La desnudez simbólica

Por Fernando Rocha

Si desnudamos al hombre de símbolos, quizá sobreviva. Lo despojaríamos de su invento y lo echaríamos de su universo. El hombre sólo es hombre cuando actúa en su mundo, quizá volvería a su estado animal si sólo subsistiera en el universo físico y quizá sería dios si fuera él mismo su universo de verdad.

La vida humana no es más que una constante semiosis. Si pudiésemos arrancar los significados humanos del mundo físico y representarlos visualmente, quizá el resultado sería un enjambre de fosfenos. Los símbolos son la iluminación de los entes físicos. Por consiguiente, privar al hombre de símbolos, anularlos, invalidarlos, es petrificarlo. El móvil de la humanidad es la certeza de verdad, ella no puede desplazarse sin saberse en un mundo el cual considere verdad, no puede estar en un mundo sin una cosmovisión. Y la cosmovisión no es más que certeza simbólica. Se actúa porque hay verdad en el acto, porque una convicción es la base de esa acción. Un elector vota por cierto candidato porque considera que es verdad que ese candidato es la mejor alternativa para desempeñar cierta función, y si el elector es víctima del clientelismo, vota porque considera como verdad la primacía del bienestar particular (suyo) sobre el general, porque considera como verdad que la democracia es ineficiente, etc. Cualquier motivo para actuar es reflejo de verdad.

Entonces, el hombre sin símbolos es un náufrago entre verdades. O no actúa o sus actos son vaivenes. Es un hombre despojado del legado de la humanidad, “deshominizado”, vuelto quizá un autómata. Un hombre sin símbolos es como un lenguaje sin semántica. Del símbolo deviene la política, la ética, la moral, el amor, la razón, el arte, la historia, la religión, la sociabilidad, cualquier cualidad o facultad que se presuma exclusivamente humana, pues ¿cómo asociarse con el otro para instaurar la paz y la conservación propia si no se comparte la cosmovisión de un mundo que es fatal sin el otro, la cosmovisión que manifieste la peligrosidad del otro si no se le adhiere?, ¿cómo pensar abstractamente si no se es capaz de representar?

Es equívoco decir que quien reconozca las semiosis de su existencia, el fin y motivo de sus acciones, vire ontológicamente al emanciparse de sus símbolos, pues esto es imposible: una emancipación simbólica es auto despojarse de cosmovisiones, es naufragar voluntariamente entre verdades. La emancipación simbólica, además de imposible, es inviable. Pero sí hay posibilidad y viabilidad en un reconocimiento simbólico: que el hombre no se desnude de símbolos sino que sepa que está vestido de ellos, que sepa qué representan sus actos, su existencia. Este reconocimiento no sólo lo responsabiliza de sí sino que lo previene de los demás y lo libera: aquel individuo que reconozca sus símbolos será capaz de recrearlos, de basar sus actos en vez de que estos lo produzcan a él; un reconocimiento simbólico acrecienta la individualidad y facilita la interpretación de sí, del presente y pasado propios.

No obstante, el reconocimiento simbólico no sólo es aplicable a sí mismo, sino también de un individuo a otro, lo que desemboca en un control simbólico: que alguien procure o determine las semiosis de otro para asentarlo en el mundo de su elección y que sus actos sean conforme a sus deseos. Es un poder ejercido por símbolos y un dominio velado por ellos.

Asimismo, si no es posible la emancipación simbólica, sí es posible la invalidación simbólica: que un símbolo, que una cosmovisión, sin dejar de ser, deje de ser verdad. Un símbolo deja de ser verdad cuando la areté de lo representante se vuelve incompatible con el representado, cuando esa areté es irreproducible y, por lo tanto, falsa; la continuidad de esa areté es lo que invalida al símbolo, lo hace falso. Esta invalidación tiende a manifestarse en la aflicción y en la cólera.

Y aquel que se considere emancipado de símbolos, que no desista de su humanidad pues será un falso dios por ningunear cualquier verdad. Y aquel que desee sentir una invalidación simbólica, que rememore el alborozo producido por algo o alguien que en este instante esté ausente.


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