La cultura de la catástrofe

Por Elisa Horta

La semana pasada, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha declarado que al mundo, nuestro planeta y hogar, no le queda más de 11 años antes de que de verdad se consuma del todo. Esto, en relación al cambio climático y la contaminación que asechan constantemente a la tierra desde hace ya varios años. La sobrepoblación y sus demandas materiales han empujado al planeta a acabar consigo mismo, a agotar sus recursos y terminar por herir profundamente a la naturaleza que nos rodea. Ciertamente hemos comenzado a matarnos a nosotros mismos. 

El mundo se está acabando, y no lo digo con afán apocalíptico ni de profeta bíblico; es una realidad. Por fin estamos terminando con todo lo que se nos había dado, aquello que tomamos por garantizado hace años y comenzamos a destruirlo porque no pensamos que de verdad se acabaría. No cuidamos lo que teníamos, lo que había, lo que no nos pertenecía porque mientras nosotros somos temporales el planeta va a seguir en el espacio y en su propia órbita. Sin vida en el futuro, al parecer, pero se va a quedar; mientras nosotros vamos y venimos desmesuradamente. 

La cultura de la catástrofe es la absoluta regidora de este fenómeno en el que creemos que aquello que es tan temporal en realidad podría ser permanente. Pensamos, erróneamente, que no pasa nada si no cuidamos lo que tanto tenemos. El agua, los bosques y selvas, los animales, las personas mismas, nuestros países y naciones, las montañas y sus infinitas minas naturales, los combustibles fósiles y todo aquello que puede ser de beneficio humano al ser convertido en un bien y/o servicio, se nos está acabando por medio del desastre. 

Es cierto que estamos matando lentamente todo lo que constituye nuestra actualidad, nuestra realidad. Poco a poco hemos logrado asesinarnos entre nosotros y lo que nos rodea, el ambiente que compartimos con tantas otras cosas a las que no consideramos realmente porque nos hemos vuelto egoístas. Creemos que el mundo sólo es de los humanos, cuando nosotros no deberíamos tener preferencia ni supremacía sobre ningún otro componente del planeta tierra. 

Mundo solo hay uno y si no se cuida desde un inicio, ¿qué va a ser de nosotros? Toda causa social, toda lucha humana, las guerras y los conflictos, el diálogo y los debates terminarían por ser completamente inútiles si no hay un planeta en donde pelear. Sin un campo de batalla en el que se busque la equidad, la libertad, el bienestar y la justicia, ¿cómo podemos pretender que vale la pena siquiera esta defensiva? 

Porque de cualquier modo, entre nosotros ha desaparecido el respeto, la igualdad, el amor. Nos matamos, nos dividimos, nuestros líderes sólo se benefician de nuestras diferencias, de nuestros miedos, se alimentan lentamente de nuestras necesidades, de las desigualdades y sólo acumulan sus privilegios y beneficios sin usarlos por nuestro bien. No nos representa, sentimos que ya nadie lo hace. Cada vez escuchamos más gritos de ayuda de todas partes del mundo, nuevas necesidades que necesitan respuesta inmediata, llantos de dolor y una persistente indignación contra lo que representa la actualidad. Todo es cada vez más difícil. 

Además, pensamos que está bien volver a ese tiempo en el que las diferencias eran abismales, en el que las brechas eran acantilados entre todos nosotros y las fronteras eran muros mucho más grandes y altos de los que cualquiera podría construir ahora. Decimos que estábamos bien en ese entonces, que todo era mejor, ¿pero cómo es eso posible cuando no podíamos ni siquiera hablar de lo que estaba sucediendo en realidad sin ser silenciados inmediatamente? Y si, puede que se haya hecho algo de progreso pero no hemos acabado con todo lo que tenemos que hacer. No estamos ni remotamente cerca de la meta final.

Y con un mundo que se cae a pedazos, ¿qué tan lejos podríamos llegar? 

La modernidad nos ha fallado, y nosotros al mundo. Nos estamos comiendo a muerte y poco a poco terminaremos por acabar con todo. La cultura de la catástrofe es el asesinato de nosotros mismos por medio del exterminio de nuestro mundo. 

Se trata de una inexacta ciencia de dolor y furia, una que va a acabar con todo y con todos porque no conocemos los límites. Nadie nunca nos ha educados sobre esto y comenzamos a pagar por ello. Estamos completamente perdidos ante una cultura de odio, deshecho, ignorancia y violencia. Una que hemos adaptado y adoptado por medio de nuestra propia necesidad de buscar una solución inmediata, aunque ineficaz, a nuestros más grandes problemas. 

Y lo peor de todo es que ya intentamos cambiarlo, queremos solucionarlo, nos hemos dado cuenta de todo lo que está sucediendo y queremos ser mejores, buscamos hacer el bien. Pensamos que tenemos tiempo, que aún no es el fin, que todavía no es demasiado tarde. Pero, ¿de verdad tenemos oportunidad? A ese paso, ante esta innegable, absoluta y dolorosa realidad, ya sería un completo milagro que lo lográramos. 


Imagen: L’ultimo giorno di Pompei de Karl Briulov (1833)

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