La Ciudad como archivo de la historia

Por Aarón Rojas

Caminar por la Ciudad, cualquiera que ésta sea, es siempre emocionante y enigmático. Uno puede encontrarse mientras se pierde divagando entre las callejuelas cercanas a una gran avenida de relevante importancia. O imaginarse héroe al encumbrar algún fantástico mirador. Las ciudades, sobre todo aquellas que son más grandes o que guardan en sus paredes el recuerdo de grandes hazañas, siempre habrán de ser el lugar de grandes exploraciones, de grandes recuerdos o de grandes aventuras.

En una ciudad, a diferencia de un pueblo o un barrio, encontramos un cúmulo interminable de personalidades, de aspectos y de pensamientos diversos que hacen de ella una sede idónea para la colectividad, donde todos encontramos cobijo pudiéndonos mostrar al mundo tal cual somos, sin miedo a las miradas airosas o desaprobatorias. Logramos hacer de ella un símbolo que se transforma junto con nosotros mismos.

Mientras una ciudad es más importante, las trasformaciones en ella se hacen cada vez más cotidianas, hasta el punto en que no es la misma cada día, ni siquiera a cada hora, pues no se vive de igual manera. Cada quien vive la Ciudad y su movilidad constante de una manera diferente.

La Ciudad debe aprender a adaptarse a las necesidades que se le exigen, pero tampoco puede perder de vista su esencia, esa que hace de ella una joya única de entre tantas.

Uno de los problemas que enfrentan las ciudades, es la heterogeneidad de la que padecen cada vez, pues amén del progreso se han ido transformando tanto las ciudades, a tal punto, que sepultan muy dentro aquello que las hacía únicas; llegando al grado donde es imposible identificar a una ciudad de otra.

La única forma de saber qué ciudad estamos viendo es si ésta cuenta con un edificio simbólico que sepa distinguirse de entre el montón. De otra forma resulta imposible.

Pero, cuando se sabe combinar progreso con identidad, nace de entre tanto estrépito una nueva forma de vivir y convivir, esa mancha urbana deja de ser una entre tantas otras para dar paso a “La Ciudad“. Es allí donde uno puede darse cuenta de que el progreso no ha quedado atrás, pero también pueden hallarse los recuerdos solidificados de un pasado que tiene mucho que enseñarnos.

Es así como una simple ciudad da pie al archivo de mayor accesibilidad que se conoce, pues ella misma puede hablar sobre aquello que aconteció en sí misma. Y vamos ¡quién mejor que ella para hablarlo!

Esta ciudad, tiene un origen y un destino, ambos vistos con la misma claridad, ambos perceptibles desde el presente con un dejo de asombro interminable, con una sorpresa que se hace presente a cada minuto del día.

Esta fusión ha de causarnos extrañeza, pues no estamos acostumbrados a vivir entre dos épocas. Nos han enseñado, en cambio, que lo nuevo llega para reemplazar lo viejo, olvidando que éste último retomó ejemplos pretéritos que se perfeccionaron hasta convertirse en novedades excepcionales.

La Ciudad se convierte también en un punto de encuentro, donde históricamente han acontecido los más grandes sucesos, es en sí misma un punto de referencia donde la revolución está siempre a la mano. Ha sido en la Ciudad y en sus puntos más emblemáticos, donde se han escuchado las voces de sociedades cansadas y ansiosas de cambio.

Pero también donde han subió al poder grandes personalidades. En estas metrópolis surgieron las grandes mentalidades que cambiaron al mundo, que demostraron la redondez del orbe, la relatividad de la materia o encontraron la solución a problemáticas nucleares.

Es así como encontramos vida en el asfalto, hacemos surgir verdor en lo grisáceo. Y solo notamos esto cuando nos alejamos de la monótona caminata apresurada y tomamos un respiro, observando con ello la magnificencia de nuestras ciudades; claro esto es sencillo cuando se conocen los lugares más frecuentados de cada urbe, porque saben, todas tienen inevitablemente lo que Le Breton llama en su Caminar: Un elogio, “Polos magnéticos”. Estos polos llaman a todo el mundo, quizá nosotros mismos los frecuentamos, sabiendo sin saber, que son éstos los lugares idóneos para el encuentro de la diversidad.

Podemos entender a la Ciudad de la manera que mejor nos parezca, y esto es lo más bello de todo. No tenemos porqué medirnos, pues la ciudad no conoce límites. Es cierto que cada una cuenta con sus propias fronteras urbanas, pero aquella que se jacta de ser Ciudad, así con mayúscula, no ha de tenerlas.

¡Vamos!, quien no ha visto New York o London o Paris o la Ciudad de México. Conociéndola sin nunca antes haber estado allí, todos sabes la ubicación del Empire State, la London Eye, la Tour Eiffel o del “Ángel” que corona la columna más importante de la América Latina. Todo mundo sabe de esas señoras Ciudades, que han sabido trascender sus fronteras y por tanto sus interpretaciones cotidianas.

Es por ello que, la Ciudad, es el perfecto lugar para situar un archivo histórico, el más accesible, el más grande, el más completo de todos. Ella misma. Cambia como cambian sus habitantes, sus tiempos y esto, nos permite estudiarla de diferente manera. Muchos han sucumbido ante la necesidad de explorarle en persona.

Abonando de esta manera el material necesario para poder hacer de ella una joya interpretativa.

Así pues, invito a todos a salir y explorar su ciudad, a perderse para encontrarse dentro de ella misma. Pues la única forma de vivir y conocer una ciudad es andando en ella.

Convirtámonos también en grandes investigadores de nuestra Ciudad, para así, darnos cuenta de que aún tenemos mucho con que asombrarnos.


Imagen: http://www.lajornadadeoriente.com.mx/wp-content/uploads/2016/01/DF-panoramica.jpg

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