Ficciones de la patria desmembrada

Por Emilio Suárez

En un universo paralelo México dejó de existir en 1852. Herido de muerte tras la guerra con Estados Unidos, un grupo de carniceros terminaron de destazar ambas penínsulas. El Istmo fue embutido en tripas de los caídos y ofrecido al gobierno Republicano de Ulises Grant. El resto del territorio, viéndose más diferentes que similes, rompió con la unión y jaló cada quien con su suerte. Fue el final de un inmenso territorio imperial que abarcaba varios meridianos de ancho y que seguía el adelgazado natural del continente hasta la estrecha Centroamérica. Aquella heredada extensión colonial tuvo su trágico desenlace al convertirse en la República del Bajio, la del Noreste, Patria de Occidente, la Gran Guatemala, la República Unificada de California y el Protectorado Británico de Yucatán. Del México que conocemos no quedo rastro.

En la cabeza de más de un amante de la distopía y de los hubieras apocalípticos, la semana pasada Chihuahua se separó de México. En una inusual escalada del conflicto que protagoniza Corral contra la Federación, la suma de egos y las revanchas añejas dieron como resultado la declaración unilateral de independencia. Obvio que Trump twitteo, Cataluña mostró su solidaridad y una marcha de memes se formó en la columna del Ángel. Al grito de “esto va por Maquio”, se decreta que habrá  fiesta por la independencia en febrero, por unanimidad se vota conservar el tradicional Grito para incluir el Viva Gómez Morin y también la Virgen de Guadalupe al final del espectáculo.

Quizá los más incrédulos subestimen el hipotético caso de la separación de Chihuahua de la Federación, pero basta un único segundo de vislumbrar un México sin Barrancas del Cobre, sin las maquilas de Cd. Juárez, sin el pasado liberal y el legado villista, sin los ecosistemas que aporta al diverso territorio, sin su variedad de carnes y derivados lácteos, sin su caricaturesco perro enano, para comprender la gravedad de la situación. Lo cierto es que tenía mucho en la historia mexicana que no presenciabamos una lucha como esta, mejor dicho como las de antes. Con muestras multitudinarias de apoyo, con caravanas que avanzan hacia la capital, con Secretarios de Estado abusando del vocabulario técnico; fue como leer un periódico del siglo XIX. Las demandas tenían un dejo de dignidad y heroísmo, las respuestas fueron tajantes y bravas. Parecía que ninguno de los dos cedería.

Tan súbito como su inicio, el conflicto parece haber llegado a un primer descanso. En un evento por demás histórico, el Gobierno Federal reconoció su equivocación y se comprometió a pagar los 900 millones que adeuda a Chihuahua. La recapacitación fue más costosa que eso. En realidad, el gobierno central termina por validar las denuncias de la existencia de un pacto de impunidad, la complicidad en el servicio público, la promesa de la eterna complicidad. Sin poder adentrarnos a los pormenores del asunto, desde acá pudimos ver el régimen inamovible tambalearse. Basta con que un gobernador decida no adherirse a las reglas del juego para que apreciemos las delgadas piernas en las que está montado un sistema de silencios e impunidad.

Ahora que la confrontación parece apaciguada, no desviemos la atención de los hilos pendientes: Hay un exgobernador que debe encarar la justicia. Hay más de un Duarte al que esperamos le hagan báscula para recuperar lo robado. ¿Y qué más da si Corral independiza Chihuahua y ahora en el Chepe piden pasaporte? ¿Qué si al TLCAN invitan a su cuarto miembro y las maquilas de Juárez no se negocian? Alguien se detendrá a pensar ¿y si los Rarámuris disfrutan de ya no ser mexicanos?¿Y qué si México pierde un clima y lo degradan a país casi-megadiverso? ¿Y qué si el país pierde su forma de cuerno y empieza a parecer una horrible pinza? ¿Y qué más da si el Tribunal de la Haya falla a favor de la lógica y otorga la denominación de origen de los perros chihuahueños? Lo que queremos es un estado permanente de justicia.


Imagen: http://www.4vientos.net/category/slide/

 

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