La dimensión epistémica de la democracia (Parte II)

Por Miguel Téllez

En esta segunda parte expondré lo que podemos llamar “cognoscitivismo político”, el cual hace referencia a la dimensión epistémica de la democracia (DED).

Llamo cogniscitivismo político a la postura que afirma que la legitimidad de las decisiones en una democracia tiene un componente epistémico. Siguiendo lo que se ha dicho, el cogniscitivismo político afirma que además de igualdad política y libertad de elección, hay que agregar una premisa epistémica: debe existir una justificación en las decisiones. Quizá la teoría que se acerque a esta manera de argumentar es el modelo deliberativo que propone José Luis Martí en “La república deliberativa, una teoría de la democracia”, sin embargo no ahondaré en su propuesta. Lo que me interesa destacar es que con lo mencionado hasta ahora –en la parte I-, las propuestas de la democracia agonista y la respuesta estándar dejan un hueco acerca del rastreo de la justicia: lo cual parece ser una buena razón respecto a un procedimiento tanto legítimo tanto que vele por la justicia. La pregunta es: ¿acaso las decisiones no tienen nada que ver con el estado de cosas que se consiga luego de haber decidido?

Otra manera de entender la preocupación del valor epistémico en la democracia es el siguiente dado que en la vida política cotidiana no estamos en condiciones ideales –es decir, no somos lógicamente omniscientes ni tenemos tiempo ilimitado para pensar y luego decidir-, no es ningún error suponer que quien forme parte de la decisión puede ser un lego en asuntos de justicia, política, etc. De hecho, podemos suponer, sin ningún problema, que nosotros mismos somos unos legos: ¿estamos decididos a aceptar que nuestra decisión es la correcta, no sólo por su contenido, sino porque sólo tenemos que elegir? Tal vez sea una pregunta controvertida, y si es el caso que lo es, entonces tenemos una buena razón para pensar en el cognitivismo político.

En las siguientes líneas, haré un resumen de lo dicho en la primera parte y lo relevante que es hablar de una dimensión epistémica de la democracia, atendiendo a lo que aquí he expuesto como “cogniscitivismo político”. Esto será con la finalidad de aterrizar lo teórico con la experiencia común de la política mexicana. Finalmente, señalaré un problema en el que puede desembocar el apelar a una dimensión epistémica de la democracia.

El anterior artículo, y este, pretenden llamar la atención acerca de cómo pensamos la democracia. Podemos sugerir que hay varias acepciones comunes: democracia sólo es votar, elegir representantes según sus propuestas; la democracia no sólo es votar, sino informarse de la influencia en nuestros votos no sólo para la presidencia, sino también atender a las mayorías en el Poder Legislativo, etc. Las propuesta estándar, agonista y de mercado, representan de manera teórica estas intuiciones que nosotros podemos tener.

Escuchamos que la gente discute de política, y algunos creen que tiene sentido, otros que no. Las teorías que he expuesto, defienden también esas ideas. ¿Cuál es la correcta? Sin duda esto excede el resumen que hago, pero la exposición de las críticas a las posturas descritas en la Parte I nos da la respuesta: si una teoría flaquea en sus supuestos y, además, nos resulta contraintuitiva a la hora de un examen racional, parece que tenemos buenas razones para ver a alguna, si no como correcta, al menos como más plausible.

Hablar de una dimensión epistémica de la democracia (DED) supone al menos dos cosas. Aclarar las palabras nos arrojará luz: con “dimensión epistémica” entendemos que hay una “dimensión”, es decir, una parte de algo que tendrá determinadas características, o una en especial que nos importa. La parte que nos interesa es la “epistémica”, la cual hace referencia a algo que se puede conocer, y que por ello brinda conocimiento. Si hay algo como una dimensión que implica conocimiento –y que se puede conocer-, entonces se sigue que podemos discutir de manera racional respecto al asunto, en este caso, la democracia. Pero, ¿qué hechos o propiedades nos da la democracia, o supone, que podemos juzgar tanto que pueden ser discutidos de manera racional como que nos den conocimiento? Las decisiones políticas. Aquí cabe señalar que, al menos la sugerencia, no se compromete con que haya decisiones verdaderas o falsas, sino que algunas son más razonables a la luz de críticas morales y políticas.

Hablar de la DED tiene como consecuencia decir que hay decisiones políticas más razonables que otras, y la manera de hallarlas es abrir el campo de la discusión racional: si queremos tener una democracia deseable –además de legítima-, expongamos nuestras razones y no sólo decidamos, digamos porque estamos decidiendo como lo hacemos.

Considero que la DED –abrazando un cognoscitivismo político- apoya una de nuestras insatisfacciones frente a la democracia: que no nos parece adecuado que las personas voten por algún partido sólo por tradición, compra del voto o algo similar. Esa insatisfacción viene acompañada de una razón: parece más razonable informarnos, saber cómo funcionan los proyectos políticos que nos muestran, decidir si apoyamos un proyecto que tiene miras de beneficiar sólo a un sector de la población o a varios, etc. Siendo así las pretensiones de la DED, se abre paso a resolver huecos que las otras teorías no hacen: preocuparse por el rastreo de la justicia: no se trata sólo de decidir, sino de justificar y, además, en caso de que la decisión resulte injusta, incluso para la mayoría, pensar en mecanismos para atender la situación.

Una consecuencia de hablar de la DED es que si hay decisiones susceptibles de ser conocidas por el ejercicio racional, tal vez deberían gobernarnos los expertos: ellos sin duda están entrenados en lo racional y conocen de su especialidad de gran manera: ¿deben gobernarnos los expertos? Es más, ¿Quiénes sean legos en política, deben dejar de votar de política y votar sólo los estudiados?


Bibliografía:

Martí, J. Luis, La república deliberativa, una teoría de la democracia, Marcial Pons, Madrid, 2006.


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