Intacto: David Bowie

Por Elisa Horta

Han pasado dos años desde que David Jones, mejor conocido como David Bowie, regresó al planeta del que llegó hace más de setenta años y, desde entonces, el mundo no ha sido el mismo. Las estrellas ya no brillan tanto, el mundo se ve un poco más azul y todo parece más apagado. Desde que nos dejó, ya no hay quien pueda llenar el lugar que él dejó. 

En palabras de su hijo Duncan Jones, quien recibió uno de sus dos galardones en los BRIT Awards del 2016, David Bowie “Siempre ha estado ahí apoyando a las personas que piensan que son un poco raras o un poco extrañas, un poco diferentes. Y siempre ha estado ahí para ellos. Así que este premio es para todos los locos, y para todas personas que crearon a los locos.” No ha habido, ni habrá, nadie que acoja hasta a los más excéntricos cuando nadie más lo hacía. David se convirtió en el padre de los rechazados, los rebeldes y los repudiados; en otras palabras: a las personas de raza negra, a los miembros de la comunidad LGBTIQ que en ese tiempo no tenían nombre si quiera, a todas las personas que imperfectas como él y sus pupilas disparejas, que vivían criticados y juzgados por su apariencia. 

Bowie fue un hombre, o lo que sea que haya sido, que nunca estuvo sujeto a nada más que a su infinita e imparable creatividad, originalidad y talento. Fue una persona con tanto que dar y con todas las ganas del mundo de expandir los horizontes que nadie había creído posibles de extender: introdujo términos como “andrógino” a la media mainstream y destruyó los roles de género, creando él mismo sus propios personajes y deshaciéndose de la normatividad de lo correcto, de lo “normal”. Nunca se conformó, nunca se asentó e incluso en sus últimos momentos se atrevió a hacer un espectáculo de lo que era su adiós definitivo, de lo que era su último agradecimiento al público.

Es fácil decir que David Bowie permanecerá único e irrepetible por el simple hecho de que las cosas nunca serán iguales desde que se ha ido, tanto como artista como persona su esencia se ha vuelto algo vital para las industrias musicales, teatrales y artísticas. Es, desde su aparición en la recta final de los sesentas, único.

Gracioso, peligroso y legendario fueron las tres palabras que Annie Lennox usó para describirlo y con toda la razón del mundo. Nadie, nunca, podría ser lo que David Bowie fue, y será, para el resto de la vida de la música. David Bowie es esa persona que se atrevió a hacerlo, e intentarlo, todo. No hay manera de imitar lo que ya se hizo y mucho menos lo que alguien hizo en primer lugar, quien abrió las puertas y rompió ventanas para que los demás, para que cualquiera, pasara por ellas con una facilidad que él les otorgó desde primer instancia. 

Prince, Madonna, Lady Gaga, Mick Jagger,  incluso Michael Jackson y la icónica banda Queen, se vieron inmersos en esta bellísima, imparable persona que transformó la historia y que hizo del siglo XX lo que es hoy. Muy pocos son los artistas que pueden decir que no han sido influenciados de ninguna manera por esta persona que con una calidad inimaginable y distinguida definió lo que es ser una estrella, lo que es ser un músico, lo que es ser un artista. 

Es por eso mismo que Bowie permanecerá en vida, y muerte, en esta masiva e inmortal industria que, como él, seguirá viva y latiente durante años por venir. Él, con sus múltiples personalidades pero su singular persona y talento, serán vitales como lo han sido desde hace ya más de cincuenta años. No ha sido por nada llamado un genio, el alma del rock en tantos sentidos desde sus primeros años, con ese disfraz de alien y el technicolor que, como su rostro, sorprendió al mundo totalmente. 

Nunca dejó de ser sorprendente, con sus constantes cambios de persona, de alter ego, y con cada nuevo sonido que implementaba, con música moderna y definitivamente mucho más adelantado a su tiempo. Su propia muerte fue una sorpresa, un último acto de su ópera en el que guardó el secreto de su terrible enfermedad. Su prioridad fue la experimentación, la exploración, la originalidad que llevó hasta la muerte; porque, ¿quién la prevería con un musical en Broadway? Solamente él.  

David Bowie dejó incontables lecciones, además de canciones, álbumes y hasta película. Sus enseñanzas fueron enormes y siempre buscaban presionarnos, llevarnos al límite, entregarnos a lo que hiciéramos con amor y pasión, en su totalidad. Ser positivos, valientes y esa gracia que nunca lo dejaría. Pero, lo más importante que nos pudo haber dejado, fue la lección de nunca tomarnos en serio. 

Con esa forma tan única de ser, de vivir y de sonreír ante la vida sin importar qué, siendo simplemente quien es, nos recordó que nuestro tiempo aquí es breve, ni siquiera las leyendas o las estrellas como él pueden quedarse para siempre y lo mejor que puedes hacer es divertirte, sonreír, hacer lo que quieras hacer. Puedo decir, con seguridad, que lo único que él deseaba era que disfrutáramos de nuestra vida, de quienes somos, y amaramos valientemente cada segundo de nuestra rareza, de nuestra extraña existencia. Que fuéramos tan raros como pudiésemos ser, porque si no, nos arrepentiríamos. 

En palabras de Gary Oldman, David siempre fue el alma más dulce, con los mejores pómulos, hasta el fin. Y aunque no lo pareciera, fue un mortal más, pero su potencial era súper-humano y su música  vivirá por siempre. 

David, te amamos y te agradecemos. Siempre. 


Imagen: Wallpaper Abyss

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