Haz que México tenga rabia de nuevo

Por Tristan Chavero

La frase que preside del presente texto, muestra una problemática coyuntural que podríamos situar en diversos momentos en la historia, frase relativamente sencilla pero posicionada sin una ideología necesariamente política, sino por una interpretación artística.

Esta constatación es una versión de la reapropiación del lema utilizado en la campaña presidencial de Donald Trump: “Make America great again” (Haz que América sea grande de nuevo), que a su vez había sido formulado durante la campaña de Ronald Reagan, y que ahora es utilizado desde una diferencia radical por el músico estadounidense Tom Morello, quien vuelve a colocar en el centro de la política estadounidense a la música como expresión desafiante bajo el lema “make America rage again” (haz que América tenga rabia de nuevo).

Esta nueva constatación es sin duda una muestra de la forma de expresión de libertad que tanto ha incomodado a los gobernantes, y más importante aún, han temido. Y si bien, las problemáticas actuales son más complejas y de diversas índoles, nos permite abrir un abanico de elementos, a partir de los cuales podemos dar una lectura a la coyuntura en México, empezando por lo que hace falta.

Para comprender verdaderamente el funcionamiento y la lógica de este posicionamiento con características no políticas, sino artísticas y más específicamente musicales, debemos necesariamente trasladar el discurso musical que podríamos denominar como “protesta”, mismo que ha sido apropiado muchas veces por ideologías y relacionado con doctrinas políticas, y más bien, posicionarlo bajo un discurso con características incómodas, desafiantes, provocadores e incluso muchas veces incomprendidas, sin embargo, llevan consigo el rompimiento de costumbres e ideologías en la sociedad, cambiando formas de pensar, vestir y de expresarse.

A propósito del aniversario del otro 11 de septiembre, el del año de 1971 en Valle de Bravo en el Estado de México, donde sucedía otro “atentado terrorista”, esta vez contra el Estado, conocido como el Woodstock mexicano: el “Festival de Rock y Ruedas de Avándaro”. El festival de música donde más de doscientas mil personas coreaban la consigna “tenemos el poder” y mostraban un mensaje transmitido en vivo mucho más acabado y más preciso que el discurso oficial, donde no importaba cuál fragmentada parecía estar la sociedad después de 1968 y la Masacre del Jueves de Corpus del mismo año de 1971, sino que reunía elementos de los años anteriores creando inconscientemente una reunión con una oposición a la aceptación pasiva de “lo único existente” a un discurso reactivo con potenciales revolucionarios en el sentido estricto de la palabra.

La genialidad de Avándaro fue abrir las puertas a una realidad que mostraba cómo la corriente principal de pensamiento ocultaba un temor profundo hacia las expresiones artísticas de estas características, manteniendo separado el arte de la educación como forma de legitimar una interpretación de la realidad bajo un discurso práctico de vida pasiva, cuyo resultado es un conocimiento mecánico de la realidad. Esta lógica trago consigo que las cúpulas más conservadoras llevaran esta expresión creativa a un impasse donde se criminalizó, prohibió, inmoralizó, e incluso satanizó por años, con el fin de extraer el núcleo potencial de la musicalidad y su impacto provocativo. No obstante, esta banda sonora del descontento fue lo suficientemente compleja para no ser condenada in aeternum, sino para avanzar en un terreno excluido y volver de distintas maneras.

En efecto, no parece extraño hoy en día escuchar todo tipo de música y distintas formas de expresiones artísticas de cualquier género y en cualquier momento, sin embargo, debemos de percibir la enorme profundidad de esta interpretación de la realidad no como otra vía más, sino como una mirada que reconoce inmediatamente la realidad visible, pero que también reconoce que no es todo lo que existe, ve lo que inmediatamente no es visible, pues precisamente esa parte no es perceptible desde el discurso político racional que estamos acostumbrados, es decir, que lo que vemos es sólo una parte de la realidad, no el conjunto completo y lo que se nos presenta como realidad siempre puede ser sometido a nuevas formas de interrogación.

Es de esta manera que se ha pretendido anestesiar esas voces temidas, que no provienen de líderes políticos, periodistas o jóvenes universitarios, sino de la música, de un simple micrófono, una guitarra, un bajo y una batería, y cuyo fin no era acabar con la naturalización de consensos y construcciones sociales, pero que lograba hacerlo, lograba probar que no hay nada de natural en ello y develaban el “velo” que ocultaba lo “esencial” para una sociedad, aquello silencioso e inconsistente para luego interrogarlo.

En la actual coyuntura que vive México donde parece que el descontento carece de una sonorización, nos hace pensar que nosotros tampoco estamos solos al margen de la historia, que estamos vinculados y que a propósito del pasado 15 de septiembre y el próximo 26 de septiembre, tal vez debamos hacer que México tenga rabia de nuevo.


Imagen: http://www.elcircodelrock.com/main/wp-content/uploads/2016/05/prophetsofrage2.jpg

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