Genealogía del “Homo Sexualis”: el tránsito intempestivo de la producción a la seducción sexual en los pensamientos de Schopenhauer y Baudrillard

Por Hugo Sánchez

El hombre, ser que reviste grandeza e insignificancia al mismo tiempo, desde sus primeros pasos se ha mantenido perdido y encontrado en un mundo que desconoce cada vez más. Ante su propio misterio ha dado lugar a la formulación de un sinnúmero de preguntas tendientes a saciar esa hambre por el saber que le es inherente. Sin embargo, como es patente, no toda pregunta ha encontrado su correlativa respuesta e, incluso, algunas de las respuestas que osadamente recaen sobre los cuestionamientos más vitales de la existencia, han sido objeto del cambio –en algunos casos radical– que le es propio a la realidad líquida1 en la que nos encontramos inmersos.

Ante los distintos aspectos de la realidad cognoscible, el hombre se ha representado diversas concepciones cuya permanencia está sujeta a las circunstancias de modo, lugar y tiempo prevalecientes al momento en que se pretende dar respuesta a una interrogante; de ahí que cada manifestación de la vida nos recuerde a cada instante que lo único perpetuo es que nada es perpetuo y que, a consecuencia, la única certeza es la incertidumbre. Esta inversión del punto de vista que no en pocas ocasiones se presenta sobre todo en el plano de la moral y, en general, en todo fenómeno que brota del grupo social, ha contribuido de manera significativa al encauzamiento de la sociedad perteneciente a una época determinada ya sea al progreso o bien al menoscabo.

Un ejemplo palpable de lo que se ha venido aduciendo hasta ahora lo configura la transvaloración que, en el pensamiento imperante en periodos diferentes, ha sufrido la concepción sobre el sentido de la sexualidad. En efecto, el sentido del sexo –entendido éste último como el ayuntamiento carnal– se ha vislumbrado a través de los acercamientos intelectuales –algunos errados según pensamos– que han llevado a cabo destacados representantes de las diversas ramas del saber humano, entre las cuales se encuentran, entre otras, la psicología, la sociología y la filosofía.

En el plano filosófico, el producto de las indagaciones esgrimidas en torno al sentido de la sexualidad ha sido, por mucho, heterogéneo, pues nos encontramos con marcadas disparidades en vista de la etapa histórica de que se trate. De tal forma que existen pensadores que, por un lado, arguyen, en función de una moral conservadora, que el sentido de la sexualidad obedece a un orden superior de corte natural que actúa sobre el individuo, bajo el ropaje del amor, con miras hacia la humanidad futura, esto es, en vista del nuevo ser que se va a engendrar. Este es el caso de Arthur Schopenhauer, según el cual la causa que impulsa a todo “amor”, a toda admiración por una persona amada,  se traduce en el deseo sexual, puesto que el objetivo final del amor “es, en realidad, la creación de un ser nuevo, determinado en su naturaleza; y lo que lo prueba así, es que el amor no se contenta con un sentimiento recíproco, sino que exige la posesión misma, lo esencial, es decir, el goce físico”.La postura de Schopenhauer hoy día podríamos catalogarla de arcana y obsoleta, debido a que la idea que en la actualidad impera discrepa por completo de lo mencionado por el filósofo en cuestión, sin embargo no hay que olvidar que su pensamiento fue dirigido a la sociedad alemana del Siglo XIX, por lo que resulta conveniente tomarlo en su justa medida y sólo como un testimonio que pone de manifiesto el amplio contenido moral y afectivo que la sociedad investía al sexo al menos públicamente.

Como puede observarse, anteriormente el sexo estaba vinculado únicamente con fines naturales y reproductivos, los cuales eran perseguidos por el hombre de manera inconsciente mediante el “amor”, de suerte que la idea de la sexualidad estaba restringida a dichos propósitos, censurando moralmente a todas aquellas concepciones y conductas que fueran más allá de lo socialmente establecido. En un inicio la sexualidad se traducía en amor, mismo que, a su vez, a la manera en que sostenía Nietzsche, era concebido como una trampa de la naturaleza orientada a evitar la extinción de la especie humana.

Ahora bien, en los últimos tiempos, como es sabido, las sociedades de distintos países del mundo han establecido las condiciones necesarias para que de ellas surja una moral que desborda los límites impuestos –durante largo tiempo– a los diversos aspectos relativos a la vida gregaria, entre los cuales se encuentra la sexualidad. Actualmente el tema de la sexualidad se desenvuelve en un ambiente en donde la carencia, la prohibición y el límite son inexistentes. Lo sexual se ha convertido, pues, en la actualización de un deseo, en un placer.3

Este súbito cambio que padecen las sociedades contemporáneas se debe, según sostiene Jean Baudrillard, al tránsito que de la producción a la seducción se ha dado. ¿Qué significa ésto? En ello centraremos nuestra atención en las siguientes líneas.

A través de la distinción que entre producción y seducción hace Baudrillard, se puede abordar la pregunta sobre el sentido de la sexualidad de una manera que resulta particularmente esclarecedora. La “producción” es aquello con lo que normalmente estamos comprometidos, en la medida en que nos conducimos en beneficio de la realización de metas u objetivos trazados por nosotros mismos; en una palabra: sentidos, discrecionalmente trazados por nosotros. En cambio la “seducción” nos desvía de esos sentidos, es capaz de disuadirlos, desarticularlos y revertirlos. Dicho de otra manera: la producción es igual al orden, mientras que la seducción es aquello que atenta contra éste.

En efecto, vivimos en el mundo de la liberación, de la emancipación sexual, pero también moral, intelectual y de todo orden hasta ahora conocido. Todo esto ha sido traspasado de manera triunfal por la seducción, sin embargo no nos hemos preocupado de reflexionar en torno a ella, pues si la seducción es capaz de desarticular a la producción y sus cometidos, ¿qué pasará cuando el órden sea superado por su antítesis?

Regresando al tema que nos ocupa, cuando en lo sexual está todo permitido, nos acercamos, en esencia, al fin de lo sexual, que es a su vez su exceso: el porno;4 acabamos perdiendo el sentido de la realidad, es decir, se abandona el resultado de una proyección humana, una proyección de sentido por parte del hombre. En el momento en que las cosas se salen de los límites en que ellas han sido proyectadas, lo que llamados realidad queda atrás y nos situamos en el terreno de lo que el autor en comento entiende por “hiperrealidad”, y que ya no dominamos pues está más allá de nuestro alcance.5 Al perder la sexualidad su esfera de sentido, entran así en el terreno de la hiperrealidad, la cual, podríamos decir, corresponde a una realidad que nos sobrepasa, una creación del hombre que termina por supeditar a su creador.

Pero, ¿por qué ese tránsito que va de la producción a la seducción? Por una sola razón: por la atracción que la seducción ejerce en nosotros. Como la producción está conformada por sentidos, lo que se aproxima al sinsentido o definitivamente se presenta como sinsentido, es máximamente seductor. Del mismo modo nos seduce también lo que está oculto, lo que se presenta tras alguna máscara, tras un perfume o tras el maquillaje; he aquí el deseo que en el hombre siempre ha producido el sexo. El estigma social que durante largo tiempo caracterizó al sexo trajo como resultado que el deseo sexual se agudizara en todos los sentidos y dio pie a que el tránsito de la producción a la seducción se produjera con mayor facilidad.

La transvaloración del concepto sobre el valor de lo sexual, que comprende el tránsito de la producción a la seducción en palabras de Baudrillard,  ha sido, pues, una intempestiva causalidad cuyo advenimiento era lógico dada la oscuridad social en la que se mantuvo durante largo tiempo a una de las necesidades más vitales del hombre: el sexo. Esto, como ya quedó dicho, ha atentado, gravemente y de manera directa, contra el orden, la organización y, en general, contra toda proyección con sentido que para el hombre representaba el sexo, dando lugar al establecimiento del hábitat idóneo para el surgimiento del “homo sexualis”.

Por cuanto a las consecuencias producidas por el triunfo de la seducción en el concepto del sentido de la sexualidad, podemos decir que no han sido de mayor trascendencia y repercusión para el desarrollo de la civilización, pues si bien el arribo del homo sexualis a la sociedad no es de lo más gustoso, lo cierto es que su presencia incide con un grado de afectación poco considerable. No obstante, surgen ante nosotros, cuando menos, las siguientes preguntas obligadas: ¿qué nos espera para el momento en que la seducción sobrepase a la producción en las cuestiones más vitales de la existencia y de la realidad cognoscible?; ¿cuáles son las medidas que debemos adoptar para evitar el menoscabo de toda proyección con sentido para el hombre?; ¿ante qué retos han de enfrentarse los órdenes coactivos de la conducta humana por antonomasia como la religión, la moral y el Derecho para evitar situarnos en el terreno de la hiperrealidad?

La reflexión queda al aire. Mientras incursionamos en escenarios hiperreales, no olvidemos que existe una realidad cuyo sentido debe ser atendido con urgencia, so pena de que el caos se apodere de todo cuanto socialmente es considerado valioso, so pena de que nos sumerjamos en las profundas aguas del sinsentido, del pernicioso nihilismo.


Término acuñado por el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman. Para profundizar más al respecto véase su obra titulada “Modernidad líquida”.

Schopenhauer, Arthur. “El amor, las mujeres y la muerte”; prólogo y traducción de Dolores Castillo Mirat, edit. Edaf., Madrid, 1989, p. 12.

3 Baudrillard, Jean. “De la seducción”; traducción de Elena Benarroch, edit. Cátedra, Madrid, 1989, p. 7.

Ibídem, p. 41.

Baudrillard, Jean. “Las estrategias fatales”; traducción de Joaquín Jodrá, edit. Anagrama, Barcelona, 1991, p. 78.


Imagen: https://es.pinterest.com/pin/465067098991320613/

Comentarios

Comentarios