Jazmín (de papel)

Por Guillermo Alvarado

 

El hombre tomó lápiz y papel y comenzó a delinear con palabras un cuerpo femenino. Apuntaba medidas, textura y tez de piel; calculaba lunares y marcas de nacimiento; moldeaba pies pequeños, rodillas y muslos sensibles; dudaba en la exacta proporción de las caderas; describía el cuerpo de una mujer bella, hermosa y radiante; indagaba en el erotismo de su ombligo, en la suavidad de sus senos, en la firmeza de su cuello, en la profundidad de sus ojos, en la fortaleza de su sonrisa, en la vastedad de sueños anidados en su cabello crespo y castaño… la mano del hombre se tambaleó al delinear el arco de su espalda, al imaginarla de perfil y después de frente a él, desprovista de todo tabú, con el alma y la mirada franca, con sus pómulos como duraznos, con los hombros fuertes para cargar toda una vida, la sensualidad desmedida de sus glúteos, del conjunto que hacen con sus manos posadas en ellos, apoyadas también de las caderas… cuando la punta del lápiz se rompió por quinta vez. El hombre decidió terminar la descripción detallando la fragilidad de sus manos con sus dedos cortos y sus palmas cálidas, manos investidas de ternura habidas de brindar confort.

Superadas las diez cuartillas el hombre descansó, bebió un café sin endulzar, tomó más papel y prosiguió; ahora tendría la noche de testigo para desarrollar la personalidad de ella. Tuvo que nombrarla primero, la llamó Jazmín como la flor de oriente, con la feminidad a flor de pétalo, el amor sería una brújula en su vida, la razón le daría sustento y protección, el humor le ayudaría a abrir las puertas, su imaginación la llevaría a lugares inusitados, tendría la suerte de su lado pero no la necesitaría, su carácter estaría colmado de cualidades y defectos igualmente balanceados y perfectamente complementados; sería única, excepcional, provocaría envidia moderada, sería excelente amiga, buena consejera, tendría un pequeño genio gruñón pero sería un obstáculo menor, su capacidad de enternecerse y ayudar al prójimo la alejaría del rencor, su voz se escuchará todo el tiempo, salvo los días que alguna pena la albergue y su silencio será sabio y prudente, no tendría ojos para lo negativo, su mirada se concentraría en objetivos, en distancias largas y buena compañía, en buen juicio al comprar, aunque se gaste un poco mas de lo previsto; tendría sellos en las manos: uno azul y otro rojo, le serían útiles para señalar lo correcto de lo incorrecto, sería buena hermana y buena hija, dudaría pero seguro que también sería buena madre, pero sobre todo sería buena para sí misma; tendría episodios de sabotaje, resentiría los fracasos pero nunca se consideraría indispensable, su guía espiritual sería el agua, y como ella, fluiría como un río que atraviesa el desierto, como las lágrimas que caen sólo cuando se saben necesarias, como la lluvia de la regadera que enjuaga y purifica, como el mar con su serenidad y belleza.

El hombre estaba cansado pero ahora tenía una mujer de papel. Con un hondo suspiro miró por la ventana, la madrugada parecía estar también cansada por acompañarlo mientras daba forma con la escritura. Tomó las hojas y llevándoselas al pecho, se tumbó en el sillón, durmió tanto como pudo, lo cual no fue mucho y al despertar, las hojas estaban tiradas por todo el sillón y el suelo, tardaría en ordenarlas así que sólo las recogió y depositó en la mesa.

La rutina le rompió el ánimo y se metió a bañar; al salir, el aroma a huevos fritos y tocino le detonó un sentimiento de temor y de extrañeza al mismo tiempo. Con un navaja de explorador –tomada de la cómoda de su cuarto– se acercó a la cocina, la sorpresa le devino en mayor extrañeza: la mujer que había descrito estaba allí, desnuda, cocinando. Reconocía cada centímetro de su cuerpo, cada movimiento lo había imaginado; incluso el hecho de que estuviera tarareando mientras preparaba el desayuno, él lo reconocía como un atributo añadido. No supo qué hacer, tomó las hojas de la mesa y las escondió provisionalmente en donde descansaba una lámpara, guardo allí también la navaja y se dirigió a la cocina nuevamente; ella servía dos platos y se esmeraba en hacer lucir lo que había preparado. Al entrar con toalla en la cintura, ella parecía sorprendida pero su mirada delataba entenderlo todo, él fingía una seguridad infundada y su mirada reflejaba un total desconcierto. Se sonrieron, ella le ofreció un plato y él lo depositó con cuidado, juntaron dos sillas, ella abrevió y se sentó. Él antes de seguirla se deshizo de la toalla que nada aportaba al momento, y juntos desayunaron en silencio, desnudos. A este desayuno le seguirían muchos más, durante el resto de sus vidas.

Para ti cuál es el final de la historia:

A) Entonces el hombre fue feliz, pues vivía ahora con su ficción, su mujer ideal.

B) Entonces el hombre fue feliz, pues vivía ahora dentro de su ficción con su mujer ideal.

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