Fantasmas, voces e inseguridades

Por Driveth Razo

 

A veces sin darnos cuenta, empezamos a pensar negativamente. Este tipo de pensamientos van mucho más allá de la mente. Las ideas de desánimo influyen tanto en los sentimientos como en las acciones que uno realiza día a día.  La falta de fe o la impotencia que logramos proyectar provoca que nuestras acciones no se completen y las dejemos en una meta olvidada.

Al pensar negativamente se producen como consecuencia sentimientos que cuando menos lo esperamos, nos encontramos en un bosque sin tener la menor idea por donde salir. No vemos la salida y no somos capaces de crear nuestra propia vía de escape porque nuestra creatividad se esfuma.

Entre estos sentimientos, encontramos al miedo. Ese temor que aparece como un fantasma –sin avisar-. Este fantasma invade nuestra mente y nos quiere poner alerta para entender aquello que podría pasar en dado caso de llevar a cabo dicha acción. El fantasma no nos visualizará en la mejor situación posible, sino al contrario, siempre buscará ponernos en la peor situación que podamos imaginar. Cuando dejamos que este fantasma nos gobierne y nos siga hablando de los peores escenarios posibles, aparece la angustia. La angustia logra arrastrarnos hasta el fondo de la trampa donde nos encontramos, es la que logra encerrarnos en un círculo vicioso del cual no podremos escapar, porque las ideas que suplantan la realidad en la que se vive llegan a tener una mayor fuerza y por lo tanto, una mayor influencia en nosotros; logrando así, una victoria para el fantasma que logrará que nuestra meta no se llegue a cumplir.

El desánimo surge también de las ideas negativas que llegamos a tener. El temor vuelve a aparecer, pero en vez de aparecer como fantasma, resurge pero como una interrogativa: “Si me va a ir mal, ¿para qué intentarlo?” “Si no lograré acabar lo que empecé, ¿para qué esforzarme?”. Estas dos interrogantes se vuelven profecías cumplidas, ya que nos damos por vencidos antes de tiempo y sin intentarlo. Esto nos hace creer que nada valdrá la pena, que no importa cuánto queramos algo, nunca lo lograremos. Pero aquí hay que tener siempre presente esta frase para contrarrestar las anteriores interrogativas: “Es mejor intentarlo y fallar, que darlo por perdido sin intentarlo. Se necesita hacer un mayor esfuerzo, pero al final valdrá la pena sin importar el resultado, ya que después de todo puedes encontrar sorpresas gratas en el camino”.

La culpabilidad llega en algún momento, sin avisar y sin ser invitada, pero sobretodo llega para quedarse por un largo tiempo. Se convierte en una voz que nos acosa las 24 horas del día, esa voz que nos dice que somos los responsables de no cumplir nuestra meta. A veces no sólo nos culpa de metas perdidas u olvidadas, sino de sucesos que aunque nos hubiera gustado, no pudimos evitar. Entre más escuchemos a esta voz interior, tendremos más miedo de realizar cualquier acción por pequeña que perezca ya que sin importar los resultados, creeremos que si no se hubiera realizado –o por el contrario, se hubiera realizado- hubiera tenido un desenlace diferente y mejor que el obtenido.

Después de tiempo, se produce la desconfianza, la cual puede aparecer en diversos contextos incluyendo la desconfianza a los amigos, familia, vida y sobre todo a uno mismo. No confiar ni en nuestra propia sombra tiene como resultado vivir con la ansiedad latente en cada esquina, logrando así que no podamos disfrutar de la vida, ya que pensamos que en cualquier momento alguien nos puede dar el golpe final para acabar con nuestra frágil existencia.

Alguien que vive a las sombras del pesimismo, se tropezará con muchos obstáculos para llegar a la meta final. Tiene miedo de no ver el camino y por lo tanto, no se atreve ni siquiera a dar el primer paso, provocando que el estrés de no lograrlo se añada a los sentimientos dañinos que de por si viene cargando a cuestas.

Cuando pensamos negativamente, nos sentimos más grises, más solos y más apartados que cuando pensamos en positivo; nos sentimos indefensos, diminutos –sin importar nuestra altura ni edad-, nos sentimos a la deriva y pensamos que nos sirven en bandeja de plata a aquello que nos asusta. La realidad en la que vivimos no es la misma en la que pensamos, pero creemos que la realidad nacida de nuestro pensamiento es la que vivimos, y aunque ésta llegue a ser 100% irreal e imposible, nos resulta difícil dudar de nuestra propia percepción interior al ser tan intensa.

El pensamiento negativo logra que dejemos de creer en nosotros mismos. Logra hacernos sentir solos y sin nadie a nuestro lado. Logra alejarnos del mundo y sobretodo logra hacernos creer que somos los culpables por lo que sucede a nuestro alrededor. El pensamiento negativo nos cierra puertas y nos atrapa en un callejón sin salida. Por eso siempre es bueno pedir ayuda cuando empezamos a caer en estos sentimientos. Podemos acercarnos a nuestra familia y comentarles nuestros temores, a nuestros profesores y comentarles nuestras dudas, a nuestros amigos y comentarles nuestras inseguridades, e incluso si tenemos la posibilidad de acercarnos con un especialista mucho mejor. Lo más importante es nunca olvidar que no estamos solos, que aunque sea  en algún lugar recóndito de este planeta tenemos a alguien en quien podamos contar.


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