Futuro no

Por Alejandra Quezada

Como jóvenes, tenemos potencial y cargamos sobre nuestras espaldas un enorme peso en materia de expectativas. Somos ese sector de la población que todavía confía en el cambio, que tiene fuerzas para impulsarlo e ideas frescas que resultan de los profundos cambios tecnológicos – y por ende ideológicos – con que crecimos. Las cosas ya no se hacen como se hacían antes y la única constante es el cambio. Como jóvenes lo sabemos muy bien y el reto nos encanta.

Pirámides poblacionalesPero nuestra importancia trasciende nuestros sueños e ideas – ingenuas para algunos, grandiosas para otros -. Actualmente, 55% de la población nacional tiene 29 años o menos y 26% se encuentra en el rango comprendido entre los 15 y los 29 años (INEGI, 2010). Los jóvenes, que tendremos menos hijos que nuestros padres, podemos integrarnos como entes productivos con una esperanza de ahorro y crecimiento nacional.

El tema ya está sobre la mesa. Empieza a escucharse en todos lados y se repite a diestra y siniestra como una verdad consensuada que poco se piensa. Está de moda y existen razones de sobra para que así sea, pero corremos el riesgo de que, ante la falta de concreción en las medidas tomadas alrededor del tema, la causa quede en palabras huecas.

En primera, porque no existe un acuerdo sobre el período que encierra a la juventud en México. Poniendo un ejemplo, mientras el Instituto Mexicano de la Juventud (IMJUVE) considera el rango comprendido entre los 12 y los 29 años, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) suele enfocarse en las personas entre 15 y 29 años. Al variar estos referentes, las características y necesidades reportadas para la juventud en México no son fácilmente comparables y los esfuerzos para elaborar análisis multidisciplinarios avanzan a ciegas.

En segunda, las instituciones mexicanas carecen de mecanismos eficientes de recolección de la información. No existe rigor para que los registros estadísticos sean desagregados con criterios de edad y género, lo que imposibilita saber en qué medida participan, aportan y cuestan sectores específicos de la población, en este caso los jóvenes.

Sin estos cimientos, esperar que el gobierno realice planes adecuados para alcanzar el potencial de los jóvenes es muy ingenuo. El esfuerzo, que comienza con el deber gubernamental, es tarea de todos. Porque mientras no se investigue, no se procure ni se valore –a conciencia– a la juventud en México, nuestros sueños nunca dejarán de serlo.

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