La autopropiedad vista desde el materialismo filosófico (Parte II)

Por Dante Noguez

Consideraciones ontológicas

Desde las coordenadas del materialismo filosófico, y considerando lo dicho en las secciones anteriores, podríamos analizar el concepto jurídico de «autopropiedad» ontológicamente, ayudándonos de la doctrina de los tres géneros de materialidad.

Recordemos primero que en la conferencia antes citada, Gustavo Bueno advierte que hablar de «autopropiedad» es suponer un alma que posee al cuerpo. Desarrollemos dicha tesis: para un materialista, la personalidad humana se da en intersección, entrecruzamiento o symploké de los tres géneros de materialidad, y no, como el concepto de autopropiedad supondría, en uno solo (M2). La autopropiedad supondría una esencia —un alma— ontológica independiente en la que la personalidad se da; supondría, por ejemplo, que la identidad personal se da independientemente del sistema nervioso, de las leyes físicas o del cerebro (M1), e incluso sin intervención de un espacio tridimensional, de relaciones de distancia, leyes bioquímicas, &c. (M3) que puedan ayudarla a constituirse. Supondría, en ese sentido, un formalismo unigenérico.

La autopropiedad, en ese orden de ideas, implicaría hablar de una esencia (M2) que se constituye aisladamente y es depositaria de recuerdos, pensamientos, sentimientos, &c., y que dispone de un cuerpo (M1) como dispondría de una marioneta o de un robot, es decir, para exteriorizar o manifestar con gestos, con movimientos o palabras lo que ya en su alma había concebido. Hablar de la propiedad del propio cuerpo supone separar ontológicamente M2 de M1 y M3, es establecer un corte ontológico, es sostener: «Yo, M2 (decir que soy M2 es hablar de una entidad psicológica abstracta que se da independiente del Mundo), soy propietario de este cuerpo M1 que controlo gracias a conexiones ontológicas misteriosas, pues soy una entidad espiritual que, separada de todo cuerpo, aun así es capaz de incidir en objetos corpóreos». (Esta manifestación de espíritus en cuerpos corpóreos es uno de los problemas que Isabel de Bohemia le planteaba a Descartes).

En el materialismo no podríamos hablar de materialidades psicológicas (sentimientos, dolor de muelas, pensamientos, etc.) sin hablar del sistema nervioso o de las circunstancias corpóreas que provocaron dichas manifestaciones M2. En ese sentido, M2 y M1 son interdependientes, son imposibles el uno sin el otro; la personalidad existe solo gracias a que «atraviesa» ambas materialidades. La autopropiedad sugeriría que el cuerpo (M1) es un bien mueble (una suerte de saco o armadura que colocamos a nuestra alma) del que gozamos y disponemos como haríamos con cualquier otro bien, pero, particularmente, que nos sirve para manifestar con lágrimas o con cejas fruncidas el dolor de nuestra alma (M2), o que nos sirve —gracias a los brazos, ojos y piernas de que dispone— para tomar la Biblia y lograr, al leerla, nuestra anhelada unión —estrictamente espiritual, es decir, M2— con Dios.

Hacia una teoría jurídica materialista

Un materialista, como ya se dijo, sostiene que la personalidad humana no es ontológicamente unigenérica, sino dada en symploké: supondría entonces contenidos constituidos en materialidades M1, M2 y M3, id est, fenómenos psicológicos, culturales, sociales, familiares, raciales, políticos, corpóreos (sistema nervioso, cerebro, mundo entorno), leyes biológicas, químicas, físicas, relaciones morales, de distancia, espacios tridimensionales, &c. que determinan, hacen posible y constituyen a la persona. En ese sentido, el concepto de autopropiedad no tendría cabida en una teoría jurídica materialista que sí que disocia los tres géneros de materialidad, pero que no los separa (ni los reduce unos a otros).

Una teoría jurídica materialista, es decir, una teoría que considere la ontología materialista para discriminar conceptos tales como el que estamos tratando, plantearía, además de dichas objeciones ontológicas, reducciones al absurdo de carácter jurídico tales como: ¿con quién se celebra el contrato de autopropiedad? ¿Lo celebra el alma con el cuerpo? ¿Hay un vendedor de cuerpos en el Zodíaco? ¿El alma, durante su descenso desde la esfera fija (aplanḗs), se apropia de él en una comercializadora de cuerpos ubicada en la esfera de Saturno? ¿Será que, tras pasar un tiempo determinado habitándolo, acude a los juzgados civiles y promueve la usucapión para que le reconozcan la propiedad? ¿Se tratará de un contrato de donación en virtud del cual Dios dona un cuerpo al alma?

Pero, además de esto, la autopropiedad también supondría que los cuerpos humanos vivos son apropiables (es decir, que se pueden vender, arrendar o donar) y eso significaría, inevitablemente, regresar a los regímenes esclavistas. Pero no solo eso, sino que, en virtud de la caracterización ontológica que le dimos, supondría que un alma puede poner a la venta su cuerpo y, cuando otra alma decida adquirirlo, esta alma (la vendedora) se quedaría «flotando» en el mundo sin cuerpo alguno, navegando por los aires o regresando al Éter inicial. Se trata, sin duda alguna, de concepciones metafísicas. Es por estas precisiones que debemos decir, con Bueno, «yo soy mi cuerpo» (porque, insistimos, yo no soy solo un alma abstracta M2, sino una entidad dada en los tres géneros de materialidad y, por tanto, irreductible a cualquiera de ellos), que no «yo soy propietario de mi cuerpo».

Casi no hemos tocado el fundamento iusnaturalista de esta idea de autopropiedad, pero en resumidas cuentas, diríamos que el iusnaturalismo es una doctrina metafísica e injustificable desde nuestras coordenadas. Una teoría política materialista necesita insoslayablemente del Estado para el reconocimiento de los derechos de los gobernados. Si se consigna un iusnaturalismo, necesariamente se prescinde, por ejemplo, de un Poder Judicial ante el cual acudir cuando se violan los derechos de una persona y, en su lugar, se acude a Dios, al karma, o a cualquier otra extraña entidad metafísica que se suponga tutele y proteja los «derechos naturales del Hombre».

En resumen, ni aceptamos el aislamiento ontológico que se hace de M2, ni aceptamos la predicación del concepto de propiedad sobre cuerpos humanos vivos (los muertos son otro caso, pues pueden donarse a las Facultades de Medicina, por poner un caso), ni aceptamos el iusnaturalismo y, por tanto, no aceptamos de ninguna manera la autopropiedad.


Fuentes de referencia:

Gustavo Bueno, Ensayos materialistas, Taurus, Madrid 1972, 473 págs.

Gustavo Bueno, El sentido de la vida, Pentalfa, Oviedo 1996, 435 págs.

Gustavo Bueno, El Ego trascendental, Pentalfa, Oviedo 2016, 348 págs.


Imagen: Gustavo Bueno. Obtenida de: https://www.gettyimages.es/fotos/gustavo-bueno?sort=mostpopular&mediatype=photography&phrase=gustavo%20bueno.

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