Intacto: Tlatelolco

Por Elisa Horta

A los cincuenta años de la terrible noche de la plaza de las tres culturas, me encontré en la última clase de mi jornada escolar pensando en toda la tarea que tendría que entregar. Inmersa en mis pensamientos, como suele ser, permanecía completamente perdida en mi cabeza mientras organizaba, mentalmente, uno a uno los distintos encargos de la semana cuando de repente mi profesor de Literatura se voltea hacia nosotros y nos ve con atención. A penas había terminado de tomar la asistencia cuando se pone de pie y con el semblante más pesado que de costumbre se dirige hacia nosotros. 

“Siendo en los próximos días, dos de octubre, tengo una obligación ética y moral de recordarles el porque no debería de recordarles la importancia de esta fecha para México. “ 

Siendo sincera, tardé en reaccionar. Mi cerebro hizo una conexión mental infinita y precisa de muchas cosas que esa frase podría significar hasta que, por fin, se detuvo en la respuesta correcta. En lugar de sentirme avergonzada por haber olvidado en primer instancia lo que su introducción a la clase podría decir, me espabilé y observé al profesor con atención mientras elegía sus palabras cuidadosamente. Sabía yo que no le era sencillo hacer este recuento de los hechos año con año; se le veía en los ojos una terrible añoranza que podría llamarse arrepentimiento. 

Nadie decía nada. 

Mi profesor de literatura es todo un personaje, lleva años formando parte de la institución y no sólo eso, sino que también lleva esos mismos años creando estudiantes generación tras generación. Sí, creando, en todas sus letras. Creo que ha transformado a decenas de hormonales adolescentes en estudiantes críticos y reflexivos que hoy en día, espero, anden por la vida haciendo lo que su maestro alguna vez también hizo. Además, el hombre, no era más que un sencillo profesor más del bachillerato hasta que abría la boca y comenzaba a hablar durante clase; es entonces donde él se volvía otra persona. 

Todos nos quedamos así, en silencio, y esperamos a que continuara con su relato. Muchos ya habían escuchado la historia en semestres anteriores, yo apenas tuve ese privilegio en mi  penúltimo de seis; de cualquier modo, no había nadie que no estuviese interesado. 

Nos relató casi a modo de crónica lo que sucedió, con una exactitud y puntualidad que nadie más que un sobreviviente podría denunciar los hechos de aquel día soleado de octubre del ’68. 

No es necesario mencionar las inclemencias de la milicia, el tiempo y el pueblo mexicano contra el cuerpo estudiantil de aquel entonces, no se tiene por qué enumerar las bajas ni repetir los nombres que quizás ya hemos hasta olvidado. No es necesario recordar, porque no se ha olvidado lo que sucedió. 

Mi profesor es un hombre intransigente, podría considerarse, inflexible y severo pero pasional en su enseñanza. No nos deja “a medias” y nos dice las cosas como son, recurre a las referencias y al universo fuera de sí para hablarnos de cualquier texto que podamos estar analizando. Sea un poema, una película, un cuento o una canción… él nos hace sacar hasta la última gota de cada frase que compone a estos mismos trabajos. Así pues, claro, me sorprendió cuando después de relatarnos lo que él vivió en ese entonces se limitó a sacar un cancionero e indicarnos que escribiéramos el soneto que nos dictaría; yo esperaba más sobre Tlatelolco. Todos lo hacíamos, en cierta medida. 

Alguien con mucha más iniciativa que el resto de nosotros levantó la mano, atrayendo la total atención del profesor y de mis compañeros para preguntar, entre otras cosas, ¿por qué?  

Claro está que muchas veces estas dos pequeñísimas palabras pueden cambiar para siempre el rumbo de nuestras vidas, de nuestras tareas, de nuestras amistades y relaciones. El ¿por qué? Va de la mano con una total curiosidad que se vuelve un cuestionamiento casi grosero, exige una explicación concisa y razones críticas y argumentativas. Preguntar ¿por qué? lo cambia todo. 

Mi profesor bajó su libro, sonrió de lado y con sus elaborados ademanes comienza a pintarnos una imagen muy clara en la que los sesentas terminan y el mundo gira  una velocidad que ni siquiera hoy en día podríamos cuantificar. 

Nunca sabremos la respuesta a ese ¿por qué? atrevido, pero en su lugar obtuvimos un qué mucho más claro. 

El surgimiento del rock y del punk, la liberación sexual y el feminismo, las guerras alrededor del mundo y las protestas contra las armas nucleares. El comunismo, el autoritarismo presidencial, política y poesía como los principales temas de conversación, protestas civiles y los estudiantes surgiendo como el nuevo motor de la clase trabajadora, aquella que habría de cambiar el mundo con el nombre de otros. 

Estábamos ahí cuando nuestro profesor nos contaba sobre lo que eran aquellos días en la facultad de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México,  a decenas de kilómetros de la casa de estudios y sabía, todos sabíamos, que sin importar quienes fuéramos y dónde estudiáramos nosotros podríamos sentirnos como parte del 68, medio siglo después de que ha ocurrido. 

Hoy en día Tlatelolco es muchas cosas: la censura y la represión del gobierno, los estudiantes, la fuerza del pueblo, la matanza y la sangre, el poder y su abuso, el estado, el país… Es un espejo, un reflejo pero también un recordatorio, una memoria incluso si alguien prefiriese que fuera una ilusión, una mentira que quisieran escuchar cuando saben que es una verdad. 

Tlatelolco es hoy, así como lo fue en el 68, un grito de rebelión por parte de los estudiantes. La última esperanza del país. 


Imagen: http://www.sexenio.com.mx/aplicaciones/articulo/default.aspx?Id=13184

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