La banalización de nuestro tiempo

Por Brandon Ramírez en colaboración con Sofía Ramírez Martínez

En esta época tendemos a tornar en superfluas, caricaturescas y adaptadas a memes muchísimas situaciones, aunque tengan un trasfondo preocupante y que es necesario denunciar y combatir (en buena parte producto del enorme caudal de conversación y vínculos que nos han permitido construir las redes virtuales actuales). Este tipo de adaptaciones de la realidad siempre han sido usadas para hacer más asequible o comprensibles situaciones de las vidas nacionales, como buscan reflejar desde hace décadas los cartones políticos, pero quién sabe si estamos llegando a un punto en que tanta superficialidad erosiona el espíritu de denuncia y reivindicación que debería subyacer.

En este sentido, pensamos en las luchas reivindicativas que se mantienen latentes en nuestro tiempo. Puede que ya no existan ideologías tan consolidadas y con suficiente peso que amalgamen una visión del mundo, como las que se mantenían durante buena parte del siglo XX y construyó incluso dos grandes bloques de países y configuraban el tablero de las relaciones internacionales, pero siguen existiendo movimientos con un ideario más bien reivindicativo que es importante comprender en sus dimensiones de denuncia de lo que hemos hecho más como proyecto civilizatorio.

En muchos países los partidos y liderazgos de izquierda (que tienden a ser aquellos que ponen énfasis en la lucha política por las reivindicaciones) buscan ser caricaturizados y en general siempre se usa el símil con la figura de Hugo Chávez, no sólo aquí, quitando seriedad a las denuncias que abanderan para muchos ciudadanos. La superficialidad con que nuestro mundo trata muchas de luchas o movilizaciones también genera radicalismos que dan sentido a la imagen con que se ridiculizan, que muchas veces también desconocen la lucha que subyace o el discurso en el trasfondo.

Se tiende a convertir en mofa el ambientalismo, o el veganismo, como radicalismos sin sustento empírico, un estilo de vida sinsentido y señalar al grueso de quienes convergen en ellos como reaccionarios y, más coloquialmente, gente pesada que no pierde oportunidad en recurrir a la jactancia y critica a quienes no comparten su postura. Sin embargo, eso es un estereotipo que, como todos, no aplica a todas las personas y, segundo, el enfocarse en ello hace pasar inadvertido el discurso de trasfondo que es la crítica a nuestro estilo de vida, como especie, de explotación del mundo en el que vivimos sin reparo, ya sea a las especies vegetales que provocan deforestación, la contaminación que acarrea serios efectos en el clima y normalidad de la temperatura del planeta, o la industria del asesinato animal, que son criados específicamente para ser asesinados sin importar sus condiciones de vida.

Otro tema podría ser el del feminismo. Puede que a muchas personas a quienes se le mencione el término feminismo tienda inmediatamente a pensar nuevamente en radicalismos, y se viene a la mente una pérdida del sentido original de la lucha feminista creando en el imaginario un discurso de superioridad de un sexo sobre otro, dejando pasar de largo lo que originó esta lucha en primer lugar. También parte de esa superficialidad con que se trata muchas luchas contemporáneas ocasiona que se obvie el hecho de que el feminismo no es un movimiento unificado, sino que hay muchos feminismos, o el hecho de que no es una preocupación que sólo atañe a las mujeres, sino también a los hombres. Eso es grave porque, si lo pensamos bien, simplemente los derechos políticos de las mujeres tienen relativamente poco tiempo, y aunque muchos ridiculizan o no se toman en serio la denuncia de que muchas de nuestras instituciones son machistas, esto no deja de ser cierto hoy día.

Basta con pensar que cuando decimos ser humano, la imagen que a casi todos viene a la mente es la de un hombre (y se usa la misma palabra hombre muchas veces para hablar de nuestra especie). La representación gráfica clásica de la evolución humana es representada con un hombre; sigue siendo una realidad demostrada que las mujeres ganan menos por hacer el mismo trabajo que un hombre, y que estos tienden a ocupar los espacios de dirección o jerárquicamente más altos sólo por su sexo, algo ridículo.

Nuestras instituciones políticas se construyeron y ocuparon en su enorme mayoría por y para hombres, y aunque está claro que se abren cada vez más espacios para las mujeres también está claro que aún hay una clara desigualdad. El machismo (y este término es descriptivo, no usado peyorativamente) sobre el que hemos construido nuestras civilizaciones también afecta negativamente a los hombres, ya que estereotípicamente carga de atribuciones muchas veces que sobrepasan las capacidades reales, censurando expresarse en algunos sentidos típicamente femeninos, perdiendo la custodia de los hijos por el rol de género que se atribuye a unos y otros.

En ese sentido, el feminismo debería ser una lucha de todos, para generar cambios que tiendan más a la igualdad. Siendo que las leyes se crean en los Congresos, que mucho cambio para generar este mayor equilibrio pasa por reformas, y que en su mayoría estos espacios son ocupados por más hombres que mujeres, por esta desigualdad de ocupación del espacio público que tiene milenios, es importante que más hombres y mujeres ridiculicen menos esta reivindicación y se sigan dando pasos para combatirlo.

Esto último claramente ha ocurrido en las últimas décadas, pero la banalización a la que hemos aludido previamente puede hacer parecer que la denuncia de la desigualdad de sexos ha perdido vigencia y es una necedad, cosa claramente lejos de la realidad. Lo mismo con otras luchas y movimientos.


Imagen: https://ibisvaldes.com/2016/05/26/cultura-e-identidad-en-la-era-digital/

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