La fábula neoclásica

Por Mónica Vargas

En el siglo XVIII -mejor conocido como siglo de las luces- no solo se revolucionó el pensamiento; el inconsciente colectivo (la existencia de un sustrato común a los seres humanos de todos los tiempos y lugares del mundo, como define Jung) se convirtió en una suerte de paraíso apolíneo. La razón era la base de la ciencia y el progreso industrial-tecnológico, pero también fue una explosión artística. 

La Ilustración adoptó un modelo que rigió a las diferentes artes bajo ciertas características, este modelo fue el neoclasicismo: la recuperación de los principios clásicos pero haciendo frente a sus excesos en el barroco. 

En el terreno literario, el neoclasicismo, a diferencia del renacentista y su estilo bucólico e idealista, forjó autores con la necesidad de crear una estética que les permitiera lograr sus aspiraciones de mejora de la sociedad, así como divulgar sus conocimientos. En este sentido, la fábula se convirtió en una forma de utilizar la literatura como medio didáctico. Los fabulistas, en su oficio de las letras, continúan enseñando a través de historias maravillosas aquellos temas de interés que cada vez eran más necesarios para la sociedad Ilustrada.

Si hiciéramos un recorrido del género, podríamos ver que en España la fábula se remota a mucho antes, el ejemplo claro está en “El libro del buen amor”, el cual en su carácter moralizante y jocoso continúa situando a Dios en primer plano, lo cual tiene un enorme eco para los lectores que tenían al Arcipreste de Hita muy en alto por sus enseñanzas. Pero lo cierto es que la fábula neoclásica aparece como un resurgimiento del género, el contexto socio histórico ya apuntaba a un público deseoso de nuevas ideas alejadas a lo religioso.

De acuerdo con María Rosario Ozaeta, este florecimiento de la fábula hizo que se multiplicasen sus cultivadores en el siguiente siglo, en el que se mantiene la intención didáctica y moralizadora. Sólo en el siglo XX se aprecia un descenso en su actualidad, desapareciendo prácticamente la fábula y los fabulistas, aunque no sus cultivadores ocasionales, y manteniéndose el género residualmente en publicaciones infantiles, siempre bien aceptadas por sus receptores. 

Es increíble descubrir como lectores del siglo XXI que estos textos trascendieron de una manera popular y no unicamente intelectual. A partir de estas lecturas infantiles surgen dichos populares y refranes que rompieron la barrera de tiempo y espacio -lo que posmoderamente llamaríamos globalización- y seguimos distrutando de excelentes historias. Ejemplo de ello son las de Tomás de Iriarte, poeta español, dramaturgo, traductor y músico aficionado. Caracterizado por la sobriedad de sus letras y su siempre sentido crítico a la sociedad de su tiempo. Una de las fábulas que a mi parecer más se ajusta a su modelo es “El gusano de seda y la araña”, escrito en apenas 10 versos de arte menor y  rima consonante nos narra la historia de una araña que presume la rapidez con la que teje su tela y con ello se burla de la lentitud del gusano, sin advertir la calidad de su trabajo. Justamente la moraleja con respecto a la dedicación es lo que distingue a Iriarte. Pero también podemos analizarlo desde el neoclasicismo y la necesidad de explicar la razón de mantenernos en constante esfuerzo racional y menor esfuerzo físico. 

Otro ejemplo es “Los dos conejos” y el por qué es tan importante centrarse en las cosas esenciales y desatender los detalles que no tienen tanta importancia al resolver un problema. Dos conejos en su intento de salvar su vida, olvidan correr para esconderse y se ponen a discutir qué tipo de perro los está persiguiendo. 

Resulta conmovedor y al mismo tiempo risible cómo a través de estos pequeños textos con personajes tan entrañables como un par de roedores se esconden grandes verdades. Al mismo tiempo que nos pone a cuestionarnos sobre el instinto de los animales y la capacidad reflexiva del ser humano, ahí donde debemos dudar de nuestra civilización. 

Actualmente, las fábulas de Iriarte se ven en los libros de texto infantiles prosificadas, ilustradas y adaptadas al contexto social de la época; sin embargo prevalece la esencia de sus relatos y en el contexto mexicano los conocemos muy bien. Los ejemplos están en “El burro flautista” que nos regala esta moraleja: sin reglas del arte, el que en algo acierta, acierta por casualidad. O “El ruiseñor y el gorrión” una historia fabulosa sobre no creer saber tanto, pues nunca paramos de aprender; es un pensamiento totalmente ilustrado y así como en el terreno artístico los fabulistas también pretendían animar al mundo a buscar explicaciones, leer la enciclopedia y razonar sus acciones sin perder la conciencia moral de ellas.

Por otro lado está Félix María de Samaniego; sus estudios en Francia dieron consistencia al humanista quien además de escribir fábulas fue poeta, músico, ensayista y dramaturgo. Sus obras se convirtieron en vehículo para el transporte de sus ideas reformistas sociales, políticas, literarias y morales. 

En su fábula “El labrador y la providencia”, Samaniego nos hace ver algo muy importante: 

Aquí la Providencia

manifestar quiso

que supo a cada cosa

señalar sabiamente su destino.

La idea central pudiera parecer en un principio idealista, pero si lo razonamos bien, son aseveraciones que la ciencia más tarde habría de describir con investigación.  

La biología por ejemplo es claramente su versión ilustrada en la teoría de selección natural Darwin Wallace: “a mayor bien el hombre todo está repartido: preso el pez en su concha y libre por el aire el pajarillo”.

En la fábula  “El zegal y las ovejas” que en México todos conocemos como “El pastorcito y el lobo”, podemos ver el carácter moralizante de forma mucho más directa: el zegal miente una vez y a la siguiente ya nadie confía en él, pero ese no es su único castigo, también el lobo frente a sus ojos se come a su rebaño sin que él pueda hacer nada. Aquí ya hay algo más importante que un “castigo divino” o un “día del juicio final”; las acciones racionales -o irracionales- del zegal lo llevaron a una consecuencia materializada. La importancia de la ilustración en este sentido precisamente está en darle mayor significación al mundo terrenal que a aquello que no se puede comprobar.

Un último ejemplo está en “La lechera” aquella fábula que se ha estudiado en diversas formas y con muchos enfoques que van desde lo filosófico hasta lo social. Esta es la historia de una muchacha ilusionada con su futuro financiero que filialmente pierde los pies de la tierra y con ellos todos sus anhelos. 

Pienso que la importancia de esta historia radica en este punto medular: dejar de soñar y comenzar a trabajar objetivamente para cumplir metas. Además en este texto la protagonista es una mujer, lo cual también nos brinda un panorama del pensamiento social respecto a las actividades económicas y roles específicos de género.

En conclusión la fábula representa un género literario que hasta la fecha continúa enseñando de forma lúdica a nuestras generaciones, pero también se concreta como una etapa histórica para las artes, pues inmortalizó una época imprescindible de la vida socio histórica del mundo. 

Hoy día no podríamos prescindir de estas lecturas en los primeros años de vida, pues a través de personajes agradables y situaciones cotidianas se obtienen grandes enseñanzas y buenos recuerdos que nos agraden o no, hasta ahora siguen envolviendo nuestra realidad.  


Imagen: https://www.conmishijos.com/ocio-en-casa/cuentos/cuentos-infantiles/cuento-el-lobo-con-piel-de-cordero.html

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