Felicidad: testimonio de un infeliz

Por Hugo Sánchez

 

Tal vez la felicidad consista en no
ser feliz y no preocuparse por ello.

 

La existencia está profundamente vacía. Somos nosotros, los humanos, amos de esta dimensión, quienes le otorgamos valor a todo cuanto existe. Tras haber destinado prolongadas horas de reflexión a este respecto, concluyo que todo está vacío de significación, y en consecuencia, de sentido. Esto lo sabían perfectamente los antiguos legisladores axiológicos, esos primeros hombres a quienes les debemos la existencia de los valores en su estado natural. No en vano, frente al temible caos del sinsentido, se dieron a la tarea de también crear un repertorio de fines que dotara de significación al juego de la vida; imaginemos cuán aburrida sería ésta en ausencia de fines que nos inspiraran cualquier interés, por mínimo que sea.

Esta es la razón por la que los seres humanos, en ejercicio de la libertad que día con día conquistan, se aventuran a vivir el momento proponiéndose numerosas y distintas metas, algunas de las cuales resultan ser más importantes que otras. Sin embargo, cualquiera que sea el objetivo individualmente trazado, directa o indirectamente, en primero o segundo orden, siempre buscamos ese confuso, volátil e incompatible estado de plenitud llamado felicidad. Así transcurren nuestros días en la búsqueda de una felicidad, muchas veces ininteligible e inalcanzable, que cuando menos tienes un certero placebo psicológico, cuya sigilosa función nos permite olvidar, aunque de manera momentánea, la finitud de la vida –y de todo cuanto en ella se encuentra–.

La felicidad, término tan extendido como incomprendido, entraña la misma dificultad que la concepción de Dios. Como éste, la felicidad nos fue presentada en su ausencia, con la promesa de que algún día la conoceríamos personal y vivencialmente, sin que para ello se nos diese un pequeño indicio de su existencia. Y es que tratándose de temas tan fundamentales, como lo son Dios y la felicidad, el ser humano no necesita pruebas. Éstas únicamente son relevantes a la luz de negocios superfluos, como en las deudas monetarias, por ejemplo. Requerir pruebas en asuntos de trascendencia existencial sería tanto como decir que los libros se hicieron para leerse y no para nivelar el piano, el librero o cualquier otro mueble ladeado. ¡Semejante barbaridad!

Nadie ha visto la felicidad. Sobre la misma han desfilado variados testimonios que nos dan una ligera idea de su existencia y paradero, pero hasta ahora no han sido lo suficientemente conclusivos como para describirle, ya no digamos su rostro, sino su silueta. Aristóteles, con el lápiz de las virtudes trató de dibujar a la felicidad como fin último del hombre, sin embargo no superó la ambigüedad que le rodea. Sidarta Gautama se aproximó un poco más al relacionar la felicidad con un estado mental clarificador del cosmos, pero, de igual forma, no logró traspasar el concepto. Schopenhauer, por su parte, haciendo honor al pesimismo con el que pasó a la posteridad, negó toda existencia corpórea de la felicidad, reduciéndola a una utopía que le era de utilidad al hombre para ocultar la desdicha. Posturas, todas éstas, que hacen más compleja la búsqueda –entiéndase, la definición– de la felicidad.

Desde mi trinchera cósmica afirmo, como muchos, que no conozco en absoluto a la felicidad. En algunas ocasiones, a lo sumo he sido menos miserable, pero no feliz. También he encontrado cierta alegría, pero jamás felicidad. Alguna vez se me dijo que existía y desde entonces la conozco sólo como concepto, no como realidad. Por eso, a la hora de emprender la presente reflexión, pensé en estructurar mi propia definición de felicidad a contrario sensu, o sea, enlistando todo aquello que no es, pues tal vez así llegaría a saber lo que en verdad es. Después, me di cuenta de que dicha empresa era imposible: la felicidad no es tantas cosas, que necesitaría miles de páginas para proceder con dicho método. De hecho, después de realizado el listado, nada me asegura que logre mi cometido, pues para ese momento la confusión crecería considerablemente.

Aun así, mis pesquisas no han sido del todo estériles. Escudriñando el valor supremo de la felicidad, he arribado a una conclusión que confirma lo dicho al inicio de mi reflexión: todo está vacío de significación y, en ese sentido, también la felicidad reviste una fuerte carga subjetiva. O sea que la felicidad depende de quien la pondera y normalmente está sujeta al antagonismo. De esta manera, si le preguntásemos al enfermo cuál es su definición de felicidad, seguramente respondería que la salud. Si le planteáramos esta pregunta al hambriento, no dudo que su respuesta sería en el sentido de que la felicidad estriba en un plato de comida. Lo mismo sucedería con el solitario, el anciano, el ciego, el pobre y el esclavo, quienes al pensar sobre la felicidad probablemente se representarían, respectivamente, a la compañía, a la juventud, a la visión, al dinero y a la libertad.

Pero como la lógica dicta que toda regla tiene su excepción, en el caso de la concepción subjetiva y antagónica de la felicidad, la ignorancia y la sabiduría desempeñan un papel independiente. En efecto, las personas que poseen dichos atributos no necesariamente conceptualizan a la felicidad de manera tradicional: en tratándose de los ignorantes, es tal el oscurantismo en que se hallan que siquiera son capaces de plantearse este tipo de cuestionamientos; su visión es demasiado débil para ver más allá de su nariz. Esta es la razón por la que los ignorantes, desconocedores incluso de su pesar, siempre mantienen un semblante que demuestra algo cercano a la felicidad. En el caso de los sabios la felicidad se hace aún más difusa: las personas con ciertos dotes de sabiduría casi siempre penden sus más altos objetivos –y, en consecuencia, su felicidad– en cuestiones, cuando no delirantes, sí excéntricas e incluso hasta incomprensibles (tal es el caso del legendario Diógenes de Sinope, quien hacía descansar la felicidad en el conocimiento puro y desinteresado, llegando a comprometer hasta su propia existencia en función de ello).

Sea cual fuere el contexto en el que nos encontremos, algo de cierto hay en que la felicidad es la principal causa de nuestras infelicidades. De hecho, el consagrarse a pensar sobre la felicidad es una tortuosa tarea que deja entrever que ni siquiera este valor supremo –al que hemos destinado gran parte de nuestros esfuerzos– se salva del sinsentido característico de la existencia. Sin embargo, es gracias a este vacío como el ser humano, cual Ave Fénix que resurge de las cenizas, puede redefinir su entorno y su felicidad, pues como alguna vez dijo Julio Cortázar: “nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo”.

Bajo esta tesitura, después de tantas infelicidades a causa de la felicidad, he decidido ya no buscarla más, puesto que no se puede buscar lo inexistente. La felicidad, como desde siempre se nos ha presentado, no existe. Buscar la felicidad es hacernos cada vez más infelices.

Tal vez la felicidad consista en no ser feliz y no preocuparse por ello. Quizá no sea más que un recordatorio de que debemos vivir al máximo cada momento. Probablemente la felicidad… es un pretexto para seguir viviendo.

 

 

Comentarios

Comentarios

Jóvenes Construyendo

Jóvenes Construyendo es una plataforma en línea que ofrece un espacio de expresión para jóvenes con grandes ideas con el objetivo de compartir puntos de vista y propuestas sobre juventud.