La autopropiedad vista desde el materialismo filosófico (Parte I)

Por Dante Noguez

Consideraciones preliminares

Para tratar la autopropiedad, me basaré principalmente en lo que Locke y los libertarios sostienen. Locke, en la sección 44 del Segundo tratado sobre el gobierno civil, advierte que el hombre, por ser propietario de sí mismo, tiene en sí el fundamento del derecho de propiedad. Cuando el hombre se vale de instrumentos, de materia prima o de terrenos para trabajar, está en virtud de su trabajo arrogándose el título jurídico y legítimo de propiedad sobre los mismos (y sobre lo que va construyendo o produciendo). Esto es así básicamente porque lo que Dios quiere para el hombre es su preservación, y por esa misma razón le otorga los medios necesarios para que la consiga (Primer tratado del gobierno, sección 86). La libertad del hombre —derivada de su autopropiedad— lo hace responsable entonces de buscar los medios idóneos para su propia subsistencia. Las ideas de Locke sobre la autopropiedad permiten a una persona la libertad de mezclar su trabajo con los recursos naturales (originalmente propiedad común, en virtud del iusnaturalismo —según Locke [Segundo tratado sobre el gobierno civil, sección 45]—, es decir, en virtud de que así es la voluntad de Dios, pues hizo la Tierra para que pertenezca a la Humanidad [Salmos CXV, 16]), haciéndolos su propiedad privada. Locke concluye que la gente necesita la capacidad de proteger los recursos que usa para vivir (la propiedad), y que esto es un derecho natural.

El desarrollo libertario que tal idea ha tenido presenta a la autopropiedad[1] como un derecho de control total que los «agentes» tienen sobre sí mismos, de la misma manera en que podrían tenerlo sobre objetos inanimados. Esta autopropiedad consistiría principalmente de cinco elementos: i) derechos de uso de la entidad, es decir, la libertad de usar el bien y prohibir a los demás usarlo; ii) derecho de compensación si alguien usa el bien sin permiso; iii) enforcement rights, es decir, la capacidad de actuar para restringir a otra persona de violar el derecho de autopropiedad; iv) derecho de transferencia, es decir, que exista la capacidad de transferir dicho derecho a través de la venta, el préstamo, la donación, &c.; y v) la inmunidad a la pérdida no consensual del derecho de autopropiedad.

Consideraciones conceptuales

El tratamiento que Locke y los libertarios hacen del concepto de «propiedad» precisa unos matices. Para urdir estos matices, me ayudaré principalmente de la legislación mexicana (Código Civil Federal, Libro segundo) y del Derecho romano[2].

En rigor, la propiedad no está tratada con precisión en el Derecho romano, pero sí que podemos hablar con certeza de los derechos reales. Los derechos reales (del latín res), es decir, sobre las cosas, son oponibles a cualquier tercero y facultan a su titular para sacar provecho de una cosa. Estas cosas pueden ser tangibles o intangibles y necesariamente deben estar dentro del comercio (art. 747 del CCF: «Pueden ser objeto de apropiación todas las cosas que no estén excluidas del comercio»). Los objetos o cosas que están fuera del comercio se consideran así ya sea por su naturaleza o por disposición de ley (art. 748).

También en el Derecho romano existían objetos fuera del comercio: las res communis omnium (cosas que son de todos, como por ejemplo el oxígeno, el mar, &c.); las res publicae (las cosas públicas, como puede serlo una carretera); y las res universitatum (las cosas que están a disposición de organismos públicos). En realidad, los romanos fundamentaban estas tres prohibiciones en el derecho natural (e incluso había otras de derecho divino), pero nosotros no podemos de ninguna manera sostener esa tesis[3]. A día de hoy, aunque, como es natural, también en este ámbito queden rescoldos del Derecho romano, la doctrina jurídica elabora esas prohibiciones a partir principalmente de dos consideraciones (art. 749): «Están fuera del comercio por su naturaleza las que no pueden ser poseídas por algún individuo exclusivamente, y por disposición de la ley, las que ella declara irreductibles a propiedad particular». De una interpretación de este numeral podemos decir, por ejemplo, que la Galaxia de Andrómeda (o el Atlántico, o el estado de Michoacán, o el teorema de Tales) no puede apropiársela un individuo, ni tampoco bienes de dominio público, como pueda serlo un puente o una carretera, pero tampoco podrá serlo, por poner un caso, un kilogramo de cocaína, en tanto que las disposiciones legales no reconocerían la legitimidad del contrato de compraventa que celebre la apropiación de dicho narcótico.

Así, cuando Gustavo Bueno[4] establecía que la propiedad se restringía a objetos externos, esa sentencia —en su calidad de definición lisológica— precisa los matices aquí planteados. Existen objetos, como quedó demostrado, que no son apropiables y aun así son «externos». Lo que cabría preguntarse es si existen objetos «internos» que pueden ser apropiables.

Un riñón, por ejemplo, es perfectamente apropiable —a través de un contrato de donación— por una persona que, evidentemente, no es el donador. El riñón, en ese sentido, es un órgano «interno» al cuerpo del donador y, por tanto, no parece muy precisa la distinción que Bueno elabora. Podría, sin duda alguna, argumentarse ad hominem y decirse que el riñón, en tanto órgano apropiable, solo adquiere tal calidad cuando se «extrae» del cuerpo y, desde luego, se «externaliza». Podríamos seguir con objeciones casi puramente erísticas, pero sería mejor concluir que definir a la propiedad en virtud de esa distinción no es muy fructífero y, además, no responde a la tradición doctrinaria.

En ese sentido, el Derecho romano define a la propiedad con una breve fórmula, a saber, «ius utendi, fruendi, abutendi», es decir, derecho de utilizar, aprovechar y disponer. El CCF, en su artículo 830, todavía deja ver visos de aquella fórmula: «El propietario de una cosa puede gozar y disponer de ella con las limitaciones y modalidades que fijen las leyes». El uso, goce, disfrute y disposición de las cosas son conceptos que hacen que se configuren diferentes modalidades de la posesión (art. 791 del CFF), como puedan serlo el usufructo, el arrendamiento, el depósito, &c. No entraremos a esas modulaciones, pero sí que podemos decir que «gozar» y «disponer» de una cosa implica hacer uso de ella a voluntad propia, utilizarla, aprovecharla (y aprovechar también los frutos que pueda dar), venderla, donarla, hipotecarla, satisfacer las necesidades propias con ella, allegarse de fondos con ella y, en fin, hacer con ella lo que sea que no transgreda las disposiciones legales. La propiedad puede ser plena, que es cuando se goza y dispone del bien; pero también nuda, que es cuando no se goza del bien, caso que se configura, por ejemplo, cuando el bien se renta a otra persona para que goce y disfrute de él, sin por ello adquirir la propiedad del mismo.

Cuando hablábamos de bienes tangibles e intangibles, estos últimos no referirán de ninguna manera a bienes «espirituales», como podría interpretar alguien que quiere vender su alma a Satanás y, por tanto, celebra un contrato de compraventa para que aquel demonio se apropie de la misma. Por bienes intangibles entendemos, por ejemplo, derechos sobre patentes, marcas, créditos, &c. Una persona no puede tocar ni oler la marca Apple, pero, aun así, dicha marca es una identificación comercial (una cosa) apropiable cuyo valor es de 170,000 millones de dólares, por mucho de «ficción legal» que tenga. Y, por otra parte, los bienes tangibles están divididos en muebles (y, dentro de estos, los semovientes [art. 753]) e inmuebles.

(Consideremos que cuando Nozick [Anarquía, Estado y utopía, II, 7, i: Redistribución y derechos de propiedad], otro libertario que habla de autopropiedad, se queja de que los patrones son copropietarios de las personas, pues se les otorga un derecho de propiedad tal que pueden tener control y poder de decisión parcial sobre nosotros, está completamente equivocado. En primer lugar, porque pide el principio, pues ya va de supuesto que exista la autopropiedad; en segundo lugar, porque ese control parcial no coincide de ninguna manera con la propiedad: no puede disponer del trabajador, no puede venderlo, ni usar su cuerpo para hacer lo que le plazca; en tercer lugar, porque está confundiendo de manera bastante grosera un contrato laboral con un contrato civil; la propiedad, como profundizaremos más adelante, no puede predicarse de cuerpos humanos vivos salvo que se pretenda un régimen esclavista. La subordinación, por otro lado, es connatural a la relación laboral, y esta ni siquiera podría existir si no se da dicha subordinación [artículo 20 de la Ley Federal del Trabajo mexicana]. Una relación laboral —si es que fuera posible— donde no existe patrón ni trabajador, sino que están dos patrones [¿patrones de quién?] «propietarios» de sí mismos, es una relación donde ninguno recibe un salario, ninguno presta servicios a otro, ninguno tiene tareas asignadas y, en fin, no se va a ninguna parte).


Fuentes de referencia:

[1] Peter Vallentyne y Bas van der Vossen, «Libertarianism», The Stanford Encyclopedia of Philosophy, Fall, 2014, Edward N. Zalta (ed.). Recuperado de: https://plato.stanford.edu/archives/fall2014/entries/libertarianism/.

[2] Guillermo Margadant, Derecho romano, Editorial Esfinge, D. F. 1988, 530 págs.

[3] No es este el lugar para ahondar en el asunto, pero el derecho natural ha sido fuertemente criticado por Bueno y es incompatible con una filosofía materialista (Cf. Gustavo Bueno, «El derecho natural al “puesto de trabajo” en la época de los millones de parados», El Catoblepas, n° 152, 2014, pág. 2; Gustavo Bueno, Tesela nº 108, Oviedo, 2012. Recuperado de: http://www.fgbueno.es/med/tes/t108.htm).

[4] Gustavo Bueno, «Análisis desde varias perspectivas de la Ley del aborto (I y II)», Unidos por la vida, Oviedo, 23 de abril de 2009. Recuperado de: http://www.fgbueno.es/med/2009abor.htm.


Imagen:  Gustavo Bueno. Obtenida de: https://www.gettyimages.es/fotos/gustavo-bueno sort=mostpopular&mediatype=photography&phrase=gustavo%20bueno.

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