La dimensión epistémica de la democracia (Parte I)

Por Miguel Téllez

Explicaré en qué consiste la dimensión epistémica de la democracia. Para lograr tal objetivo, primero expondré cuál es la discusión en la que estamos para hablar de algo como una “dimensión epistémica” en un régimen democrático. Luego, presentaré dos teorías democráticas que toman como fundamento la igualdad política. Haré las respectivas críticas y sabremos, entonces, porqué tiene importancia hablar de una dimensión epistémica. Esto último quedará pendiente para el siguiente escrito.

Discutimos acerca de lo que es justo o injusto: ¿El Estado debe permitir el aborto durante los tres primeros meses de gestación? ¿Se debe ampliar el sistema de salud, o sólo deben ser atendidas enfermedades de las cuales el agente no tiene ninguna responsabilidad? ¿Cómo debemos distribuir la riqueza de un país? Estas son preguntas que intentan ser respondidas en la filosofía política, y también en la vida diaria. Pero, además podemos preguntarnos: ¿Cómo dotamos de legitimidad el proceso que usaremos para determinar una determinada acción política?

Por legitimidad se suele entender el “poder moral que tiene el Estado para hacer uso de la fuerza, en caso de desobediencia a sus órdenes”.¹ Además de la legitimidad, el Estado suele ir acompañado de conceptos como autoridad y justicia. Por autoridad se entiende “el poder moral que tiene el Estado para obligar…”² a los ciudadanos a cumplir con determinadas acciones, por medio de leyes, órdenes, etc., independientemente de si son justas o injustas. Y con justicia se suele entender la postura sustantiva que toma un Estado respecto a qué bienes serán considerados como primarios y cómo se deben repartir.

Si nos preguntamos, cómo dotamos de legitimidad a un proceso, además de suponer que podemos hacer uso de la fuerza en caso de desobediencia, lo que también estamos suponiendo es que se trata de una justificación procesal, sin la cual, no habría acuerdo. Es decir, si tú y yo nos ponemos de acuerdo en algo, tomando como fundamento el mutuo acuerdo, la igualdad formal, etc., se sigue que estamos obligados a cumplir. Si no estamos obligados a cumplir, es porque alguno no acepta algunos de los fundamentos.

La democracia ha sido apoyada como proceso de elección política porque defiende la igualdad. Es decir, la respuesta estándar a cómo dotamos de legitimidad a un proceso que culminará con decisiones políticas, nos señalaría que la justificación descansa en la igualdad de las personas. Imaginemos que tenemos cierto presupuesto que nos ha dado el Estado para mejorar nuestra colonia. Entre las opciones para invertir tal presupuesto están: mejorar la seguridad, crear espacios deportivos, implementar con mejores instalaciones a las escuelas, etc. Sólo tenemos que elegir una opción: ¿Cuál elegimos? La respuesta estándar no se pronunciaría con una respuesta determinada, sino que lo único que nos diría es: mientras todos –o la mayoría- participen en igualdad de circunstancias, su voto valga sólo un voto, entonces el procedimiento es legítimo.

Existen dos teorías democráticas que aceptan la idea de la igualdad: la democracia como mercado y la democracia agonista. Podemos caracterizar la postura agonista de la siguiente manera: 1) acepta una tesis fuerte del relativismo cultural, 2) acepta una tesis escéptica moral-política, 3) se compromete con una tesis acerca de las relaciones de poder y, finalmente 4) entiende la democracia como una especie de jerarquización de intereses.³ Que se acepte la tesis 1) implica que en la sociedad no hay algo como “el bien común”; que se acepte 2) implica que no hay discusión acerca de la justicia que tenga sentido, pues lo político –y lo correcto- no está sujeto a crítica racional; que se afirme una tesis de relaciones de poder quiere decir que hay un conflicto social inherente a toda comunidad y, por tanto, el papel de la democracia es intentar jerarquizar los intereses existentes, de ahí que el agonista acepte la idea de que la democracia sólo sirve para jerarquizar preferencias políticas.

El siguiente modelo es la “democracia como mercado”. La tesis principal de este modelo es privilegiar el voto “como elemento principal de la toma de decisiones democráticas…”. ¿Por qué consideran que el voto es un elemento principal? Porque con el voto se permite a los ciudadanos demandar sus intereses o preferencias, las cuales las instituciones políticas tienen que promover. Además, el voto garantiza la autonomía política de cada ciudadano, pues es una decisión que pertenece al ámbito privado de cada ciudadano el agregar sus preferencias en una urna. Se usa el apellido de democracia como mercado porque los partidos políticos son vendedores de programas político-sociales, mientras que los votantes son “consumidores-compradores”. Pasaré a las críticas.

Las críticas al modelo agonista, para estos fines, son dos. La primera es de tipo conceptual, que implica lo que podemos llamar “la naturaleza de la democracia”. Se nos dice que toda discusión moral-política está condenada al fracaso –puesto que se trata de intereses que no tienen valor epistémico-, y que siempre hay un conflicto social debido a las relaciones de poder. Si las preferencias no tienen valor epistémico y no tiene sentido discutir de política, ¿por qué no dejar las soluciones a un proceso aleatorio? ¿Por qué no decidir con un mero sorteo? En el sorteo también se tomarían en pie de igualdad las preferencias. Podemos decir –a favor de la democracia- que la democracia es sensible ante las preferencias, en lugar de un sorteo. La pregunta que podría hacerse ahora es: ¿Y por qué debemos ser sensibles a las preferencias? Llegados a este punto, se sigue la segunda crítica que podemos plantear: si tampoco tiene sentido ser sensible ante las preferencias, ¿entonces cuál es la importancia de jerarquizar los intereses de las personas?

Las críticas al modelo de la democracia como mercado son similares a la respuesta estándar, por ello no me detendré en ellas.


¹ Linares, Sebastián, Democracia participativa epistémica, Marcial Pons, Madrid, 2017, p.33.

² Idem.

³ Ibid., p.40.


Bibliografía:

Linares, Sebastián, Democracia participativa epistémica, Marcial Pons, Madrid, 2017.

Martí, J. Luis, La república deliberativa, una teoría de la democracia, Marcial Pons, Madrid, 2006.


Imagen: http://www.elmundosiglo21.com/?tag=pensar

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