Intercambios, lo más odioso de fin de año

Por María Fosado

 

Lo que más me gusta, más disfruto y al mismo tiempo es lo que más me preocupa de las últimas fechas del año, son las fiestas, la comida y el recalentado.

Me gusta que en esas épocas puedo comer todo lo que quiera y cuantas veces quiera con el simple pretexto de que es Navidad y Año Nuevo; pero lo que me preocupa son los kilos que voy a engordar ¿y a quién no?

Admito que NUNCA en mi vida he ido a una fiesta de Navidad o fin de año tal y como las pintan en las películas. Es más, ni siquiera he ido a una verdadera posada en la que se canten los villancicos, se rompan las piñatas, se enciendan las luces de bengala y haya buena organización y la comida junto con los tragos sean ricos. Si no que todo lo contrario. O sea, nada bonito y desorganizado. Tal vez por eso no me gusta asistir a esos festejos. Yo como grinch en mi casa.

Para muchos poner el árbol navideño, decorarlo con luces y esferas es una de las cosas más bonitas de diciembre porque todos colaboran y se la pasan bien en familia.

En cambio, yo sólo recuerdo que en mi casa es todo un desmadre, digo, desastre.

Cuando se supone que poner el arbolito de navidad y el nacimiento produce cierta alegría, en mi familia se vuelve un caos total cuando alguien rompe una esfera, las luces navideñas no encienden y a la Virgen María ya se le cayó la cabeza. Todos gritan, todos se enojan y al final de tantas personas, sólo dos terminan intentando arreglar el desastre.

En mi familia, ese es el claro ejemplo de que no todo lo que pasa en la televisión es tal y como sucede en la vida real. Triste pero cierto.

Los intercambios navideños nunca han sido una típica tradición en mi familia, al final cada quien termina comprando por su propia cuenta y con sus ahorros, lo que tanto deseaba tener en el año. Recuerdo que los únicos intercambios en los que me iba bien eran en la primaria en el Día del Amor y la Amistad.

Llegaba a mi casa con cajas de chocolates, algunos peluches y accesorios de fantasía; y  mi madre lo único que le preocupaba era saber si ya había dado mi primer beso. ¡Oso 1000!

Después crecí y como diría Rousseau, la sociedad me corrompió y le perdí el chiste a los intercambios. Ahora soy de la idea de que en vez de esperar a que alguien me regale algo bonito, mejor voy y me compro lo que yo quiera. (Prefiero ir al grano en vez de darle tantas vueltas al asunto.)

Seamos honestos, la mayoría de las personas odiamos los intercambios porque no cumplen con nuestras expectativas, a veces la gente nos decepciona cuando creemos que lo material y los regalos definen el valor y aprecio que los demás tienen hacia nosotros y porque también es desagradable darse cuenta del mal gusto que tienen algunas personas al regalar algo.

Seguro estarás pensando que no es lo mismo un intercambio entre los compañeros Godínez de la oficina que uno entre tus amigos más cercanos; y te doy toda la razón, pero ambas situaciones tienen algo en común: se hacen por compromiso.

Para mí los intercambios es como decir: “Se aceptan regalos por compromiso”. Creo que si vas a regalar algo es de corazón y lo puedes hacer cualquier día del año, no esperarte hasta las fiestas decembrinas.

Típico que te ha tocado darle a la persona con la que menos conviviste en el año, tu compañero/a de trabajo con la que nunca entablaste conversación o con aquél del salón que sólo le hablaste para pedirle un sacapuntas.

Aun cuando los intercambios navideños se hacen entre amigos, ten por seguro que por lo menos una persona no queda conforme o desearía haber sido la afortunada de haber recibido el regalo más bonito del intercambio. No lo niegues, a ti también te ha pasado.

Cuando a alguien se le ocurre la magnífica idea de hacer un intercambio, soy de las que huye a esconderse para que nadie se dé cuenta de mi existencia durante esos incómodos minutos… Bueno, en realidad estoy exagerando, pero prefiero apartarme de la situación y decir “no gracias”.

Afortunadamente nunca pasé por la incómoda situación en un intercambio familiar de recibir algo que me avergonzara demasiado, pero sí de recibir cosas que no tenían nada que ver con mi personalidad o el típico suéter de colores chillantes.

Lo peor de los intercambios no sólo es lo que te lleguen a regalar, sino la sonrisa, la emoción y la cara de felicidad que debes fingir para demostrar y hacerle creer a todos que te ha gustado aunque haya sido algo horrendo.

Se vale después irse a encerrar a llorar al baño porque tú invertiste en algo bonito para regalar y te tocó lo más barato del mundo. Suele pasar…

Dicen que a veces lo que más cuenta es la intención y no el regalo; pero hay quienes se pasan de descaro y tacaños.

Como siempre va a haber personas que se quejen de todo y nunca quedan conformes con lo que reciben, tienen dos opciones: dejar de participar en los intercambios y comprarse lo que quieren por su propia cuenta o agradecer lo que se les ha regalado.

No todas las personas en el mundo tienen la suerte y la posibilidad de intercambiar regalos en estas épocas.

Agradece lo que se te da y si no te gusta, puedes donarlo a quienes podrían ser felices con ello.

Y tú ¿has tenido una buena o mala experiencia en los intercambios?

Si eres un grinch o de los que se luce con los regalos, deja tu comentario. Me encantará leer tu historia.


Imagen: https://www.flickr.com/photos/ronaaa/

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