Fin de año

Por Brandon Ramírez

 

En un sentido natural, todos los días son iguales. Los movimientos de nuestro planeta crean distintas condiciones que hemos denominado día y noche, que medimos en segundos, horas, minutos, días, semanas, meses y años. Sin embargo, para las demás especies con quienes compartimos la tierra no hay ninguna diferencia entre un lunes o un jueves cualquiera, ni una implicación mayor de si vivimos en 2015 o 1874… O al menos, eso es lo que pienso siempre que se acerca una fecha que tradicionalmente se festeja.

Los cumpleaños son algunas de las fechas más celebradas. Que el calendario vuelva a marcar la misma fecha que marcó cuando nacimos, es motivo de congratulación para nuestra familia que, desde que somos bebés, suelen organizar reuniones para conmemorarlos. Al crecer, vamos adoptando ese ánimo festivo y, salvo sus excepciones, disfrutamos saber que ese día se acerca, recibir las felicitaciones, abrazos y morder (mientras estamos en guardia esperando que nadie nos empuje) el pastel. Cumplir años va marcando nuestro camino en la vida. Tener cierta cantidad de ellos nos va permitiendo incorporarnos a dinámicas sociales distintas, como los diferentes niveles de educación o la posibilidad de votar y conducir automóviles.

Las fechas civiles y religiosas, por otro lado, marcan cosas que usualmente pasaron antes de que naciéramos. La Navidad o Semana Santa, por ejemplo, originalmente se trata de recordar acontecimientos que definen una estructura religiosa, aunque algunos lo ven como periodos vacacionales y la posibilidad de reunir a las familias para hacer una cena más elaborada que en otras noches. La Independencia de nuestro país, la Revolución o el Día de la Bandera, son otro ejemplo, y buscan mantener presente los acontecimientos que han marcado el devenir del país; eso sobre lo que se ha construido la idea del nacionalismo y busca dar sentido a la expresión “mexicanos”.

También, cada día hay más “Día Internacional de” en los calendarios. Son fechas que se han acordado, entre otras organizaciones, por la ONU, con un sentido reivindicativo y en apoyo, muchas veces, de luchas que aun mantenemos como humanidad, para hacer de nuestro planeta un lugar mejor.

Sin embargo, hay una fecha que para muchos de nosotros es más trascendente que todos los ejemplos previos, y acontece esta semana: año nuevo. El fin de un año y el comienzo de otro, esa fecha que nos obliga incluso a cambiar de calendario o de agenda (a menos que utilicemos las que incluyen nuestros celulares).

Hemos dotado de una gran significación al 31 de diciembre y al 1 de enero. Tradicionalmente hacemos un ritual anual, al escuchar las últimas campanadas del año que se va, mientras recibimos al que viene con 12 uvas en nuestro estómago, cada una representando un propósito que, aunque pueden repetirse en cada ocasión, la sensación de un nuevo comienzo nos motiva para, ahora sí, llevarlos a cabo.

La fecha es arbitraria, marcada por el calendario gregoriano, pero no deja de ser importante para muchos. Solemos recordar y evaluar lo que hicimos los últimos 12 meses: alegrarnos por los triunfos, sentirnos decepcionados por nuestros fracasos, calificar nuestras decisiones en retrospectiva y arrepentirnos o alegrarnos del camino tomado, prometiéndonos que el año que inicia debe ser mejor.

Al final, es imposible que sepamos con certeza cómo nos irá en esta nueva vuelta de la tierra al sol. Esforzarnos en cumplir nuestras metas, trabajar en construir el camino que queremos para nosotros mismos, es la mejor forma que tenemos para tratar de que este año sea mejor que el anterior. Difícilmente el año de alguien estará plagado de felicidad y buenas noticias, siempre hay declives y problemas. Siempre he sido de la idea de que todos esos malos momentos nos permiten apreciar y disfrutar los buenos. No sabríamos las bondades de la luz sin la oscuridad, lo que se siente estar sano, sin la enfermedad, lo que es la felicidad sin la tristeza.

Nuestras vidas son construidas por nuestras decisiones, algunas acertadas, otras no tanto, pero todas ellas tomadas siempre pensando en que son la mejor apuesta que podemos hacer en ese momento. También están formadas por vínculos con otros. Algunos se rompen, otros se mantienen fuertes, aunque ninguno dura para toda la vida.

Estoy seguro que ni Nostradamus podía tener la certeza de cómo sería su vida al inicio de cada año, así como nadie más. Adoptar la postura de que estamos ante un nuevo comienzo, y la posibilidad de hacer lo mejor para nosotros mismos, me parece que es la perspectiva más adecuada para estas fechas, y no el martirizarnos por lo que no hicimos este año y las incertidumbres del devenir.

Dicen que desear suerte a alguien implica poner nuestras esperanzas en el azar, como si la vida fuera un juego y que es mejor desear éxito a los demás. Sin embargo, creo que todos nos hemos sentido afortunados alguna vez, y no está de más desear suerte, además de éxito, a quien lea estas líneas.

Por cierto, 2016 es año bisiesto.

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