Inventando a la musa

Por Fernando Rocha

La inspiración es una posesión del autor y el ritmo es la posesión de la obra. Todo autor debe inventar su aliento, aprender a cosecharse después de un ocio reflexivo y recolector para erigir su obra, pues, cuando el autor aguarda la inspiración se somete a un lapso indefinido que desemboca en un letargo pusilánime e indiferente.

Platón describió en Ion el proceso de la poesía:

Musa → poeta → oyente

Donde el poeta compone no por técnica sino por endiosamiento y posesión para que los oyentes sepan que quien habla es la divinidad, es decir, los poetas se convierten en intérpretes de los dioses, por lo que la poesía es un don divino, es algo sobrehumano. Y en el diálogo se argumenta que los poetas poetizan por un don y no por una técnica debido a que sólo poetizan sobre una cosa y no de todas.

Así, la inspiración, además de ser un “don” súbito, es una gracia determinada: el inspirado sólo es experto sobre algo, sobre el fin y causa de la inspiración. Dentro de la poesía, en Ion se afirma que aquellos son los poetas pero, expandiendo el contexto, ¿los inspirados son los artistas porque los artistas son inspirados?

Si la inspiración posee al autor, éste no será soberano en la obra y entonces no será autor pues sólo es un mediador entre el autor verdadero y su obra; sería un estilógrafo, un pincel… Así, la inspiración sucedería en autor secundario. No obstante, esta concepción paranormal de la inspiración desembocaría igual que Ion: la poesía no es humana. Por lo tanto, es viable considerar que la inspiración es la posesión del autor a sí mismo.

Dentro de la literatura, Horacio Quiroga escribió en su Decálogo del perfecto cuentista: <<No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino>>. La inspiración es un imperio de emoción, una cólera catalizadora que puede ser potencial (un ansia) o un acto de fluidez creadora. Empero, no es la inspiración el estado más apto para crear debido a la economización de sus recursos: en la literatura la escritura sería un dictado eufórico e ignorante de las demás posibilidades creativas, de las otras construcciones verbales que podrían maximizar la obra, o, en un caso peor, podría ser un desboque fatal donde se asesine a la obra por arremeterla de elementos ilógicos o demasiado complejos para una apreciación plural.

En cambio, poseer la obra es ser soberano de la actividad creativa y manifiesta más —considerando el ejemplo de Ion— que la poesía es humana al sólo existir un autor. Asimismo, poseer la obra implica una moderación maximizadora: una continua conjugación, resurrección y redisolución de lo deseado de donde el producto será una serendipia que trasciende y exige más que colérico, lo estratégico y esperado.

Es menester distinguir entre lo aletargado, lo colérico, lo moderado y lo estratégico, estados posibles de la creatividad. El primero es el que infiere Ion: el autor permanece aletargado mientras aguarda la posesión de una divinidad para obrar. El segundo es al que alude Quiroga: el autor se posee a sí mismo mediante su cólera irreflexiva y produce una obra mediante procesos azarosos —dictatoriales, eufóricos— que resultan en una obra arriesgada. El tercero es una moderación recreacional que considera las posibilidades creadoras, cultiva una serendipia y maximiza la obra, el autor posee la obra y en cualquier momento es capaz de desarrollarla porque el ritmo de producción yace en él y no una inspiración o una cólera que deviene por sucesos inopinados. El cuarto es una moderación exagerada que semeja más un proceso manufacturero, es el estado predominante en los talleres literarios: una colectividad sugiere arreglos de aquí y allá en la obra, una reflexión sumamente estricta y minuciosa para la construcción de la obra que no permite el florecimiento de una serendipia.

Aquella serendipia es el camino viable para la gestación de una obra: ni azarosa ni determinada, es vida y, como toda vida, es misteriosa.

Las musas han muerto y, cualquiera que se la asemeje, es un estímulo para la creación. La inspiración es inviable por ser temporal, indómita y fortuita. El deber del autor es inventar su musa, dominar el ritmo productivo al poseer la obra, para ello deberá ser disciplinado y aprovechar el ocio para conocer y conjugar ideas. Las obras son para rotar el universo pues éste no es más que la suma de las contemplaciones humanas. Y si el autor se subyuga al letargo, a sí mismo y a la estrategia, ¿cuándo tejerá con su carne ese universo del que beben todos?


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