, tal vez Morante de La Puebla no podía explicarlo porque no se puede defender lo indefendible.
Hay cientos de mitos alrededor de los toros, los cuales se han convertido en argumentos ya sea para defender la fiesta o para exigir la abolición de la misma:

En el tercio de varas, el toro recibe una serie de puyazos en el morrillo por parte del picador, el objetivo es medir la bravura del toro y su disposición de embestida; otra razón, es el hecho del desangrado del toro, el cual evita la acumulación del fluido y un infarto prematuro. Cuestionemos ¿en qué condiciones se pone al astado para saber que esto puede pasar?  ¿Qué clase de espectáculo es aquel que puede provocarle morir infartado a un ser inocente?

La tauromaquia como pilar económico es un argumento muy desgastado. En realidad hay muy pocos toreros registrados como tal, es decir, la mayoría tienen otras ocupaciones muy ajenas a este arte. Los escultores, pintores y músicos no solo inspiran sus obras en el toreo. Los comerciantes y empresarios no están activos en ello todos los días del año. Las cadenas televisivas tiene más programas que incluso podrían ser más afines a la población en general.

Todos hemos escuchado que mirar un acto de violencia nos convierte en seres violentos, lo cual no está del todo comprobado, pero diría Aristóteles: es que pierde la más grande de las capacidades humanas: el asombro. Ya no nos sorprende ver como se ahoga en sangre un ser tan vivo como nosotros mismos. Tomamos como algo “natural” el uso de una espada para derramar sangre y dignidad.

¿Es peor la muerte en el matadero? El toro de lidia se cría 4 años entre algodones, mientras que el bobino para consumo humano es criado en condiciones tan tristes que no encuentro comparación para describirlas. Esto no quiere decir que la tauromaquia sea mejor, la lidia vuelve espectáculo la muerte y el sufrimiento. No podríamos decir cuál es mejor.

Se entrevistó al matador de toros y ganadero español Enrique Ponce. Una entrevista muy agradable y digerible, de esos diálogos de los que uno quisiera participar.

Afirma Ponce que ser torero requiere ser “tocado por la varita mágica de Dios”.  El comentario habla por sí solo. El torero no nace, así como el toro no es bravo desde sus inicios, sino que es un constante proceso de selección, así es el torero, un constante proceso “artístico” que ha convertido la muerte y lo inhumano en un ritual estético y de relativa trascendencia, no precisamente “mágica”. A minutos posteriores del inicio de la entrevista surge la pregunta obligada “¿Qué hay de los antitaurinos?” que nos lleva a la respuesta obligada “Al que no le guste, que no vaya pero que respete a quien le guste y no trate de cambiar la historia ni la tradición”. Hay mucho que decir de esto. Como antitaurinos no es que “no nos guste”, es que nos damos cuenta de que no está bien hacer espectáculo la muerte de un ser con capacidad de sentir placer y dolor. Es cierto que las corridas de toros son una tradición y son parte de la historia tanto de aficionados como de antitaurinos así nos guste o no, pero el hecho es que no porque sea una tradición de 500 años tiene que seguir existiendo, el cambio en realidad es desarrollo y las corridas de toros como los demás espectáculos con animales van llegando a su fin.

La ciudad de Quito en Ecuador, aplaude la idea de la lidia sin estocada. Es decir, una faena en donde la culminación no es la muerte del toro. Enrique Ponce alude a que ese podría ser el principio del fin de la fiesta, puesto que la entrega del toro al torero y viceversa ya no tiene la misma profundidad y el toro ya no se inmortaliza.
Qué paradoja más grande. “Cuando el toro muere se inmortaliza”; yo creo que la palabra adecuada es “trasciende”, y en efecto; estoy de acuerdo en que no hay otro animal que tenga el privilegio de trascender como lo tiene el toro bravo, quién no recuerda a un “pajarito” o a un “islero”. Sin embargo aún hay mucho de cuestionable. El toro de lidia bien lo decía al inicio es una selección, por lo tanto no es una especie, es una raza que ha sido creada para ser lidiada en una plaza, no podemos decir que si la tauromaquia se acaba el toro se extingue, y si así fuera ¿vale la pena que exista una raza de toros cuyo único destino es ser USADO para engrandecer el ego y protagonizar el evento de elite de unos cuantos?


Imagen: http://www.heraldo.es/multimedia/imagenes/despedida-taurina-francisco-rivera/

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