La cultura como arma en un país en guerra

Por Ana Elvira Quiñones

“Transmitid la cultura a todo el mundo, sin distinción de razas ni de categorías.”

Confucio

 

Cultura. Una palabra que sin duda hemos escuchado innumerables veces, ya sea en las clases de historia al estudiar las “Culturas prehispánicas”, o en la clase de ética al intentar comprender lo que significa la tan mencionada “Cultura de la legalidad”; y en un sentido diferente la habremos oído de los labios de alguien para referirse a otra persona como “alguien con mucha cultura” y es ahí tal vez cuando el concepto de la palabra nos puede parecer intimidante.

Probablemente se debe a que asociamos su significado con algo inalcanzable. Pensamos que una persona culta es alguien con suficiente dinero para tener una extensa biblioteca propia, o alguien con suficiente tiempo como para dedicarlo al estudio –por placer– de algún tema de interés. Lo cierto es que, en nuestros días, la cultura debe ser considerado como algo asequible para todos.

Es verdad que nuestra vida puede parecernos ajetreada entre el tumulto de la ciudad, los deberes escolares/laborales y en añadidura nuestras relaciones personales. Pero si lo analizamos, considero que algunas veces utilizamos de manera fútil nuestro tiempo, viendo las mismas películas vacuas y comerciales que transmiten en la televisión y que, sin duda ya hemos visto un sinnúmero de veces; o revisando frecuentemente nuestras redes sociales, aunque no estemos esperando respuesta de algo o alguien importante. Asimismo, la cuestión económica no debe ser un obstáculo pues como todos sabemos, existen los libros electrónicos e incontables páginas web en donde se abordan temas culturales.

De igual manera, existen editoriales cuyos precios son accesibles y librerías en la ciudad donde puedes encontrar libros de segunda mano esperando por otra oportunidad.

Sin embargo, también es verdad que a algunos puede parecerles aburrido y tedioso tomar un libro y leerlo en el poco tiempo que pudiesen tener libre, o ver alguna película considerada cine de culto en lugar de ver alguna comedia comercial, o cambiar al menos por mes una noche de fiesta para asistir a un concierto u obra de teatro.

Y esto se debe a que desde nuestra educación básica no se promueve como debiera el hábito de la lectura o la apreciación del arte y la cultura en general. Porque es un hecho que entregando la versión abreviada de El Periquillo Sarniento de Fernández de Lizardi a niños de entre 8 y 10 años (las personas de mi generación son testigos de ello) no causará ningún impacto positivo –si de forjar el hábito se trata– pues en lugar de ello, desde esa edad los niños se crearán la idea de que leer es un acto tedioso por no comprender la riqueza del lenguaje que en la mencionada obra se utiliza.

Asimismo, al llegar a la secundaria y preparatoria, las clases de español y literatura pueden seguir pareciendo hastiosos para algunos al analizar fragmentos de obras cuyo lenguaje resulta complejo por ser mitos griegos o leyendas de la época medieval, memorizar nombres de autores y fechas de publicación de libros que tampoco resultan atractivos por el simple hecho de que no los conocemos o por el amargo sabor que nos quedó después de leer de manera inconclusa Los Cantares del Mío Cid o algunos actos de La Celestina.

Resulta lógico que para un niño o adolescente no sea llamativo leer las obras mencionadas por la complejidad y los temas que abordan, y nos hacemos a la idea de que toda la literatura es aburrida sin haber conocido otros títulos más atractivos como: relatos sobre gatos negros, cuervos ominosos o chimpancés salvajes de Edgar Allan Poe; los viajes espaciales y aventuras de Julio Verne; la historia de una niña en proceso de ser adolescente que vivió el miedo de ser atrapada y descubierta por los nazis como lo fue Ana Frank; o los cuentos didácticos de Oscar Wilde tales como El cumpleaños de una Infanta, El gigante egoísta o El príncipe feliz, que sin duda, pueden hacer que se te escape alguna lágrima aunque ya no seas tan niño.

Pero además del hecho de que no se nos forja el hábito de la lectura desde pequeños, existen otros obstáculos que imposibilitan la culturización de nuestro país. Uno de ellos –considero yo– es que en algunas instituciones educativas se le da prioridad a las actividades deportivas por encima de las culturales o artísticas. No está mal que se fomenten los deportes y apoyen a las personas que los practican, pero de igual manera debería promoverse en las escuelas la práctica de algún ejercicio cultural y el financiamiento para ello.

En un país en guerra contra el país mismo, como lo es México, la cultura es nuestra única arma. Y con guerra me refiero a la que enfrentamos diariamente en contra de la discriminación, la intolerancia, la injusticia y la ignorancia. Resulta absurdo conformarnos con la explicación que los demás nos den, cuando nosotros mismos tenemos un mundo de información y medio de expresión al cual todos podemos acudir y que siempre estará abierto para cualquiera que desee acercarse a él.

“Entre más se sabe, más se es libre” dijo alguna vez un gran sabio, pues se es más libre de prejuicios, libre de ser tú mismo, libre de expresarte sin miedo, libre de las cadenas de la estulticia, libre de romper con lo establecido por la sociedad… Se es más libre de vivir.

 


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