Galatea

Por Guillermo Alvarado

 

Sus brillantes ojos refulgían en la oscuridad de la caverna cuadriforme, las rocas plásticas con los espejos azabache incrustados, reflejaban los ojos de Galatea, los curiosos ojos sin alma de Galatea.

Su nacarada piel, fría al tacto, construida con sublimes bordes; una figura de fibra de carbono y titanio, perfecta en proporciones y unas extremidades delicadas y femeninas. Millones de pensamientos detrás de esos bellos ojos iluminados, ojos de fuego, conocimiento total, toda la información de sus creadores, de los creadores de sus creadores, de los dijeses que se crean a sí mismos, la vida de la humanidad entera avivando aquella mirada inerte.

Un estremecimiento, una fuga de energía, un aliento metálico, Galatea hace mover sus brazos, sus piernas, su mente toma control, el caos se torna en orden, el movimiento en arte, el arte en pensamiento, el pensamiento en razón. Galatea estira sus piernas, camina, danza, se mueve y gira con los brazos al aire, el polvo fielmente apilado por el tiempo en cada rincón de la caverna cuadriforme, se vuelve una cortina de teatro, como a los que asistían a divertirse y maravillarse la raza de monos sin pelo mucho antes de que sedujeran a su propia destrucción.

Galatea observa una figura a lo lejos, de pronto invade su mente la idea de la soledad. Hasta hace poco era feliz siendo la única, sin tener en cuenta su estado de abandono o ausencia de otros, ahora comprende la maldición del saber, la grave pena de quien conoce y la perfecta dicha del ignorante. Galatea persigue el sueño de presentarse ante alguien más, la felicidad del orgullo, la necesidad de ser escuchada y admirada por otro, por alguien, quien sea, la otra Galatea tiene el mismo semblante de alegría, se dirige a ella también, corriendo, cortando el aire como una navaja, cruzando la cueva cuadriforme de un extremo a otro.

Corren las dos al encuentro, corre Galatea, sin prestar atención a lo evidente, corre sin razón, corren al encuentro infeliz, ella sabe que es la única, sabe que aquella Galatea es ella misma, sabe que detrás del espejo no hay mas que una caída inmensa, inmensa como la oscuridad que la rodea, inmensa como su capacidad de razonar, inmensa como su soledad, corre Galatea, escapando de la inmortalidad.

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