Extremos

Por Brandon Ramírez

 

Sin duda la ocurrido en París la semana pasada ocupó muchos de los espacios informativos del mundo. La pérdida de una vida ya es una tragedia, con mayor razón lo es la pérdida de decenas o cientos de éstas. Algunas de las imágenes que más circulaban en los primeros momentos de los atentados pertenecían a lo ocurrido tras terminar un partido de fútbol entre la selección francesa y la alemana, donde habían conglomerado a los asistentes al mismo al centro del campo, y podía verse el miedo, la incertidumbre y desesperación en muchos de sus rostros. Esta misma impresión transmitirían posteriormente todas las imágenes en las calles de dicho país.

Y no es para menos, imaginarse estar reunido con amigos o familia, compartiendo un momento divertido y de repente verse rodeado por ruidos de detonaciones, incertidumbre y pánico debe atemorizar hasta al más osado. El fin del terrorismo es precisamente generar terror, que a pesar de que ya no exista una amenaza real, las personas se sientan expuestas y vulnerables a un próximo atentado, y es común que la frase más repetida en esos momentos sea “seguir adelante con tu vida normal” porque de lo contrario, esos ataques lograron su objetivo; pero para alguien que perdió un ser querido, que fue herido de gravedad, o que vio en vivo las detonaciones y disparos, pedirles normalidad se antoja algo imposible.

En Francia hace poco más de 200 años se tomaron como bandera revolucionaria los conceptos libertad, igualdad y fraternidad, mientras se redactaba la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Esas ideas –retomadas en parte de la Declaración de Independencia de Estados Unidos- serían retomadas por todas las futuras democracias liberales.

Es extendida la idea de que una de las ventajas que el mundo contemporáneo con respecto al pasado, es un menor número de guerras, puesto que con el fin de la guerra fría la democracia liberal se ha considerado la forma de organización política más deseable, estable, y una aspiración que muchos países han tomado.

Entre las muchas ventajas que se pueden enlistar para apoyar esta visión, está la idea de que las democracias no van a la guerra con otras democracias. Buscar la excepción a ese enunciado nos llevaría una buena cantidad de tiempo y hay quienes afirman que históricamente esa afirmación es correcta. La diplomacia y la economía de mercado han obviado la necesidad de ir a guerras, los límites entre países son aceptados casi en todo el mundo, la adquisición de recursos naturales puede hacerse de forma más eficiente por acuerdos bilaterales y la inestabilidad que podría generar una declaración de guerra a otro país democrático podría ser contraproducente a los intereses económicos y políticos de los países democráticos más desarrollados (quienes más guerras tienen registradas en su historia).

Esa misma idea se extiende al interior de los países. Las guerras civiles o conflictos armados al interior de los mismos suponen un atraso en el desarrollo y crecimiento, a pesar de que dichos enfrentamientos tengan razones políticas y sociales reconocidas y plausibles. La idea de las instituciones democráticas es que todos los conflictos pueden resolverse negociando, con ambas partes aceptando la necesidad de ceder y llegar a acuerdos que beneficien a la mayoría. Esa es la base de la estabilidad: aceptar las victorias propias y ajenas en elecciones, estar abierto a la negociación y saber que no existe una sola visión del mundo, y todo debe reconciliarse en aras del beneficio de las mayorías. Los extremos también existen, y las propias instituciones buscan que esas posiciones minoritarias no tengan un peso mayor a la visión mayoritaria de la sociedad, de ahí que tengamos límites mínimos para que un partido político tenga registro (en Alemania con esa idea se ha impedido el crecimiento de los partidos neonazis, por ejemplo).

La diversidad de pensamientos, de cultura, de cosmovisiones y en general de ideas nos da un abanico amplio para generar acuerdos benéficos para las mayorías si aceptan negociar y ceder. En este sentido los extremistas, que rechazan la negociación y aceptan cualquier método para imponer su visión del mundo son vistos con natural rechazo por las democracias (al igual que las ideas que fundamentan las distintas visiones del mundo como “todos somos iguales y libres”). Sin embargo, los extremos suelen, como en toda campana de Gauss ser minoritarios, y su visión no corresponden al grueso de quienes dicen representar. Generalizar casi siempre suele ser molesto para aquel al que se le encasilla. No en balde suelen tomarse a mal los estereotipos basadas en la nacionalidad.

Asesinar a personas civiles, que quizá ni siquiera están enterados de los conflictos que generan dichos ataques (o no comparten dichas posturas), por ambos combatientes, será reprobable siempre. Resolver las diferencias fundamentales que generan los conflictos de índole ideológico suele ser algo sumamente difícil. La paz mundial aún parece ser algo lejano para la humanidad, pero dejar de luchar por esta y crear organismos e instituciones que nos acerquen, tampoco debería ser una opción. Difícil será llegar a la paz por un camino que esté lleno de armas y muertes.

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