Ficción literaria y filosofía pragmática

Por Mónica Vargas

El estudio filosófico ha permeado vitalmente a la literatura y viceversa; no podríamos prescindir de ninguna, pues trabajan en una misma corriente: las humanidades.

Las fronteras entre filosofía y literatura nosotros las imponemos; considero que en esencia, la filosofía y literatura siempre han estado unidas porque plantean los mismos problemas, en el sentido de que no son ciencias formales, sino que son saberes que hablan de un problema sobre la condición humana. La diferencia entre filosofía y literatura no radica en que una esté escrita en verso ni en prosa, sino que hablan del ser, que a final de cuentas es una condición Aristotélica, en donde la diferencia no es la forma, sino que ambos estudian una fuente universal: las contradicciones, las virtudes y las pasiones del ser humano; en eso están hermanadas desde origen. Pensemos en los diálogos de Platón, en La Divina Comedia, en las tragedias griegas, en La náusea de Jean Paul Sartre, en Erasmo de Róterdam… esas obras que son el ejemplo concreto histórico de esta relación entre filosofía y literatura. La lejanía la imponemos de manera formal, pero en las tradiciones siempre han estado de la mano.

Una de las concepciones de la filosofía, aparte de ser una disciplina que estudie sobre la realidad humana, sobre las entidades metafísicas o que sea un discurso trascendental, se ha entendido también en la época contemporánea como un análisis del lenguaje ordinario y de sus supuestos, de qué manera hace referencia a la realidad. Un filósofo de la talla de Paul Ricoeur apuesta a esta idea: la misión de la filosofía es vincular nuevamente el mundo de la lengua con el de la realidad, con el mundo de lo existente (particularmente en el campo de los actos). De manera un poco incidental, filósofos como J. L. Austin, inauguran una corriente de la filosofía que es la del lenguaje, por ejemplo con su teoría de Los actos del habla. También como el problema mantenido entre Aristóteles y los Sofistas se mantiene en esencia la incidencia que puede tener la filosofía respecto de disciplinas un poco más definida metodológicamente como la propia lingüística.

La filosofía en su origen, para poder acercarse a la realidad, necesita conceptos. El filósofo español Emilio Lledó diría: “aire semántico, palabras, lenguaje”, cómo transmitimos los lenguajes tradicionales en conceptos como el ser, el arché, la razón…y en este giro, es precisamente en el siglo XX que se pasa una filosofía de la conciencia y decirnos cómo funciona nuestra cabeza, ahora cómo funciona el lenguaje; a este movimiento se le llama El giro lingüístico: toda esta preocupación a la tradición ajona, hermenéutica, Ricoeur y autores que ponen énfasis en el funcionamiento del lenguaje. Podríamos decir inclusive acerca de la ficción, en el sentido filosófico, que el lenguaje literario ficciona la realidad, recrea la realidad, pinta la realidad pero de manera métrica, con sentido y forma.

La filosofía de manera pragmática y hegemónica, maneja un lenguaje sistemático, racional, argumentado que rompería con la forma de expresión literaria. Pero en la tradición filosófica, ha habido filósofos que usan las metáforas y la poesía como elementos para expresar la realidad; creo que uno de los autores clásicos y pragmáticos son Heráclito y Parménides (ambos griegos), Nietzsche, Walter Bejamin, son autores que no necesitan de argumentos filosóficos, premisa menor, premisa mayor ni conclusión, sino que son como relámpagos pensamientos e iluminaciones como un rayo que como un fragmento poético nos dicen lo que es el hombre y el mundo. La cuestión racional no impide que dentro de la filosofía sigan existiendo formas literarias poéticas y elementos existencialistas. Tanto la literaria como nosotros ficcionamos la realidad de manera diferente bajo un presupuesto en que el lenguaje es una forma que nos dice qué cosa es la realidad. ¿Cuál sería la forma de decir la realidad, la poética o la filosófica? Yo diría que son dos formas, dos lenguajes que acceden a eso que llamamos realidad. Muchos dirían que lo que los filósofos elaboran en grandes obras, los poetas, en una sola línea lo dicen todo. Diría Virgestein que “lo que no se puede hablar es mejor callar”, tal vez en el fondo lo que nos dice es que lo más importante no es lo que decimos, sino lo que no podemos decir.

Pensamos a veces que las humanidades son disciplinas muy sencillas porque nada más hay que leer o escribir; pero escribir, leer y pensar por uno mismo es lo más difícil, pensar auténticamente es lo más difícil. Eso lo logramos a través del diálogo, del cultivo de todas las tradiciones literarias y filosóficas que hay. Siempre hay que tener la mente abierta, cuando decidimos cerrar nuestra mente, cerramos todas las posibilidades de diálogo con todas las tradiciones posibles. Antes de hablar, saber escuchar; saber escuchar a los muertos, a las tradiciones, a los otros para pensar juntos, crear juntos, sentir en colectivo y en la medida de lo posible, convivir; en el sentido de cultivar a las humanidades en un mundo que se mueve al ritmo de las máquinas.


Imagen: https://www.mindomo.com

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