Fuego en casa: El mundial de Brasil 2014 y el impeachment de Dilma Rousseff (Parte I)

Por Uriel Carrillo Altamirano

Primer tiempo

En las últimas décadas el estudio de los deportes ha cruzado barreras académicas y sociales. Actualmente no es posible concebir al deporte sin considerar sus implicaciones económicas y políticas. Por lo que casi siempre es necesario repensar al deporte más allá del área física y subjetiva.

En ese sentido, el siguiente trabajo aborda los temas del deporte y la política en Brasil después del mundial de fútbol 2014, así como algunos de los procesos políticos que se iniciaron en dicho país, en específico la destitución de la entonces presidenta Dilma Rousseff.

Sin embargo, este no puede entenderse sin un eje transversal, el económico, que dote de sentido a lo sucedido en Brasil desde 2007, cuando fue electo como siguiente sede del mundial de fútbol para el 2014 y para los juegos olímpicos en 2016. Entonces, ¿cuál es la relación entre el mundial de fútbol y la destitución de Dilma?

Tras vestidores

Cuando Lula Da Silva se encontraba al frente de Brasil (2003-2010) logró una serie de éxitos que la nación no había visto en años. La economía repuntó gracias a nuevos hallazgos petroleros, sus nuevas relaciones comerciales, así como por la estabilidad social que poco a poco conseguía el mandatario.

Como parte de esas hazañas, parte del gobierno brasileño logró negociar con la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) llevar el próximo mundial a dicho país. Además, hicieron lo mismo con el Comité Olímpico, dando como resultado una respuesta positiva, por lo que desde el 2007 el gobierno de Da Silva comenzó los preparativos.

“Cabe recordar que la FIFA designó a Brasil como sede de su campeonato de fútbol en 2007, un año antes del inicio formal de la crisis financiera global. Bajo el gobierno de Luiz Inácio Lula Da Silva, el país era objeto de prematuros elogios por su aparente fortaleza y crecimiento económico pujante, que en gran parte, se debía a su motor externo: China” (Barba, Guillermo, 2014).

Ante este panorama, Lula comenzó la planeación de dichos eventos. Para el mundial, específicamente, se centró en la construcción de grandes estadios que le permitieran albergar a una gran cantidad de asistentes. Además, el proyecto incluía una serie de remodelaciones y nuevos edificios en diversas partes del país, lo que le permitiría dar impulso a la economía nacional.

Sin embargo, el presupuesto presentado a la FIFA en un principio se convertiría en sólo un borrador de lo que al final representaría. Además, Brasil necesitaba trabajar en conjunto con los organizadores del evento en una “formula [que] consiste en transformar el gasto en inversión, [donde] la FIFA ofrece un paquete cerrado con reglas propias, como una empresa multinacional, al mejor estilo de una franquicia a un costo y con una determinada ganancia inicial, El quien la compra el que debe procurar que el 5% de ganancias y el costo de realización del evento redunde en su propio beneficio” (Sport.es, 2014).

En este panorama Brasil tenía que considera el ritmo al que crecía su economía. Datos que le tenían que proporcionar la base de cómo deberían realizar los planes, pero lo que sucedió fue justo lo contrario, ya que el gobierno brasileño vio el cuánto.

Meses antes de iniciar el mundial surgieron diversos estudios que comenzaban a cuestionar la inversión realizada, ya que “según la aseguradora Euler Hermes la Copa del Mundo añadirá un 0,2% al crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) brasileño y un 0,5% al de la inflación”. Mientras que “la consultora internacional Ernst and Young, predice un impacto económico que multiplicará por cinco la inversión realizada” (Justo, Marcelo, 2014).

Estas decisiones comenzaron un proceso de tensión entre el gobierno y la sociedad brasileña. Parte de los conflictos gestados comenzaron por el cuestionamiento de la cantidad de dinero invertido en un evento como este, así como por el alza de algunos impuestos. Además, cabe recordar que un sector amplio de brasileños ha sido conocido por vivir en un grado de marginalidad que no les permite la movilidad social.

Sin embargo, de acuerdo con Heinemann (1998: 273) cuando el deporte y la economía de un Estado encuentra un punto en común empiezan darse una serie de relaciones entre estos dos ámbitos. En ese sentido, el impulso dado por el gobierno permitió acrecentar un tipo de relación, en este caso “las relaciones de cooperación [existieron] cuando el deporte y la economía [persiguieron] los mismos intereses económicos que se hacen realidad en los patrocinios o la creación de nuevos productos y la apertura de mercados de consumo”.

Dicha relación encaja con la perspectiva de ver al deporte, en este caso el fútbol, como espectáculo y fuente de reproducción capitalista, en el cual se pone énfasis en la rentabilidad que genere, así como del capital económico y simbólico que se obtenga. Es decir, llevar un mercado de consumo diverso a la población brasileña, al mismo tiempo que lo intercambia con las demás naciones (turismo y apropiación cultural).

Primer Tiempo

Después de la salida de Da Silva en 2010, Dilma Rouseff se convirtió en la siguiente presidenta de Brasil. Un puesto que le costó años de trabajo, relaciones políticas e incluso el mismo puesto. Como parte del mismo equipo de trabajo, Rouseff se dedicó a mantener un plan de trabajo parecido al de su antecesor, donde la prioridad se centraba en el petróleo y el desarrollo de los eventos deportivos. Para este propósito, Dilma decidió seguir con la inversión de grandes cantidades de dinero, lo que un primer momento favoreció el dinamismo de la economía brasileña.

En cuanto al eje de infraestructuras y efectos económicos cabe señalar que el desarrollo de grandes estadios en el país representó una gran parte de la inversión, la cual fue cuestionada por ser excesiva. “Sólo en este rubro la suma gastada en 12 estadios se disparó a US$3.300 millones. El total del gasto de la Copa del Mundo trepó a más de US$11.000 millones, el más alto de la historia. En Sudáfrica 2010 se gastaron US$6.000 millones” (Justo, Marcelo, 2014).

Aunque las cifras pueden variar, dependiendo la fuente, ninguna minimiza los montos. Por ejemplo, “la inversión más trascendente, más inclusive que en estadios, será en infraestructura de telecomunicaciones: US$ 8.100 millones” (Sport.es, 2014).

Por otro lado, parte de las consecuencias negativas en la economía fue el alza de los precios en algunos servicios y productos. Situación que llevó a tensar más la relación entre los brasileños y el gobierno. Fue justo el alza a las tarifas del transporte público lo que detonó una serie de protestas sociales en Brasil, pues más allá del crecimiento económico y movilidad social efímera del mundial y de los juegos, los ciudadanos no compartían la visión del gobierno de Dilma[1].


Fuentes de referencia:

[1]  “Dezessete dias separaram os anúncios dos aumentos das tarifas de ônibus, metrô e trens em São Paulo e no Rio de Janeiro, em 2 de junho de 2013, e a revogação da decisão, no dia 19 daquele mesmo mês” (Mendes, Vinícius, 2018).


Imagen: https://gestion.pe/tendencias/brasil-2014-campo-minado-reeleccion-dilma-rousseff-61156

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