La fiesta de los vivos

Por Mónica Vargas

 

México, un país de historia, misticismo y tradición; coloquialmente conocido como el de la fiesta eterna y la desgracia satirizada. Cómo podríamos separarnos de nuestra cultura estando tan sumergidos entre comida, bebida y música.

Nunca había cuestionado tanto la tradición mexicana de celebrar “el día de muertos” o de “los fieles difuntos”, pues desde niños somos participes desde nuestra pequeña trinchera: en el montaje de la ofrenda, en la preparación de alimentos, en el adorno de papel picado, al escribir calaveritas literarias y hasta al decorar los sepulcros de nuestros familiares con flores en el cementerio. Jamás me había preguntado cómo es que se inventaron las canciones del día de muertos, porqué es común ver a la gente disfrazada de catrines y catrinas por las calles y de dónde surgió la idea de hacer calaveritas de chocolate o azúcar con el nombre de los fallecidos. Creo que lo que se ve seguido, no se cuestiona; diría Antonie de Saint-Exupéry en su obra maestra “El principito”:

“Cuando el misterio es demasiado grande, uno no se atreve a desobedecer”.

Pero qué pasaría si lo viéramos por primera vez, tal como pasa con el resto del mundo, creo que la novedad sobrepasaría cualquier explicación.

Comienzo a hacerme tantas preguntas, porque no me había sentido tan parte del folclore mexicano como ahora me siento: es muy cierto que entre más conoces algo, más te apropias de ello. Y es que nada rebasa el olor a flor de cempasúchil combinado con el del pan de muerto, el sabor tan peculiar de los dulces de calabaza y camote, el sentimiento único de nostalgia por saber que nos visitan nuestros seres queridos.

En diferentes culturas, la muerte ha representado muchas cosas: temor a la vida, ofrenda a los dioses, el paso a la vida eterna… Y sólo en la cultura popular mexicana y en la cosmovisión de nuestros antepasados toma un especial realce, ya nos lo cantaba Jorge Negrete: “México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”; nos lo recitaba Elena Garro: “No todos los hombres alcanzan la perfección de morir; hay muerte y hay cadáveres”; o tal vez con el desapego que nos caracteriza, tal como lo define Octavio Paz en El laberinto de la soledad: “Nuestra indiferencia ante la muerte es la otra cara de nuestra indiferencia ante la vida… la muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos”.

Lo cierto es que la muerte es tan objetiva como subjetiva, me atrevería a decir que es el mayor misterio de la vida: biológicamente, sólo es un paso del ciclo; religiosamente es el descanso eterno. Popularmente es una fiesta, una de las tantas que jactamos.

Nuestro calendario repleto de fiestas, dice Paz, es nuestro único lujo –en la represión ciega que se vive- como si no tuviéramos suficiente con las ya establecidas, cada día representa una fiesta patronal en algún lugar del país que se convierte poco a poco, en el día más esperado por la comunidad, y es impresionante el derroche de recursos y esfuerzo para celebrarlas lo más ostentosas que se puedan. Es cierto que estas costumbres están vigentes sobre todo en los pueblos, pero las grandes ciudades también han aprovechado estas fiestas en materia turística –que no es tan malo como parece-.

Se habla mucho del temor de la desaparición de todas estas costumbres, pero estoy convencida que como jóvenes hemos madurado en muchos sentidos; la devoción sin duda es menor porque crecimos en una realidad distinta en donde la ciencia lo supera todo, pero nuestras raíces son firmes; los valores del mexicano promedio siempre incluyen el respeto familiar y tradicionalista. Las costumbres mexicanas se han tenido que modificar en todos los sentidos, pero ni la llegada de la modernidad ni el paso de la globalización las han podido erradicar; al contrario, les da fuerza y han hecho que se conviertan en un vehículo de crítica social.

La fiesta de los muertos –que es más fiesta de los vivos-, es uno de los orgullos de ser mexicano, por lo que no hay algo más vacío que un mexicano que no conoce su significado ni se preocupa por investigarlo; es importante conocer nuestra historia tanto como es importante estar al día de lo que acontece; reflexionar el rescate que las artes han hecho de nuestras costumbres y cómo se han ido modificando con el tiempo; y ante todo, compartirla cada que se dé la ocasión, como la propia identidad.

En estas fechas es muy importante demostrar la viveza de nuestra formación y el respeto a su esencia que es la parte fundamental, -no el fin, sino el medio para otros fines-. Me despido con las palabras de García Márquez: la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido.


Imagen: https://comoeneltianguis.com.mx/2014/10/19/flores-de-dia-de-muertos-cempasuchil-y-mano-de-leon/

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