La distorsión de la libertad de expresión

Por Juan Manuel Aguilar Antonio

 

Hay una distorsión fuerte en torno a la libertad de expresión en nuestros tiempos, y el espacio donde más notable es esta tendencia, es en las redes sociales. Basta sólo echar un vistazo a cualquier publicación o tweet, en torno a un tema que exija la elaboración de un argumento u opinión, con independencia del tema – ya sea política, religión, arte, cine, etc.– para hacer visible la falta de respeto y capacidad crítica entre muchos usuarios de la red.

Como docente de licenciatura, incluso, en más de una ocasión me sorprendió escuchar descalificaciones entre mis alumnos que recurrían a estereotipos discriminatorios cuando se realizaba un debate o se discutían ideas en las aulas. No existía un dialogo entre ellos y se abría paso a los insultos para ganar una “discusión”.

Creada en el siglo XVIII como un derecho innato de cualquier régimen democrático, la libertad de expresión es un concepto que dista del ideal generador de opinión pública ciudadana, la cual haga reflexionar a las personas sobre los temas de interés general para el bien común que nos corresponden todos conocer como parte de la sociedad.

Basta sólo echar un vistazo a los comentarios generados por una publicación de un político, escritor o simple usuario en las redes sociales para ver cómo estos se llenan de insultos. Y la mayoría de las veces se recurre a palabras como “naco”, “jodido”, “prieto”, “pejezombie” o “peñabot” para confrontar lo externado por alguien. Pero si se analizan a detalla muchos comentarios, será casi seguro que nos encontraremos con un escrito vacío, en el que no exista una idea, y sí, un discurso de provocación, odio o violencia.

La idea de utilizar un “lenguaje políticamente correcto” ha sido desarrollada por muchos sociólogos y teóricos del lenguaje, entre los que destaca el ensayo del australiano Ben O´Neill. En su ensayo A Critique Politically Correct Language, O´Neill presenta la idea de que el uso de estereotipos de violencia contra ciertos sectores de la población puede promover un comportamiento agresivo hacia las personas que integran estos sectores de la sociedad. En ese sentido, si las redes sociales se llenan de ofensas contra grupos como las mujeres o miembros de la comunidad LGBT – por citar algunos casos- es natural que un gran sector de los usuarios de red considere natural esta “discriminación”, lo que abre puerta a normalización de la violencia.

Si retomamos la frase “los límites de mi lenguaje son los límites de mundo”, del filósofo Ludwig Wittgenstein, podemos expresar que gran parte de lo que decimos, y la forma en que lo expresamos, en verdad define el mundo en que vivimos. Y para un país como México, donde la misoginia es una moneda de cada, o la expresión “puto” se utiliza como una ofensa, estamos frente a un escenario en el que la violencia y la descalificación siempre está por encima del consenso.

Estos temas se acercan a lo expresado por la teórica Mari Matsuda, quien en su libro Worlds That Wound, argumenta que el utilizar un léxico ofensivo, dirigido a un grupo de personas que compartan algún rasgo característico similar, promueve la marginalización, y en casos extremos, la persecución y agresión hacía ellos. Para nuestro país es terrible la situación de discriminación que viven muchas personas – ya sea por su origen étnico, género, orientación sexual o nivel socioeconómico – que no es otra cosa más que el reflejo de una sociedad donde la violencia está normalizada desde hace años.

De los informes de ONG´s como Human Rights Watch o el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, de Londres, hasta lo presentado por el CONAPRED o el INEGI sobre el racismo en nuestro país, podemos ver un país donde el hecho de recurrir a la provocación y el insulto ha generado un contra dialogo en las redes que hace que las personas acepten a la discriminación o los estereotipos como un divertimento. Lo difícil ante este escenario es el aceptar, que en su mayoría, los insultos en  Facebook o Twitter son más atractivos para las personas que el diálogo y el respeto.

Las preguntas que surgen ante esta disyuntiva son: ¿cómo rescatar la noción de libertad de expresión ante la distorsión que las redes presentan? ¿Cómo generar opinión pública real en las redes?

He ahí una tarea titánica para los profesores o promotores de la política en nuestros días.


Imagen: http://www.transportealdia.es/libertad-de-expresion/

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