La autoanulación de las armas

Existen muchas luchas claras y contundentes para erradicar las expresiones desfavorables del hombre, pero algunas tienen poca o nula eficacia, como sucede con la oposición a la guerra. Desde luego, también se aboga por la extinción de la hambruna, de enfermedades incurables, del maltrato a los animales y de la pederastia. Todas estas causas, producto del sentido común más básico, abogan por erradicar aquello que parece inhumano, pero que lamentablemente no lo es.

Si bien todo el tiempo hay manifestaciones de desacuerdo  para estos y otros temas —tan diversos como disímiles—, pocas son las voces que, más allá de ser escuchadas, pueden lograr una verdadera transformación de lo repugnante. El arte tiene su propia manera de hacerse presente y, cuando de protestar en contra de algo se refiere, en ocasiones nos enseña, por medio de una expresión sublime, que podemos ser el propio remedio de nuestros males. No por nada la tragedia, la tristeza y la desolación han sido el germen de donde han surgido muchas de las obras más excelsas que el hombre ha podido crear. Como si de la búsqueda de un balance espiritual se tratará, el arte, en ocasiones, ha colmado tanta desdicha.

Micmacs, a tire largirot (Jean Pierre Jeunet, 2009) es un ejemplo en el sentido de cómo el arte, el séptimo, ejerce su derecho de protesta por medio de la elaboración de un mensaje indirecto que se expresa en términos simbólicos antes que literales. La obra narra una historia ficcional que demuestra su repudio en contra de las armas y la guerra. Si bien no es una invitación directa a despreciar la violencia suscitada por estos objetos, en el conjunto de toda la obra se entreteje una de las más bellas declaraciones de paz posibles del cine moderno: que las armas erradiquen a las armas.

El protagonista de la historia, Bazil, fanático del séptimo arte y empleado en una tienda de renta de videos, ve marcada su vida y su rostro por el infortunio de las armas en acción. Arruinado, Bazil vive una nueva vida con un objeto alojado en su cabeza e ideará, después de conocer a una serie de compañeros fantásticamente reales, un plan original para terminar con aquello que le dio fin a su propia normalidad.

El acierto de la historia es no tratar el tema de manera pacífica: el desarme cauteloso, planeado y dirigido parece imposible, no así la destrucción de una arma a otra. La condición erradicadora de estos artefactos alcanza su punto cumbre con la autoanulación.

Con este filme, Jean Pierre Jeunet vuelve a construir un mundo envidiable para cualquier escritor realista mágico latinoamericano: la distancia que existe entre la realidad más cruda, representada por el armamento, y la fantasía de las historias más inverosímiles, es amalgamada perfectamente sin notar los amarres de estas dos posturas.

Existe otro tipo de cine que se acerca a lo poético sin serlo en completo rigor y sí en esencia por el mensaje que transmite. Micmacs… es una fiesta que afirma lo mejor de los seres humanos (que nos demuestra que sí podemos ser humanos) y que nos hace desear un mundo mejor.

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