Flagrancia y preparación política

Por Miguel Téllez

Hace unas semanas platiqué con un primo acerca de ética jurídica y filosofía del derecho. Quiero compartir dos asuntos que surgieron de esa plática: flagrancia y la preparación –o perfil, podríamos decir- de un político.

Johann estudia Derecho y es un primo de esos que parecen más bien tu hermano. En una ocasión comenzamos a discutir acerca del nuevo reglamento de tránsito y salió el tema respecto a que un policía –que no es de tránsito y en esta situación ya no se trata de ir en auto- no puede detenerte de manera arbitraria –ni siquiera cuando suelen decir “es de rutina”-. Me comentó Johann que para ser detenido debe haber ciertas condiciones que se les conoce como flagrancia. Si ustedes buscan flagrancia hallarán el sentido etimológico, que es algo como ‘arder’. Sin embargo, para aterrizar la idea, podemos entender eso de flagrancia con la expresión de “con las manos en la masa”. Claro que flagrancia es más elegante, pero pensemos en la expresión mencionada para tener la idea.

Para mayor exactitud de los supuestos de flagrancia, es recomendable consultar el artículo 146 en materia penal. Algo que me inquietó es cuando Johann señaló que para poder ser detenido, algo que estipula el artículo 146 –en II, inciso a- es que la persona sea “(…) SORPRENDIDA COMETIENDO EL DELITO Y ES PERSEGUIDA MATERIAL E ININTERRUMPIDAMENTE…” ¹. Lo inquietante es el asunto de la búsqueda no interrumpida. Lo que ocurre –le decía a mi primo- es que normalmente la gente cree que si sabes que ‘x’ es el delincuente y lo ves después –al día siguiente, digamos-, lo ‘común’ es pensar que tal delincuente debe ser detenido, pues se trata de la misma persona. De hecho es un juicio moral bastante extendido: si ‘x’ cometió un delito en la mañana del lunes 14 de abril del 2013 –y supongamos que fue perseguido pero pudo escapar el delincuente- y luego la víctima lo ve ese mismo día pero al atardecer, cualquier persona –si le preguntamos si el delincuente debe ser detenido- dirá que este debe ser remitido a las autoridades. Pero, según supuestos de flagrancia, esto no debe ser así -incluso esto mismo ocurre en el art. 146, II, B-. Luego de exponer mi inquietud, pareció que mi intervención logró persuadir a Johann, pero debo señalar que al ejemplo le agregué una pregunta con tintes más o menos filosóficos: ¿acaso es que el delincuente deja de serlo sólo porque ya no se cuentan con los supuestos de flagrancia? O bien, alguien podría sugerir que esa pregunta es muy caritativa con el delincuente, ya que si sabemos que de hecho ‘x’ cometió delito, aunque lo veamos dos horas después –y claro, hay que mencionar que este asunto tiene sentido mientras no sea redactado un documento de aprehensión-, éste debe ser detenido.

Luego de aquella discusión, otro tema que tocamos fue referente al ámbito político. Le comenté a Johann mi insatisfacción respecto al trabajo de algunos políticos. En ese asunto, salió el tema del tráfico vehicular. En algunas ocasiones, por la zona donde vivimos, las autoridades no mandan policías de tránsito y el caos se nos presenta. Dan ganas de ponerse un chaleco de algún color y poner orden- le comenté a mi primo. No lo he hecho porque ignoro si sea legal- puntualicé. Él me aclaró que de hecho es legal.

Finalmente, aún en el ámbito político, me quejé con él de la poca –o nula- preparación que tienen algunos representantes políticos. Johann sabe de mis conocimientos referentes a la política, que son de corte filosófico y que de hecho –y que quede claro que no es presunción- tienen bastante relevancia en distintas discusiones: distribución de bienes primarios, salud pública, educación, comunidades minoritarias, derechos humanos, etc. Esto para decir que mi queja no fue sólo una queja sin fundamento.

En ese asunto fue él quien puso la piedra de toque para criticar con mayor fuerza la cuestión de la que me quejé: ni siquiera en la Constitución está establecido que los representantes tengan cierto perfil para ocupar un cargo.

Como conclusión –porque considero que la crítica no necesita ni siquiera más premisas de apoyo-, hay que entender que en lo político las promesas pueden ser más o menos interesantes, pero si en algo hay que fijarnos, es en la preparación o el perfil de un político. Por mencionar una analogía que quizá funcione: en cargos académicos –como ser rector- hay que cumplir con ciertas cláusulas: tener doctorado, publicaciones, años de docencia, alto promedio, etc. Ahora bien, sostener esto no implica decir que se halló la piedra filosofal; tampoco se debe ser ingenuo. Lo que sí implica es que hay un respaldo más o menos seguro respecto a una preparación o perfil de un cargo que no es cualquier cosa.

Para finalizar, queda la invitación a consultar asuntos políticos, porque de hecho nos competen. Hablar de política no es necesariamente hablar de la realpolitik, que es lo que mucha gente cree que es –claro que hay tomar en cuenta esos asuntos, pero como piedra de toque será difícil conseguir algo-. Por último, agradezco a Johann Zamano por las asesorías algo informales en estos temas y en otros que me ha brindado. Siempre da gusto saber que hay personas con actitud de compartir conocimientos, y qué mejor con aspiraciones respecto a la justicia. Es algo que arranca la sonrisa bonita.


¹ Ver., http://info4.juridicas.unam.mx/ijure/fed/7/147.htm?s=


Imagen: http://blog.shoelander.com/2015_05_01_archive.html

 

 

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