Ilusión causal y pseudociencias

Por Alejandro Rafael Lima

La ilusión de causalidad surge cuando las personas desarrollan la creencia de que existe una relación causal entre dos eventos distintos cuando de hecho no están relacionados. Esta ilusión surge de la predisposición evolutiva de nuestras mentes para inferir relaciones causales y reconstruir patrones en eventos que suceden de manera continua. Así para los animales racionales es más fácil recordar eventos en términos de relaciones o patrones que describen lo que podría ser un relato. Es decir, tenemos una facilidad cognitiva para recordar sucesos en términos de relaciones entre hechos particulares que se subsiguieron. Por ejemplo, muchos tienen camisas de la suerte por el hecho de que tal camisa x era usada cuando lograron una buena nota en un examen difícil o cuando conocieron a su novia. Es decir, proyectamos una relación causal de dos hechos fortuitos. La inversa es que resulta más difícil recordar datos abstractos o conjuntos de información, pues en la historia evolutiva estos últimos son recientes.

Para comprender mejor esta ilusión podemos ver un caso análogo con la percepción. La visión es una de las facultades centrales para la sobrevivencia desde tiempos antiquísimos: sólo una décima de segundo necesita nuestro cerebro para distinguir un rostro entre diversos objetos. Sin embargo, a menudo percibimos figuras y rostros donde no los hay, por ejemplo, vemos figuras en las nubes, un conejo en la luna, constelaciones en la bóveda celeste, etc., ese fenómeno se llama pareidolia y surge de percibir patrones visuales donde no las hay. Lo mismo sucede con la ilusión de causalidad, percibimos patrones causales donde hay una mera coincidencia. Esta ilusión ha sido estudiada por Temple Grandin y Catherin Johnson, entre otros, mostrando que existe una tendencia biológica innata en nosotros para creer que si dos eventos ocurren de forma simultánea no es por azar, sino que existe una relación causal. No obstante, actualmente la mayoría sabe que la simultaneidad no implica necesariamente una relación causal. Es decir, si el evento A le se sigue del evento B, entonces A causó B. Pero el problema es que nuestra primera premisa no implica la relación causal, sino sólo una correlación.

El problema, dice Daniel Kahneman, es que la gente tiende a aplicar el pensamiento causal de forma arbitraria e inapropiada a situaciones que requieren un razonamiento estadístico. Por ejemplo, en 1985 Amos Tversky y Thomas Gilovich mostraron, al analizar miles de secuencias de lanzamiento en el basquetbol norteamericano, que no existe algo así como la buena racha o la buena mano, sino que esta solo está presente en los ojos de los espectadores que perciben patrones- donde no los hay. Además después de sus resultados se enfrentaron a muchas críticas, muchas viscerales, las cuales consideraron “naturales”, pues los seres humanos somos recios a creer que mucho de lo que vemos en la vida y nuestra vida misma dependa del azar.

Actualmente sabemos que muchos tipos de esas correlaciones han dado origen a supersticiones. Casos paradigmáticos pueden verse en la historia de la astronomía y en la astrología misma. Esta condición no es rara, pues evolucionamos bajo condiciones de  poca evidencia colectica, donde la única fuerte de información fue la experiencia directa individual y bajo la transmisión oral/ o semi-escrita de otras personas de nuestra confianza. O sea, carecíamos de acceso a conjuntos de información, estadística y métodos experimentales. Pero nuestras sociedades actuales son muy diferentes, hoy en día tenemos muchos más elementos para evitar sesgos cognitivos de ese tipo. Así gobierno y población deben promover decisiones basadas en el conocimiento y no en experiencias individuales. Sin embargo, el pensamiento mágico, supersticioso y pseudocientífico parece muy presente todavía en la sociedad mexicana y suele guiar decisiones en temas de salud,  política, finanzas, seguridad, etc., lo cual es peligroso.


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