La cultura agonizante

Por Mauricio Rodríguez  

 

“No hay nada seguro en la vida de una persona excepto esto: que debe perderla”. Esquilo

La vida y la muerte son hoy aún una dicotomía indisoluble, por lo cual, a través de la historia de la humanidad, ésta se ha plantado en dos ámbitos: el esotérico y el exotérico; lo cual significa que la visión humanista actual se contrapone a las viejas creencias que, desde hace más de 4000 años, tenía la humanidad; siendo así que hoy en día, las tradiciones y costumbres alrededor del mundo denotan que la muerte tiene tantos matices como la vida misma, así también, es destacable la incógnita que al ser humano siempre le ha aquejado, que es el velo pre-mortem y post-mortem.

Ahondando en ello, Ray Bradbury, escritor de “Fahrenheit 451”, en su obra “El árbol de las brujas” nos muestra las tradiciones acerca del día de todos los santos a través de los tiempos. Así esta historia se narra en sincronía, y por lo tanto, comienza en el antiguo Egipto, ya que en éste, la interpretación del mito de Osiris es un referente a la estación del otoño, pues su sacrificio en ésta da paso al invierno, lo cual genera incertidumbre sobre el renacimiento de Osiris y así mismo del sol.

Por consiguiente, las fiestas que siguen son, la fiesta de las vasijas en la antigua Grecia, la cual consiste en poner comida en los templos para guardar ofrenda a los muertos. De igual manera en Roma, Italia, se celebraba colocando comida sobre las tumbas en los cementerios, pero había fiestas o cultos más profundos que sólo servir comida, los cuales yacen en las viejas congregaciones druidas de la vieja Escocia, pues la tradición Celta denota esta fiesta con el nombre del Dios druida de los muertos, Samhein, el mito sobre éste consiste en que cada época de otoño, el Dios levanta a las almas pecadoras para convertirlas en animales y posteriormente, sacrificarlas para purificarlas.

Con la llegada del cristianismo estas fechas cobraron un sentido más que nada diabólico, pues las viejas tradiciones aludían a Dioses paganos; por lo cual, todas éstas fueron castigadas y perseguidas, lo que da nombre a la conocida “Noche de brujas” pues ésta se basa en la quema de brujas para ahuyentar su poder y expandir el cristianismo.

Si bien, a través de la historia, estas tradiciones han tenido una vasta transformación, como lo fue en la Francia medieval con la creación de Notre Dame, que denotaba un aspecto de protección contra monstruos y demonios, dando origen al arte gótico; o como lo fue en México, un día de celebración en donde las personas visitan a sus difuntos en los cementerios para comer con ellos.

Pero bien, como denota Bradbury en este corto relato, las viejas tradiciones están en declive, pues retornando al punto de partida de esta historia, es decir, en Illinois, se observa una clara diferencia, dado que en la actualidad esta fiesta no es para los muertos sino para los grandes comercios de golosinas, y por supuesto, para los dentistas posteriormente. Y tal vez aunque parece que hemos separado esos penosos símbolos del oscurantismo con nuestro constante siglo de las luces, la realidad es que asesinamos símbolos para imponer otros, y la razón, o la supuesta razón, que seguimos hoy en día, nos hace pensar que somos mejores que nuestros antepasados, pero realmente, aunque la apariencia de la humanidad ha cambiado, ésta persiste en el fondo, pues todo ser humano requiere esperanza.

Por lo cual, este último aspecto es de suma importancia, retomar esas bellas tradiciones traería hoy algo que parece perecer, los valores, pues el respeto a los muertos y el valor comunitario de esas creencias empoderaban a los viejos pueblos, no solamente con una cuestión simbólica, sino más bien, los consolidaba como comuna y hoy en día parece ser lo que hace falta, un mundo con un sentimiento oceánico que tienda a unificarnos como humanidad. Tiempos oscuros, tal vez en el pasado fueron, pero hoy en plena luz, parecemos enceguecidos.

Y es preocupante pensar lo que le pase a la humanidad, pues cuando las personas de este siglo mueran, quiénes y qué relatarán sobre nosotros, qué le dejamos al mundo si ya no hay tradiciones, qué obsequiamos a los muertos sino olvido y un descarado desprecio por pertenecer al pasado, para qué sirve la muerte entonces sino para ser inmortales, qué inmortalizamos nosotros si todo parece estar hecho; y sin embargo, tan vacíos nos sentimos, no será ya que estamos muertos en vida, pues ese tal vez sea nuestro legado, una legión de seres que mueren sin saber qué es vida.

Finalmente, la importancia de estas fiestas no está en los dulces, ni los alimentos que servimos a los muertos, sino en esa palabra fundamental que parece agonizar con el paso del otoño, que es la cultura heterogénea de la humanidad.


Imagen: https://mariabango.wordpress.com/2015/10/06/el-arbol-de-las-brujas-galeria-de-imagenes/

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