Ingeniería climática

Por Sebastián Block Munguía

 

Desde hace tiempo se sabe que el cambio climático es un problema grave. Sin embargo, nuestra respuesta ha sido poco contundente. Y no parece que vayamos a cambiar a tiempo para evitar el desastre. Esto no es tan sorprendente, dado que la raíz del problema (la quema de combustibles fósiles) está en el corazón de nuestro sistema de vida. Hay tantos intereses de por medio que cambiar las cosas a tiempo parece imposible.

 ccLos tratados internacionales no han alterado el incremento constante de las concentraciones de CO2 en la atmósfera.

Gráfica modicada del Earth System Research Laboratory, NOAA, Estados Unidos

Pero debe haber algo que podamos hacer. El ingenio y potencial humano son asombrosos. Si logramos alterar el clima, también debemos poder arreglarlo. La ingeniería climática intenta hacer justamente eso: arreglar el clima que desajustamos para evitar un posible cataclismo. Hay dos maneras de hacerlo: curar los síntomas o curar las causas del problema.

Curar los síntomas significa contrarrestar el desequilibrio entre la energía que entra y la que sale de nuestra atmósfera, lo cual es la razón inmediata del calentamiento global. Se han propuesto varias formas de hacerlo. Por ejemplo, se podrían poner espejos en el espacio que reflejen la radiación proveniente del sol y le hagan sombra a la Tierra. Aunque no parezca, es factible, y sería tremendamente eficaz para enfriar el planeta.

Otra opción sería imitar un mecanismo con el que nuestro planeta se enfría de tanto en tanto. Cuando un volcán hace erupción inyecta toneladas de gases y aerosoles a la atmósfera que impiden que entre parte de la energía del sol, lo que puede enfriar el planeta. En los dos años siguientes a la erupción del volcán Pinatubo en 1991, la temperatura global bajó 1ºC. Esto se podría recrear fácilmente, pues los aerosoles son baratos y se podría inventar una manera de hacerlos llegar a la atmósfera. Por ejemplo, se podría instalar un sistema en aviones comerciales para que liberen aerosoles durante sus viajes. El problema es que inyectar aerosoles a la atmósfera podría tener efectos secundarios indeseables, como alterar los patrones de lluvia. Además, los aerosoles sólo duran un par de años en la atmósfera, por lo que se tendría que seguir haciendo esto indefinidamente. Si en algún momento, por cualquier razón, ya no se pudiera continuar con el sistema, el calentamiento global nos pegaría de golpe y sería como si nunca hubiéramos hecho nada, pero peor, porque el cambio sería mucho más rápido y no nos daría tiempo de adaptarnos.

Curar las causas implica resolver la raíz del problema: la acumulación de CO2 en la atmósfera. Una opción es usar “árboles artificiales”: máquinas que filtran el aire y lo hacen pasar por una substancia química que atrapa el CO2 (más información aquí).

También pueden usarse los sistemas naturales que nuestro planeta tiene para deshacerse del carbono de la atmósfera. Por ejemplo, cuando llueve el CO2 de la atmósfera reacciona con el agua y forma ácido carbónico, el cual disuelve minerales de las rocas y forma carbonato de calcio. El carbonato de calcio fluye por ríos hasta llegar al mar, en donde moluscos, algas y otros organismos lo usan para formar sus conchas. Gracias a este proceso la atmósfera puede deshacerse del CO2 que se libera en erupciones volcánicas, lo que ha mantenido el clima relativamente estable durante la historia de la Tierra. Sin embargo, por este medio sólo se captura una centésima parte del carbono que emitimos a la atmósfera cada año. Una forma de acelerar el proceso sería aumentar el área de contacto entre lluvia y rocas, moliéndolas, por ejemplo. Esto podría ayudar a remover muchísimo CO2, pero requeriría minar montañas de roca, lo cual tendría sus propias consecuencias ambientales.

También se podría aprovechar el mecanismo con el que la vida atrapa CO2: la fotosíntesis. Actualmente, las algas y bacterias marinas contribuyen con casi la mitad de la fotosíntesis del planeta. Sin embargo, en muchas partes su crecimiento está limitado por falta de nutrientes, y en especial hierro. “Denme medio tanque de hierro, y les daré una era glacial”, dijo una vez el oceanógrafo John Martin. A lo que se refería es que si el fitoplancton de los océanos tuviera hierro en abundancia, podría capturar suficiente CO2 para revertir el calentamiento global y enfriar el planeta. En el océano del sur, que rodea a la Antártica, hay particularmente poco hierro por su lejanía de zonas áridas de los continentes cuyo polvo y arena fertilizan regiones de otros océanos. Un experimento en el océano del sur ya logró capturar carbono como resultado de fertilizar con hierro. Sin embargo, esta técnica no siempre funciona. La clave es que las algas se tienen que hundir rápido cuando mueren, porque si se descomponen en la superficie o animales se las comen, el carbono capturado regresa rápido a la atmósfera. Al parecer, un tipo de algas llamadas diatomeas se hunden particularmente bien. El problema es que hasta ahora no se sabe cómo controlar el tipo de algas que crecen con la fertilización. A veces, sin querer, se pueden provocar booms de algas tóxicas o se pueden crear “zonas muertas” donde se agota el oxígeno.

Algunos de estos métodos parecen ciencia ficción, pero la mayoría incluso están patentados. Todavía no se han usado a gran escala porque no se entienden bien sus riesgos o porque son demasiado caros. Es difícil estudiar las consecuencias de la ingeniería climática porque no pueden hacerse experimentos con el clima del planeta. No podemos arriesgarnos a que algo salga mal. Por ello, las consecuencias de estos métodos suelen estudiarse con modelos matemáticos del clima, como los que se usan para predecir el cambio climático. Pero los modelos son inciertos, pues deben incorporar las interacciones de océanos, atmósfera, glaciares, continentes, volcanes y seres vivos que determinan el clima. Nos urge entender mejor estas interacciones, pues tal vez sólo alterándolas deliberadamente podremos evitar las consecuencias catastróficas del cambio climático.

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